Julian Barnes, El Loro de Flaubert

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Un escritor canónico y sus loros son una exquisita excusa para pensar la vida propia y ajena. La lectura de Barnes siempre asegura placeres. Al fin de cuentas eso es la literatura. Además, un libro perfecto para quienes somos amantes de Madame Bovary y su ficción Flaubert.

¿Hasta dónde se puede revisar críticamente la literatura de un escritor canónico como Gustave Flaubert desde un personaje de ficción? ¿Es la crítica una tarea práctica de escritura ficcional, sea en el área que sea, el de la literatura pero también en el cine y la pintura, por ejemplo?

Por aquí creemos que sí, y que no estamos diciendo ninguna novedad, pero quizás sea interesante recordarlo, siempre y en todo lugar, la práctica crítica es una práctica de ficción, o mejor dicho, la escritura crítica no puede terminar destrozando lo que está en la base de su existencia en tanto texto, por definición, eso que podríamos llamar, pensando y parodiando al divino Roland (Barthes, qué otro) y llamándolo el inverosímil crítico tan creible, siempre recuperando lo que el divino Julian (Barnes, qué otro), realizó y mucho como lexicógrafo, esto es investigación de archivo y conteo de palabras.

Comienzo desde aquí porque El loro de Flaubert tiene en el personaje que narra a un crítico amateur, corrido, dolido, escéptico y viudo, que solo se apasiona con ese fragmento de historia de 58 años que es don Gustave y sus novelas más o menos conclusas e inconclusas. Protagonista de Barnes no reconocido por ninguna academicidad pero tan o más investigador de Flaubert que cualquier Sorbonne o Harvard 2.0: el médico sexagenario Geoffrey Braithwaite realiza la tarea suprema que eleva al lector literario por encima del crítico: la de conectar sin pudores ni pruritos al escritor y su literatura con la propia construcción ficcional autobiográfica, siendo ese justamente el lugar de encuentro de dos almas, lector y escritor (y me hago cargo del lugar común tan dicho), con ese mecanismo maravilloso que es la búsqueda de analogías, en una figura que hace de su misterio un misterio no menor que el de la divinal Emma (Bovary). Además, creando estilo, es decir, literatura, que de eso se trataba, porque el estilo “es una cosa que surge del tema”. Y eso puede ser terrible. O dicho en universo de El Loro de Flaubert: “Una de las formas de legitimar las coincidencias es, naturalmente, decir que son ironías”.

Así irá el protagonista, cartografiando y reconciliando Rouen y la costa inglesa, regalándonos masterclass de ejercicio crítico, como sus tres (3) cronologías distintas a propósito de la vida de Flaubert (dos más menos que más tradicionales y una propia, de fanático lector atento que recorta fotos de su actor favorito y lleva cuaderno de citas), lo que básicamente pone en entredicho la presunta objetividad de ese género por excelencia de la didáctica universal que no falta en ninguna asignatura escolar que es la línea de tiempo, la cronología, la biografía año a año y demases antecedentes del resumen de vida o curriculum vitae. Otra vez, parafraseando a Barthes, cuando dijo de los diccionarios (y humildemente agregamos, de las cronologías) que son instrumentos que, fatalmente, no hacen más que connotar.

El punto culminante, creo, de este lugar del maestro Geoffrey, es ese develamiento, ese secreto paralelo que lleva y nos confiesa hacia el final, cuando nos cuente que el mal de su esposa no es otro que el bovarismo llevado a casos incontables. Y el crimen, más o menos legal, eutanásico, permitido, porque Geoffrey, como dijimos, era médico. Igual que Charles Bovary, claro.

Y no es caprichoso que haya citas favoritas frente a otras, y fragmentos más o menos sublimes que se repitan en el Loro… Quizás esa frase de Nabokov, que amamos, y que repetimos, sin dudarlo: “El adulterio es una forma muy convencional de elevarse por encima de lo convencional”, para pensar ese coche mínimo donde Emma Bovary retoza y cumple el rito de los cuernos con León como el lugar del encuentro entre literatura y escritura, es decir, quizás, la lectura sea una forma muy convencional de elevarse por encima de lo convencional.

Bueno, basta. Todo esto para decir que El Loro de Flaubert porta esa marca de la literatura que nos gusta, que nos pone activas y en el mundo (el propio personal), que va de nuestro corazón a nuestros asuntos. Decir que se me ocurre una buena analogía para pensar el trabajo crítico y ejercitar el pensamiento libre, el de la lucha continua. Y que, desde ahora y por algún tiempo seguramente efímero, cuando piense qué modelo de crítica me interesa, es posible que diga que me gustaría ser como Geoffrey Braithwaite, una amateur.

 

Para leer otra crítica sobre una novela de Julian Barnes, te recomendamos la de Hablando del Asunto, siguiendo este link.