HAY QUE VIVIRLO

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La escuela de percusión La Chilinga, cumple 17 años y lo festeja en el ND/Ateneo. Un espacio que los volverá a acoger el 1 de noviembre

Normalmente no escuchamos el ritmo de nuestros corazones. Ese pulso queda mudo ante la avalancha de ruidos que nos rodean. Silenciado bajo capas de caos sonoro, ese latir lo reencontramos, por ejemplo, cuando ya recostados apoyamos nuestra cabeza en la almohada o cuando nos encontramos con otro cuerpo y curiosos queremos oírlo por dentro o cuando después de correr tras el colectivo nos estalla en la cabeza. Pese a la ignorancia de esta evidencia de vida, el latido está ahí, subterráneamente indicándonos el tempo de nuestras vidas.

Lo tenemos dentro y también anda por ahí fuera. Ese ritmo, la contemplación de un movimiento ordenado y su sentir, está por todas partes. Isadora Duncan, por ejemplo, lo intuyó y aprendió a bailar contemplándolo en las olas. La noche y el día, las estaciones, la respiración, los pasos, todos parecemos estar habitando un hogar hecho de todos y de nadas, de pausas y movimientos, de silencios y ruidos, de claros y oscuros. Estamos y somos tanto ese doble juego que lo jugamos y no nos damos cuenta. A veces no somos conscientes incluso de todo su poder.

Sin embargo, hay momentos en que esta situación se revierte. Hay ocasiones, en que ese pulso interno se exterioriza, en que ese ritmo invisible se hace evidencia y viene a nuestro encuentro. Lo hizo el jueves pasado en el ND/Ateneo, con motivo de la celebración de los 17 años de La Chilinga. Festejo que fue reunión familiar, noche de encuentros y un día de estrenos y nuevas experiencias para muchos de esta escuela que por unas horas nos abrió los sentidos y nos enseñó.

Así no más, es su lema que remite un poco al origen de este colectivo que nació de una idea y un amor por la percusión de un baterista de Los Piojos, llamado Daniel Buira. Luego esa aventura creció y se fue ramificando y si uno mira ahora, verá que son cientos los alumnos y varias las sedes donde grandes y pequeños se forman musicalmente. El jueves se encontraron muchos de ellos. Pasado, presente y futuro se intercambiaron protagonismos de manera muy bien orquestada, por no decir que las actuaciones de los diferentes grupos, fueron apareciendo a buen ritmo. Eso, más la alternancia de edades, vestimentas, actitudes, sonidos y planteamientos, hacia que uno ahí sentado, notara que quizás ese no era su lugar. Empezaba a intuir que la fiesta, el verdadero latido, el auténtico sentir, no se encontraba entre butacas.

Mientras uno pensaba esto, aplaudía y repiqueteaba con el pie, porque ya no sabía donde meterse. Cuando el cuerpo le llamaba, salieron dos profesores de la escuela y me lo confirmaron. Convirtieron a todo el público en un instrumento con el que jugar por un rato a crear ritmos. Sonaba bien y sobretodo, se sentía bien. Y es que no vi a nadie triste ni arriba ni abajo del escenario. Guadalupe, una chica que lleva ya tres años en la escuela y que esta era su primera experiencia de actuar ante un público, lo explicaba con su rostro sonriente a la salida del teatro: << es increíble, es tremendo, lo que se siente, la energía, allá arriba…>> y decidimos que no se podía explicar. Para ella había sido mágico y muy positivo, haber llegado a la escuela, haber descubierto una pasión, haberse unido a un instrumento y que eso al poco tiempo derivara en pequeños e intensos momentos como ese. Así, con esas palabras ya empezaba a vislumbrar como poder llenar ese vacío que a uno le quedaba ahí, solo viendo.

Porque el cuerpo también escucha. Es curioso como no solo tenemos nuestros oídos para eso. La vibración de esos tambores, de tantos y a la vez, te traspasa la piel, se mezcla con tu latir. No se puede parar. Mientras eso sucedía, y veía que a mi alrededor otros percibían lo mismo y ya bailaban y se levantaban de sus asientos, me distraía mirando lo que fue esta escuela, descubriéndola, en los vídeos producidos por Guido Micheletti. Momentos en distintos escenarios y múltiples lugares, compartidos con otros artistas como los de Arbolito o Mercedes Sosa, imágenes de archivo donde aparecían bateristas como Phil Collins, Ringo Starr, Charlie Watts o documentos audiovisuales de pueblos quizás ya extinguidos, fabricando su tecnología manualmente, con una destreza asombrosa. Escenas todas, en las que encontré una buena manera de recordar, homenajear e iluminar partes de una memoria sonora mermada y emblanquecida.

Con lo que veía y sentía, estaba claro que eso no era un simple show para el lucimiento. Cada grupo era un mundo, los más pequeños expresándose en un idioma nuevo, otros en muchedumbre colorista arremolinándose, cantando y lanzando al aire gorras de flores estampadas, otros versionando a los Rolling Stones, también los que eran más ácidos y se proclamaban amantes del bombo y su lenguaje, los maestros improvisando, grupos de chicas danzando como si fueran una, o una que bailó Marisa Nacimento y que con sus gestos y su actitud hierática a veces, encariñada otras, parecía hablar de muchos, explosiones alternadas que arremetían a un público entregado que vitoreaba, gritaba y aplaudía acompañando, con el instrumento más a mano o se enternecía al ver danzar la chacarera a una pareja.

Alegremente pasaban los grupos y el ambiente cada vez me pareció más chico, pese a las respetables medidas del espacio. Era algo físico lo que ahí se sentía. Algo inmaterial que llama a la danza que obliga a moverse a salir y contagiarse. Porque entre tanto cemento casi no se nota y entre tanto edificio casi no se ve, pero ahí abajo, está la tierra y más allá un horizonte negro de  donde vienen esos ritmos. La Chilinga, parece que construye con eso presente, hace visible sonoramente, ese sentir inivisible. Y es que cuando hablan los tambores, algo implacable se expresa, algo entrañable, pero también visceral y hecho de entrañas. En la simplicidad del hacer sonido golpeando con la mano una tela, se esconde la fuerza de una lengua como el candombe que puede hablarnos a todos, pero en especial a este pueblo que le dio nueva vida y que ahora con estas iniciativas que son territorios en expansión, se difunde y se descubre, creando otras voces. Recuerdo como Guadalupe me explicaba como de algo en un inicio sencillo, pasó a encontrarse con un mundo complejo, rico y muy basto.

Habrá quien querrá hacer callar pensaba, esas voces. Pero no se pueden encerrar, y como un gesto que así lo expresaba ya al final del recorrido de actuaciones, algunos se animaron a conquistar la calle con sus tambores. Ahí es donde sentí que mejor se estaba, donde pude mezclarme un momento con la gente y su alegría, en medio del sonido y la vibración, siendo ahí uno entre muchos, comprendiendo un poquito más que era La Chilinga, al aire libre, sin más, queriendo bailar y seguir y sintiendo un poco más de lo que sentía antes de empezar todo, algo que se ve en los rostros, que se escucha, te late, pero no se puede explicar.

 

Pueden ver las fotografías de la celebración, realizadas por Juan Manuel Sosa en sus links de flickr y facebook y las de Pato Bercovics también en facebook.