Monjas chinas, de Leonardo Novak

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Un alegato a la ficción deja la lectura de los cinco extraordinarios cuentos reunidos en Monjas Chinas: puede ser devastador lo que no está contenido en ningún relato y, al mismo tiempo, no hay relato sin fisura ya que lo real no cesa nunca de no inscribirse.

De aquí que “uno, ahora, allí, siempre”, tal como finaliza una frase en “El buey”, sintetice (venciendo la resistencia que toda síntesis impone al lenguaje) el desafío literario que Leonardo Novak asume frente a la multiplicidad de decires acerca del mundo. Porque sólo asumiendo un “uno, ahora, allí, siempre”, es posible amasar consistencia a la vida de personajes que, de otra forma, se diluirían arrasados por la imposibilidad de decir algo claro y cierto acerca de sus vidas.

Con Novak podemos afirmar: detrás de algo simple que contar, hay siempre la complejidad de un personaje que complejiza la forma de la historia que lo narra.  Personajes que no terminan de asirse, de ponerse de acuerdo con la sintaxis que los dice sin decirlos del todo. Personajes que se presienten puro cuento, sujetos de repeticiones autorizadas por  “la pátima viscosa de un mundo” que no hace sino confirmarlos en  “su naturaleza imaginaria”. La escritura de Novak los contiene, para que vuelvan a escurrirse; les otorga la dimensión del presente  como forma hábil de interrogar las funciones del tiempo en la realización de una historia. El pasado nunca se restituye completo; parpadea historizado en el presente elegido para contar la historia: “uno, ahora, allí, siempre”.

En “Monjas Chinas”, una mujer lleva casi dos meses de internación en un hospital. La mirada, pulsión predominante en la narrativa de Novak, es su forma de construir un marco a la cotidianeidad repetitiva de los días en un hospital. Porque bajo la insistencia de lo mismo, se sabe, todo cambia a la vez aunque no se pueda explicar del todo bien. O la ajenidad de Estela, en “Escenario Berlín”, quien de no reconocer el idioma (“Las palabras son muebles junto a las sillas, las mesas, los hombres”) pasa a experimentar el ser desmenuzada (y desmenuzado) por la mirada y el silencio de un otro que la ignoran. En “El buey”, Hilario, un hijo acomodado del campo devenido curador de obras de arte, se ve llevado a “curar” el asesinato que su padre ha cometido sobre su madre antes de suicidarse. Un curador debe seleccionar y exhibir; también es alguien que es responsable y se hace cargo de lo que exhibe. Pero ¿cómo hacerlo cuando la obra de arte pasa a ser el asesinato del padre? Entonces, “¿hay algo que no sea porque sí?”, cuando el sujeto racional se vuelve inepto para explicar las causas. Porque, ¿qué causa encontrar cuando “todo ha estado siempre igual”? O en “Contenedor”, donde se ofrece el tríptico de una vida, el mismo personaje con distintos nombres en distintos espacios y tiempos: su prisión como tupamaro en Uruguay, su regreso a la Nicaragua insurgente y su presente eligiendo acondicionarse un contenedor como casa. Uno mismo que se hace otro para cuestionar la impotencia del relato unívoco sobre una vida.

Entonces: “”uno, ahora, allí, siempre”, enmarca una historia posible frente a la vorágine de lo que ocurre, aunque lo que queda por fuera del marco sigue sombreando lo que se dice. Tal la potencia creativa de Leonardo Novak que no busca sino tensionar la mirada minuciosamente poética sobre el mundo y la imposibilidad de poder decir algo claro sobre él por fuera de la palabra poética que lo nombra al mirarlo.

 

  • bueno..ahora estoy abocado a la huerta y a las gallinas : tres negras y una rubia.