Girondo

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La Compañía Elemental, dirigida por Miguel Rausch, se encuentra presentando la segunda temporada de Girondo, un maravilloso espectáculo performático que rescata la musicalidad y el ritmo ocultos tras los poemas del gran escritor argentino. 

Susana Thénon sostuvo alguna vez que “Hay poetas que requieren lectores y hay poetas que requieren participes de su aventura”. Según ella, Oliverio Girondo se encontraba en este segundo grupo porque era imposible (y aún lo es) entrar en su universo poético si uno se suscribía a lo esperable, a lo consabido o a lo automatizado de la experiencia. Miguel Rausch y su grupo Elemental parecen captar la fuerza y la intensidad de esta premisa en su nuevo espectáculo, dedicado a rescatar la musicalidad de los poemas de una de las voces más importantes que nos dio el Siglo XX.

Girondo es un espectáculo performático que recrea, da vida y alumbra con nueva luz las complejidades de una poética vertiginosa que supo confiar en la potencia fonética de un idioma con la que observar lo absurdo, y a la vez maravilloso, de la realidad. Para ello se vale de un repertorio variado que reúne textos de diferentes poemarios, de elementos cotidianos, como  botellas plásticas en varias presentaciones y una tapa de olla, y de la utilización del cuerpo como instrumento de rebelión pero también de armonía.

El resultado es un acto de absoluta libertad interpretativa, un viaje hacia el futuro del poema, hacia el sueño de lo venidero pero también un regreso a lo tribal, al ritual que reúne a los hombres alrededor del fuego. Así, la obra logra captar el devenir de la producción de Girondo hacia la prevalencia del ritmo y la potencia total del significante. El espectador podrá, en ese viaje, bucear y construir significados en su cabeza o abandonarse a la emoción profunda de la música.

La compañía Elemental combina poesía, música, con danza y teatro y logra leer (y con leer queremos decir experimentar, corporizar, sentir) a Girondo del modo que, creo, a él le hubiese gustado ser leído: en el vértigo del asombro, en el delirio del cuerpo que habla y dice que la música existe más allá de los instrumentos, que la poesía existe más allá del sentido.

Quizás estas palabras sobren (ni la poesía ni la magia se explican) porque la obra se justifica por sí sola. Su mayor virtud es la invitación al goce, a la experimentación de la “Rebelión de los vocablos”, en todo el cuerpo y en cada movimiento.

 

 

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