El año en que nací

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Notable obra sobre los conflictos que atraviesa todavía la sociedad chilena sobre su pasado reciente.

La Gran Historia, el para nada resuelto Drama Nacional, “el temita”, emerge en esta puesta de la actriz y directora argentina Lola Arias, quien ha tenido el enorme mérito, ya no de sorprendernos con recursos y procedimientos análogos a los utilizados en “Mi vida después”, sino el de, justamente partiendo de ese mismo formato, lograr construir una obra de notable factura, en donde los conflictos que atraviesa la sociedad chilena en relación a las formas de recuperar su pasado reciente, no se muestran saldados ni mucho menos: por el contrario, la puesta tematiza y visibiliza esa conflictividad que cruza aún hoy al país vecino, dividiendo a sus habitantes en los pinochetistas y los partidarios del presidente Sebastián Piñera, los allendistas, que ven con entusiasmo las grietas que se abren con las protestas estudiantiles, y los indiferentes, abiertos al clima de negocios que brinda el capitalismo globalizador.

En los procedimientos distanciados de “Mi vida después” y de “El año en que nací”, se encuentran ecos, reverberaciones de los acontecimientos trágicos narrados, reconstruidos y ficcionalizados con mínimos elementos, y sin embargo la enorme potencia emocional de cada uno de esos momentos, de esas historias de vida, se impone con toda contundencia. Y esto sucede por la forma en que están abordados esos relatos: justamente por su mismo carácter de evocación alejada, apenas esbozada, sutilmente sugerida. La densidad de lo dramático no surge entonces en la escena a partir de la utilización de procedimientos directamente testimoniales, llanamente lacrimógenos, sino por esta otra vía: alusiva, indirecta e inquietante. ¿Cómo se ordena un país? ¿Cómo se clasifica política, ideológica, social y racialmente a los miembros de una nación? ¿Tienen sentido hoy en día, todavía, nociones como la izquierda, el centro y la derecha, a la hora de configurar posiciones políticas? ¿O más bien todo esto no será  un gran disparate, un sinsentido que ha devenido no en el fin de la política y de las ideologías, sino en el desenmascaramiento de los intereses, los deseos y las prácticas de los actores de poder y de las poblaciones que los sustentan?

Preguntas que quedan flotando, a la deriva, para que sea el espectador quien intente aprehenderlas, reflexionando sobre ellas, en la soledad de su habitación: si es que se atreve, si es que puede por fin mirarse directamente a los ojos, frente al espejo. O más bien, en palabras del gran dramaturgo y director Samuel Beckett: Make sense who may, “Signifique quien pueda” o sino: “Interprete quien sepa”.