Aviones enterrados en la playa

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La playa y el mar suelen ser terrenos fructíferos para acoger a los marginados por la sociedad, almas en pena que se encuentran a la deriva, espíritus que son productos de recorridos personales repletos de grietas emocionales, agujeros negros que ni siquiera encontrarán paz en los bravos oleajes marinos.

Un solitario pescador que nunca tendrá lo que desea, un hombre enigmático que le sirve de muda compañía, y de quien después descubriremos que esconde un hondo drama personal, y dos historias que nos llegan desde un pasado que no cesa de retornar incesantemente sobre el presente, de la misma manera en que nos vienen los rumores de las olas en la rompiente: la de un niño y su padre muerto que aún como fantasma sigue llamándolo, esperando infructuosamente una respuesta que nunca llegará, y la un lobo marino que emerge desde las profundidades del mar buscando no sólo ayuda, sino también una compañía en su solitario devenir. Este mundo masculino se va conformando paso a paso a partir de una palabra que se torna poesía, debida al dramaturgo y director Luis Cano, invadiendo por completo la escena.

Las palabras nos cobijan, alumbran posibilidades éticas y estéticas de un universo ficcional en el que todos los personajes se encuentran perdidos. Todos, de la misma manera que el padre que llama inútilmente a su hijo, son fantasmas de sí mismos. Son seres que han perdido en la ruleta rusa de la vida, que han sido abandonados a su desesperación, a su angustia y a la arbitrariedad del destino. En esas coordenadas encuentra esta obra de Luis Cano su belleza insondable, no exenta en el final de una luz al final del túnel: una claridad que tiene la forma, el trayecto y la sonoridad de la música. Es el canto, parece decirnos “Aviones enterrados en la playa”, el que nos permite salvarnos de nosotros mismos.

La música y el humor, dos ingredientes infaltables y esenciales a la hora de repensar nuestras por momentos tristes, oscuras y solitarias vidas.