Los viajes

0
13

Ramiro Sanchiz es, sin dudas, uno de los grandes escritores actuales de ciencia ficción. En su nouvelle Los viajes confluyen Jorge Luis Borges, Philip Dick, Alasdair Gray, Mario Levrero, H.P. Lovecraft, a los que se agregan alusiones al cine y a personajes literarios, y la mención de datos concretos de su Montevideo natal.

Decir ciencia ficción implica introducirnos en un género que escapa a definiciones simples. Más allá de los viajes espaciales o de los robots, la ficción científica –como muchos prefieren llamarla– se emparenta con el fantástico y presenta numerosas vertientes entre las que encontramos las ucronías, las utopías y sus variantes, el ciberpunk y la ciencia ficción más dura, entre otras. La nouvelle de Sanchiz no permite una clasificación precisa porque se nota un plan previo de crear una especie de narrativa total, un texto que haga ostensible la enorme cantidad de lecturas del autor. Pareciera que subyace un deseo de no dejar nada afuera, de llevar todavía más lejos la idea del Borges de “El jardín de los senderos que se bifurcan”.

En principio, está Federico Stahl, el protagonista no solo de Los viajes, sino el personaje del escritor uruguayo, porque como señala en varias entrevistas lo que él escribe es “la misma novela, compuesta de decenas de novelas complementarias”. Hay un universo que se continúa en cada uno de sus cuentos y nouvelles, un universo autoreferencial que se cita a sí mismo, infinitas versiones de Federicos y de los mundos que habita. Pero este personaje, a su vez, es también un escritor que crea otras realidades a través de la palabra, lo que acentúa este juego de espejos en el cual todo es real y todo es simulado.

Jugando un poco más con el contraste apariencia/realidad, el protagonista visita el Palacio Salvo en Montevideo –lugar real pero que adquiere connotaciones fantásticas–, donde se somete a un experimento en un tanque de aislamiento. Luego de este experimento, terminará habitando en una burbuja que no es más que un mundo paralelo ocupado por simulacros de personas a las que conoció Federico, cada uno con una historia alternativa. Pablo Capanna, especialista en ciencia ficción, explica que “la idea de los universos paralelos coexistentes con el nuestro […] reviste en el lenguaje del género un carácter enteramente mitológico” porque “no se da casi nunca desprovista de una argumentación respecto del tiempo y de las decisiones humanas, las que se supone generan estos mundos paralelos”. Al respecto, Federico y su amigo Rex, especialmente, tienen largas conversaciones sobre lo que viven, sobre la existencia de un mundo real fuera de la burbuja o sobre la naturaleza de los simulacros que conviven con ellos. También el tema del tiempo es motivo de debates porque nada envejece ni parece deteriorase allí, en Punta de Piedra.

Con relación al tiempo, Los viajes es una ucronía desde el momento en que transcurre en un mundo cuya historia difiere de la reconocible como propia por el lector; también según Capanna, en este tipo de ciencia ficción “una decisión tomada en el curso de la historia, en caso de ser distinta, podría alterar el curso de la historia misma”. Por ejemplo, los diferentes simulacros cuentan diferentes acontecimientos en cada uno de sus mundos: en el de Marcos “hubo una gran guerra civil en 1973 y la dictadura se prolongó hasta 1989”. En el de Estela “Artigas le ganó la pulseada a Buenos Aires y gobernó sobre las Provincias Unidas del Río de la Plata hasta 1850 y pico, …”. Hay, además, diferentes Federicos que viven vidas con variantes y simetrías, como diría Borges, porque en toda la nouvelle también subyace la idea borgeana de un tiempo circular que repite los mismos hechos pero con leves o no tan leves diferencias.

Sin embargo, la presencia borgeana está más que aludida o sugerida. “La variante alquímica”, el cuento que escribe Federico, es una reescritura de “Un teólogo en la muerte”, según aclara el mismo Sanchiz al final del libro. Este relato, además, se transforma en el correlato discursivo de la historia de Federico. Si hay muchos Stahl que viven en diferentes mundos alternativos, hay algo que los une, y es la palabra escrita. Al escribir, se crea un sujeto que deviene en lo único cierto en medio de lo incierto. No es casual la mención de “La Biblioteca de Babel” también de Borges, porque si este cuento presenta el mundo como caos, como un laberinto incomprensible para el hombre, en Los viajes la escritura resulta lo único permanente, la única posibilidad de crear algo palpable, con cierta materialidad, algo que incluso transita a través de los distintos mundos.

El Tratado de las puertas y los pasajes es un texto, escrito por otro de los Federicos y encontrado en una librería de Tristán Narvaja, frente a la Facultad de Psicología que parece ser un punto que se encuentra a la vez en todos los universos como el bar de Punta de Piedra y que, como tal, contiene libros de todas las realidades. Nuevamente, tenemos la irrupción del Montevideo real que se entrecruza con lo ficcional. También hay otro relato escrito en primera persona –encontrado por el protagonista en una caja en medio de unas rocas– y que muestra una historia alternativa que le revela, en apariencia, cómo escapar de la burbuja. Todos los Federicos escriben y se leen unos a otros intentando llegar así a una explicación. A su vez, la mayor parte del Tratado está presentada como la crónica de los viajes de Arthur Van Rockwood agregando así nuevos planos ficcionales.

La ficción dentro de la ficción también se reproduce en otro tipo de menciones directas o no tanto: cuando Federico se somete al experimento en el Palacio Salvo, recuerda la película Estados alterados y se siente como uno de los “pibes arrojados al Minotauro”; buscando el borde de la burbuja, el protagonista menciona al personaje de The Truman Show; en otra parte, Rex es comparado con el gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas que en la novela –casualmente– tiene la capacidad de aparecer y desaparecer (la aparición de simulacros y de objetos es característica del universo cambiante de Punta de Piedra); también se menciona a Lovecraft ante la imposibilidad de explicar con palabras lo que no se comprende. Todas estas referencias, por un lado –como dijimos– crean ficciones dentro de ficciones, pero por otro, determinan una poética: escribir es crear una ficción que, paradójicamente, se presenta como lo único real, porque la escritura permite que quede algo visible, legible. Sin embargo, es necesario que el lector reconozca el artificio que se encuentra detrás de toda esta escritura para que sienta extrañamiento y sorpresa, no identificación.

Por último, una mención al título. Desde el epígrafe, está dada la idea de que todo está contenido en el propio mundo, y que cuanto más uno viaja, menos conoce. El mundo de Federico es la burbuja, pero él busca volver al mundo “real”. ¿Pero existe ese mundo? ¿Vale la pena encontrarlo? La búsqueda de una salida es una de las obsesiones de los personajes: emprenden viajes, se trasladan, pero siempre terminan en el mismo lugar donde las categorías de tiempo y espacio se deshacen.

Novela de ciencia ficción, poética de la escritura, novela polifónica, Los viajes también es una nouvelle barroca, en la que Federico bien podría pronunciar los versos de Segismundo en La vida es sueño: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción”.