Ótelo, o la metáfora del cerdo

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La obra de Amalia Tercelán, construye un universo inverosímil sobre una temática actual tomando como base el teatro Universal en G104. Hoy es la última funcion.
Un narrador en escena inicia la acción  histriónicamente, y sin contexto alguno los personajes parecen ser sus marionetas para de a poco dar riendas a una acción ya desarrollada.
Ótelo, o la metáfora del cerdo, no da lugar a presentaciones de personajes  ni de contexto alguno, el conflicto está ahí, latente, y a un ritmo más que acelerado va desquebrajando a cada uno de sus personajes.
Si las temáticas de Shakespeare se transformaron en clásicos es porque aún siguen dando respuestas a interrogantes de nuestra actualidad, y la ópera prima de Amalia Tercelán se focaliza en una de ellas. En este caso, las relaciones de poder que se establecen entre los géneros a partir del planteo de una paradoja central: ¿la mujer es convertida en objeto a partir de la mirada masculina o es esa posición femenina instituida la que llama al hombre a convertirse en cerdo?
La respuesta es ambigua, sin embargo el camino nos conduce al desborde pasional.
Y ese desborde, no está solamente construido a partir de las relaciones entre personajes sino por medio de una acertada puesta en escena cargada de recursos simbólicos.
De esta manera,  el espacio escénico es significante en su totalidad, desde sus pequeños objetos hasta las transiciones entre escenas: máscaras, comida de juguete, páginas de un libro roto, un cuchillo, crema de afeitar y tizas. A esto le sumamos la refuncionalización de los desechos para la construcción del mobiliario.
Nada está librada al azar y aunque todo resulte disímil cada parte adquiere una potencia simbólica digna de destacar. Por tal motivo, podemos decir que no sólo es importante las relaciones entre los personajes sino también entre estos y los objetos en la escena.
Con guiños originales hacia espectador, los actores entran y salen continuamente del personajes al punto de poner en evidencia el artificio debido a que no existen bambalinas; y al mismo tiempo se rompe la verosimilitud y la empatía por medio de un personaje atemporal que auspicia de narrador. Una mujer lúgubre que anticipa, resume y destruye escenas por medio de recursos absolutamente eficientes.
Nadie podrá sentir angustia por la violencia, nadie podrá identificarse en esa mujer carnada del hombre ni odiar al cerdo deborando su presa.  Por el contrario, el espectador es testigo y cómplice a través de la risa tragicómica.
Otelo, o la metáfora del cerdo, construye un universo inverosímil sobre una temática actual tomando como base el teatro Universal. Y si bien lo hace desquebrajando el clásico de Shakespeare, su estética paródica y trash la convierten en un homenaje que le vuelve a otorgar actualidad.
Con un final ambiguo y diferente, la tragedia sigue siendo el eje de la historia. Cuando la hybris y la desmesura llegan a su punto álgido y el cerdo es preso de su deseo y se enfrenta a la muerte, la justicia poética irrumpe en escena para hacernos reflexionar. Esta vez, con la distancia de un teatro que quiere alejarse del realismo y con la mirada irónica y paródica de nuestra posmodernidad.