De Bolivia con amor

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Un diálogo escuchado en un subte de Buenos Aires y los bolivianos como sujetos del racismo extremo de los porteños.

El otro día escuché en el subte un fragmento de un diálogo entre una señora de unos 60 años y otra de 35, aproximadamente. La señora mayor le decía a la menor: – Porque lo que pasa es que hay que echar a todos los bolivianos y también a los paraguayos, a los peruanos y también a los colombianos. – Son todos indocumentados. Agregó. La otra mujer asentía con la cabeza. – Espero que no haya aquí ningún extranjero, ya que no quiero ofender a nadie. Vale aclarar que el subterráneo estaba lleno. El diálogo continuó con un rosario de prejuicios y lugares comunes, en donde reinaba la necedad hasta tal punto, que a veces las propias protagonistas se sonrojaban de su exabrupto. Es increíble cómo la gente puede desinhibirse hasta ocultar la vergüenza sin beber una gota de alcohol.

Los bolvianos son los sujetos del racismo del medio pelo porteño. La clase media, definida en sus aspectos culturales y no económicos, odia a los bolvianos y los considera como el origen de todos los males. Cuando se indaga en las razones, la gente recita de memoria una letanía de adjetivos descalificadores a los que suele agregar algún hecho, generalmente vivido por un tercero, en donde el causante del daño es un boliviano.

Para que esto funcione hay una necesidad de abstraer, de mirar a los bolivianos como una unidad indiferenciada. Dentro de la categoría no entra, por supuesto, aquel boliviano que nos hizo aquella gauchada Se recurre siempre a la excepción, que en otra burrada del sentido común, asume que de esa forma se confirma la regla. Cuando la Lógica indica que la excepción destruye a la regla, es decir que existe una imposibilidad en la inducción. En este caso la regla indica que todos los bolivianos son dañinos pero cae por su propio peso ante la evidencia de que al menos existe uno que no lo sea. Las afirmaciones valorativas y categóricas sobre una cultura no tienen ningún sustento ni real ni lógico.

El racismo no es sólo biológico sino que también puede ser cultural. En los trabajos de Teun Van Dijk (http://es.wikipedia.org/wiki/Teun_van_Dijk ) se observan las marcas y los signos de este gran rasgo de la necedad humana en los medios de comunicación de masas, que lo practican sin demasiadas sutilezas. El racismo, como problema, es uno de los grandes ausentes en la educación desde los primeros años. Claro, si uno considera el racismo explícito de aquellos que fundaron la educación pública enla Argentina, se disipan las dudas. El racismo es el hijo dilecto de la ignorancia. Nunca mejor dicho, su mano derecha. En el capitalismo el racismo adquiere también una ventaja económica, se le paga menos a quienes no se considera iguales. No sólo lo saben las minorías, sino, primordialmente las mujeres, que, por cierto, son mayoría en el mundo. Con una leve ventaja, pero mayoría al fin.

¿Sabrá el medio pelo racista que la mayor parte de su consumo de verduras y frutas son producidas por familias de origen boliviano? Cuán ignorante es el racismo que deja en manos del grupo aborrecido nada menos que la producción de su propia comida. ¿Sabrán que en lo que hoy es Bolivia, hace 8000 años, florecieron algunas de las culturas más importantes de la historia de la humanidad? Y que entre sus logros y legados hay muchos alimentos, tales como las papas, los maníes, o los tomates, además de  muchos más cuyo origen es simultáneo con otras regiones de América, como el maíz o los ajíes (chiles), sólo por mencionar unos pocos de consumo cotidiano. ¿Se darán cuenta que esas culturas convirtieron el árido desierto andino en un jardín de las delicias?  Qué torpe es el racismo que no se percata de nada e ignora los rasgos del posible orgullo y los ahoga en un cementerio de ignorancia.

Pocos saben y en la escuela no se enseña, que el presidente dela Primera Junta de Gobierno en 1810, Cornelio Saavedra, nació en la región del Potosí, en lo que hoy es Bolivia. Tampoco nos dicen que un año antes, en 1809, se produjo la Revolución de Chuquisaca, en lo que hoy es Sucre y que ello fue uno de los antecedentes más importantes para la Revolución en el Río de la Plata de un año después.

Nuestro destino está atado al de Latinoamérica. Pese a Sarmiento o a Bartolomé Mitre, quienes quisieron hacernos creer que éramos un pedazo de la europa ultramarina, la realidad de estos 200 años de historia muestra nuestra sincronía latinoamericana en todos los aspectos, desde los materiales hasta los simbólicos.

La diversidad cultural es el resguardo que tiene la humanidad para no caer en un callejón sin salida. Las culturas se enriquecen cuando se mezclan, cuando sus rasgos se comparten. Frente a la homogeneidad que propone el capitalismo, donde todo debe ser masificado y por lo tanto se diluyen las particularidades, es necesario apelar al arcón de los rasgos culturales propios. Allí ocupa un lugar muy importante la milenaria cultura altiplánica, uno de los orgullos de nuestra Patria Grande.