Una vista desde el otro lado, de IC-98, en el MAMBA

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 Una animación digital de alta definición, realizada con elaborados dibujos en grisalla, en la que se muestra el pórtico de Gylich Stoa, edificación  de 1836, y las múltiples transformaciones de su imagen a partir de una cámara fija.

Unos pocos asientos se disponen frente a la pantalla en la que parece haberse detenido una imagen en blanco y negro. Sólo el sonido de un órgano da señales del transcurso del tiempo. En realidad, los segundos pasan y cuando la vista parece haberse acostumbrado a la oscuridad de la sala y al estatismo reinante, es posible caer en la cuenta de que algo está rodando. Se trata  de Una vista desde el otro lado, una animación digital de alta definición, realizada con muy elaborados dibujos en grisalla, en la que se muestra el pórtico de Gylich Stoa, edificación  de 1836, y las múltiples transformaciones de su imagen a partir de una cámara fija.

Día, noche, viento, lluvia, nieve, sol… las horas, el clima, las temporadas, no son los únicos responsables de modificar su apariencia: los hombres y los usos y abusos que hacen de la antigua construcción y de su entorno accionan sobre la imagen con mejores o peores consecuencias. Es así como este edificio neoclásico construido junto al río Aura en la ciudad  de Turku, Finlandia, sirve de fuente primigenia para que los artistas Patrick Söderlund y Visa Suompää, del colectivo IC-98, indaguen sobre el destino… el de un sitio histórico, tal vez, pero más valdría decir que se preguntan acerca del Destino con mayúsculas.

El contexto es la Bienal de la Imagen en Movimiento que se está llevando a cabo en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, bajo la curaduría de Gabriela Salgado, y los resultados que puede obtener quien se detiene los 70’ minutos que dura la muestra, se condicen con los objetivos de sus creadores: reflexionar sobre los procesos sociales de nuestro tiempo. Propuesta que según Salgado es parte de la investigación acerca del “poder y el conocimiento que cuestiona la relación de los individuos con un  todo mayor, o su invariable encarnación en el estado, el mercado, la arquitectura, las tradiciones históricas y sus múltiples interpretaciones”;  y que estos artistas han trasladado a toda su serie Tesis sobre la política del cuerpo, en la que está incluida este trabajo.

Lo cierto es que cuando una imagen invita al juego de la sinestesia, nos desencaja de los supuestos y genera que inevitablemente la obra de un artista, en este caso dos, se complete en la cabeza del espectador, ya no hablamos de una obra sino de tantas como espectadores tenga, haya tenido o tendrá.  Si bien la imagen que se presenta, aun con sus variaciones, es una, es decir la aquí propuesta por Söderlund y Suompää, la ausencia de voces, de palabras y la poca intervención de la figura humana –limitada a una escultura o a una persona de espaldas-, provocan la creación de muy subjetivas narrativas.

Cada uno podrá dar una versión de las voces o los relatos que se escuchan sin escucharse  cuando la imagen se mueve. Sin ir más lejos, mi versión de Una vista…, por ejemplo, me recordó la película El Baile (Le Bal) de Ettore Scola y su particular modo de comunicar. En el film del director italiano la cámara se mueve, prima el movimiento, el del baile que sus protagonistas, hombres y mujeres, ejecutan según la música que responde a la moda de la época. Se ven vestimentas, actitudes, costumbres, poses, gestos que varían según las décadas… todo en un mismo lugar: un salón de baile parisino. Más allá de las canciones no hay palabras, sólo miradas en las que como espectadores nos miramos y construimos una historia.

En la animación finlandesa, el protagonismo está en el edificio de imponentes columnas dóricas obra del arquitecto P.J. Gylich. Aquí no hay personas, sólo aves, árboles y el río en primerísimo plano, separando al espectador del majestuoso Gylich Stoa. Levantada en el parque Porthan de Turku (ciudad capital durante la dominación sueca), la construcción recuerda al ágora griega y a su indeterminada funcionalidad: podía ser sede de todo tipo de actividades, desde templo religioso, centro político o cultural, galería comercial, lugar de encuentros sociales, etc. Cambios que en la animación quedan demostrados y se perciben a las claras, pero sin voces ni personas.

En este caso, a diferencia del desfile de personajes caricaturizados y excéntricos de la película de Scola, las acciones se suceden en los reciclados, restauraciones y ruinas de la construcción en cuestión, que se van observando siempre de manera sutil hasta completar la transformación. El famoso pórtico pasa entonces de contener bazares, mercados, restaurantes, tiendas de decoración, y hasta una estación de servicio, a culminar en el más crudo abandono y destrucción. El lugar es uno, el tiempo transcurre y la situación muta.

En el film italiano, que vino a mi memoria, el espectador es testigo del paso del tiempo, cómplice mudo de lo que allí se comunica;  en el film de IC-98 (colectivo nacido en 1998 bajo el nombre de Iconoclasta), el espectador cumple la misma función, tiene el mismo protagonismo, aunque el trayecto que lo lleva a esa reflexión sea distinto; aunque el dinamismo no se de por el paso agitado de una secuencia bailada a otra y sí se concrete por fundidos –por sectores- tan suaves que en muchos casos se hacen imperceptibles y siembran la duda ¿eso estaba ahí? ¿Cuándo cambió? Más allá de tales y significativas diferencias, y de los finales ciertamente distintos, hay un algo común, familiar, que se produce en el espectador cuando se nos oculta alguna información o se nos quita el desarrollo pleno de un sentido. Hasta se puede hablar de pulsión, de algo que necesariamente debe ser completado.

¿Qué es entonces Una vista desde el otro lado? Es una animación realizada a partir de una grisalla neoclásica que se va transformando lentamente al compás de un órgano solemne. En todo el cuadro de la imagen, el río y su correr continuo es el elemento que, salvo por las embarcaciones que lo surcan, se mantiene estable durante los 70 minutos que dura la filmación. El resto son variables: las del tiempo, las del clima, las del hombre…las del espectador, y es justamente este último, quien a fuerza de ausencias, provee aquella mirada indispensable desde el otro lado.