Memorias del corazón

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Un deseo cumplido. Las Adelitas y Brian Chambouleyron, volvieron a tocar juntos, recordando a su México querido, después de 20 años en la Biblioteca Café, rindiendo homenaje a Chavela Vargas

 

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”

(de Canción de las simples cosas)

 

Antes que a un inventor americano amante del vodevil se le ocurriera que con una máquina podría ser capturada la voz de sus cantantes favoritos, la música viajaba en barco, se mezclaba con la gente y las novedades las encontrabas en la calle, mezcladas con las nuevas palabras, fundiéndose con otros sonidos, conservándose por amor, llevándose en la memoria como aquel que ahora guarda la fotografía de su amante. Ahora que los gadget de escucha y almacenamiento redefinen los nuevos consumos musicales, me pregunto si se ha perdido ya, ese valor de testimonio que tenía la música y si nos duele un poco menos escucharla. Son preguntas que a uno le asaltan cuando contempla ahora el panorama musical y se abruma por la avalancha de representaciones, por la inmensa proliferación de creaciones y por la falta de espacio para la conservación tanto en soportes digitales como en espacios físicos. Queda lugar para seguir sintiendo cosas con la música? Cumplirá aún la función de sanarnos, de acompañarnos?

Después de convertirla en espectáculo, de transformarla en mercadería, la música parece haberse quedado demasiado enclaustrada en los flujos tecnológicos y económicos. Ahora libre de un solo soporte y transformada en una información más, se aligera, pierde valor económico y los hits se multiplican at infinitum para mantener viva la brasa de la demanda. La industria se desmorona y mientras, las teorías y búsquedas son múltiples, para imaginar otras maneras de transformar este panorama musical. Seguramente no hay una única solución. No habrá fórmulas mágicas. Quizás y como comenta Jacques Attali en Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música, algo pase por generar simplemente nuevos gestos, basados en otras motivaciones u otros principios:  “Es hacer sin otra finalidad que el acto de hacer, sin tratar de recrear artificialmente los códigos viejos para restablecer la comunicación“.

Creo que en esas dinámicas podría consistir la revolución. En no dejarse arrastrar por los impulsos industriales. Por dejar que aún sea el cuerpo, las emociones y los deseos, los que marquen el ritmo. De lo que queremos hacer, de lo que queremos escuchar y de lo que estamos dispuestos a crear. Porque sino hay latido tras la propuesta, ésta se queda en puro artificio olvidable.

Por eso tiene valor como buenas revolucionarias, lo que hicieron el otro día Las Adelitas en la Biblioteca Café. Se reunieron y tocaron juntas después de bastante tiempo sin hacerlo. Pudieron llevar a cabo un sueño y esto, en los tiempos que corren, es un verdadero lujo. La amistad de estas mujeres  las une y las hizo reincidir en este dulce pecado actual que es hacer lo que uno quiere.

Todo nació, en Buenos Aires, pero con México en el recuerdo, tierra donde residieron durante su infancia y adolescencia y que las acogió junto a sus padres, en tiempos donde en su casa se ahogaban las ideas. Allí empezaron su parranda con músicos acompañantes, versionando sus canciones preferidas, festejando con un rock cachondo, que les llevó a  llenar de desparpajo las noches urbanas. Cobraron fuerza sus shows y ya entonces encontraron la complicidad del mismo que ahora con oscuras lentes de sol e interpretando la figura de un macarra, las acompaña, el multifacético artista Brian Chambouleyron. Éste pasó a ser el productor artístico del grupo y también a participar en alguno de los conciertos, mientras su carrera como solista iba despegando. Como él mismo nos cuenta, juntos tocaron en El Parakultural o en El Dorado, quedando alguna canción grabada en algún viejo casete; porque lo interesante estaba en la actuación y no tanto en generar un producto. Luego el grupo se dividiría, pero ese espíritu y clima de revoltijo cultural seguirán vivos en nuevos proyectos. X-Tantiero es uno de ellos, grupo que lidera Gabriela Portantiero junto a su pareja Nicolás Gadano, con el que ya han editado un álbum titulado Amorcito Corazón, donde apasionadamente se radiografía al amor. Otro lleva por nombre La Musical Mexicana, donde Julieta Ulanovsky canta cambiando el género, canciones como el No me amenaces del cantautor mexicano José Alfredo Jiménez.

Entonces y ahora sigue siendo para ellos “otra forma de estar juntos”. De recordar, de jugar, de cantar por placer. Pero siempre es necesario un gesto o algo que te impulse casi sin pensar a realizar las locuras que valen la pena. Esta vez fue Julieta la que hizo lo primero y tiró como nos comentan al empezar el espectáculo, la botella al mar. Un mensaje que el resto y pese a que como Paula Ubaldini se encontraban lejos de capital, respondieron. El motivo latente de la reunión, fue la reciente muerte de Chavela Vargas, quizás, sin saber una de las primeras Adelitas. En ella se inspiraron y a ella quisieron dedicar esta velada que fue mucho más tranquila que las de antaño. Ahora rodeadas de libros, con comensales correctamente sentados, hijos como por ejemplo los de Claudia Scornik viendo a sus mamá cantar, maridos jaloneando y coreando, sin humos, en un clima sereno y agradable. Pero así, quizás con unos pocos nervios, conquistaron, con naturalidad y elegancia, luciendo de a poquito un repertorio que la natural de Costa Rica supo apropiarse,  reinterpretar y transmitir.

Canciones todas ellas que no alteran a quien no ha amado, boleros y rancheras que no hacen brillar los ojos a quien no volvió solo y borracho por la calle del desengaño, himnos del vaso medio vacío, serenatas del amargo dolor. Solo puede ser inmune a ellas el que aún no se curtió sufriendo o brindando por alegrías, solo puede cantarlas y transmitir todo ese poso de sensaciones quien como Chavela, es sabio en la cátedra de la vida.

Porque las palabras quizás se las lleve el viento, pero los sentimientos permanecen, se ocultan y afloran y catapultas al recuerdo creadas por Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Fernando Z Maldonado o Agustín Lara, siguen funcionando y activándose ahora que Brian nos dibuja una “Noche de ronda” con su voz y nos deja preguntando a la luna quebrada donde se nos fue quien no volvió, o cuando Claudia sencillamente, explica cantando “Piensa en mi”, como uno se desgarra cuando se desquiere. Quizás las palabras se borren del papel, no queden libros ni soportes donde guardarlas, pero lo que dijeron, donde viajamos con ellas, los territorios que comprendimos y descubrimos son un legado, son caminos invisibles donde agarrarnos. Es por eso que cuando Julieta canta, con voz suave y estilo más pop, convierte de nuevo al “Volver, Volver” en un territorio, en un espacio donde con las palmas, siguiendo el ritmo, recordando, podemos habitar. Por momentos compartimos, con amigos y extraños, no solo una canción, , sino unos sentimientos, momentos de locura, con Paula, que narra, en “Se me olvidó otra vez”, con pasión la historia del que vive en un engaño y espera un amor que no fue, evitando una verdad,  o sonreímos cuando Gabriela con carácter y complicidad con el público, interpreta los anhelos del querer, en “Paloma negra”.

Los aplausos, los gritos, llenan después el local. Cantan todos abrazados y se despiden, puede que hasta que les lata otro encuentro. El gesto está hecho, movilizar corazones propios y ajenos. Como? A través de algo que dista mucho de aquello que nos ponen en el supermercado mientras compramos, pero que también llamamos de la misma manera.

Pienso luego que es posible que la música se haya convertido en un tejido que nos cubre del ruido, pero quizás quede un poso de canciones, algo que se mantiene no ya en la memoria, sino en el corazón. Porque no todos los recuerdos están en la mente, ni todo se puede guardar dentro de una máquina. Quizás en el olvido sea donde encontremos las mejores melodías, aquellas que transmitimos casi sin saber que compartimos quizás porque lo deseamos, por querer contagiarnos unos a otros de otras maneras, por amor a los reencuentros.