Un hueco

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Potentísima obra dirigida por Juan Pablo Gómez. Una pieza que propone un contrato de una intimidad gratificante con los espectadores

¿Cuál es la vida que vivimos? ¿Cuál es la vida que todos los días, cotidianamente, elegimos reproducir? ¿Es nuestra caótica e híper estimulada vida urbana mejor que la vida supuestamente gris, triste, aplastadamente mediocre que se vive en los pueblos? ¿No estamos acaso presos todos, vivíamos donde vivamos, de un mismo circuito que incluye el trabajo, la distracción y el desasosiego?

En estas coordenadas se mueve esta potentísima obra dirigida por Juan Pablo Gómez. Una pieza que propone un contrato de una intimidad gratificante con los espectadores: apenas ingresamos al Club Social y Deportivo Estrella de Maldonado, nos convidan con café, jugo de naranja y sándwichs de miga, incluyéndonos así como participantes del velatorio que estamos a punto de presenciar. Un rato más tarde, ingresamos al espacio en donde se desarrollará la acción escénica: los vestuarios de ese mismo club.

Presenciamos el tragicómico derrotero de tres hombres que se esconden de esas miradas demasiado familiares, y por lo tanto lacerantes, mientras asisten como pueden al funeral de su mejor amigo. Son individuos quebrados, impotentes frente al arbitrio de la cárcel que les imponen sus rutinas, que ellos mismos y sólo ellos, como nosotros, han sabido construir. No hay futuro, o mejor dicho, éste es sólo el resultado de una sucesión de presentes aburridos y opacos, una rueda que gira y gira siempre en el mismo sentido, en una única dirección posible. No pueden despedirse del amigo fallecido, no quieren hacerlo frente a las miradas de los habitantes de ese pueblo que les ha proporcionado una vida miserable. Pero sus evasivas no significan tanto un cuidado frente a las miradas ajenas, sino más bien porque el hecho de despedirse de quien ya no está, implicaría reconocer el fracaso y la impotencia de la propia vida.

Los espectadores ya no son cómplices ni partícipes del acontecer repleto de claroscuros de estos personajes que hacen lo que pueden con sus vidas, sino que se ven confrontados directa e irremisiblemente con su propia suerte, sin posibilidad de escapatoria alguna, pues ya no hay adónde ir, preguntándose si en definitiva no serán ellos, es decir nosotros, quienes en realidad se encuentran atrapados, intentado descifrar el enigma de sus vidas, a la espera de una salida que nunca llegará. No puedo sino leer en esta clave, esta “cassavetiana” y provocadora obra, que se despide el próximo fin de semana.