El hijo mayor

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En el Tadrón Teatro se presenta la tercera temporada de El hijo mayor, una obra del ruso Alexander Vampilóv en la versión de Alejandro Giles. Una excelente propuesta que rescata  lo mejor del teatro. 

 

“La vida es un bosque impenetrable” dicen que decía el padre de Natasha, una joven inmigrante yugoslava que llega a Argentina engañada por vanas promesas de amor. Y la historia que nos cuenta El hijo mayor representa esa densidad insoslayable de la encrucijada entre vida y teatro que se unen en algún punto o en todos los puntos en los que uno busca (no deja nunca de buscar) algún sentido (a la existencia en sociedad, a las relaciones con los otros, a la propia complejidad).  Todo está ahí para ser dicho o callado, toda mentira puede ser verdad y la bondad puede malograrse en un simple encuentro inesperado.

Una noche cerrada en un lejano pueblo (cualquier pueblo) del campo argentino; un hombre y una mujer pierden el último tren. Abrazados por el miedo y los fantasmas de un mundo desconocido, piensan una pequeña  y blanca mentira  para que algún pueblerino se apiade de ellos y los acoja puertas adentro. Tienen la certeza de que nadie los recibirá si dicen simplemente la verdad: El otro es un enemigo si no puedo reconocer en él algún tipo identificación que despierte la compasión, la piedad, la culpa. Llaman a una puerta, llaman a otra y los enredos comienzan entonces a entretejerse con tanta fuerza que casi ya no hay tiempo para pensar. Actuar para vivir o sobrevivir.

Contar lo que sigue haría que el asunto pierda toda su gracia que la tiene y mucho. Lo que si diremos es que la obra trabaja cierto plano filosófico donde los conceptos de bondad, solidaridad, entereza y generosidad son repensados en el contexto de una sociedad puesta en peligro por un hecho aleatorio que permite la aparición, en cada uno, de “la fiera ingobernable”. Ser en contexto, redefinirse, ser en el otro. De ahí se desprende un plano de análisis más íntimo y particular: la necesidad de establecer lazos familiares. Un padre que ha dejado de ser quien era, dos hijos que intentan saber quiénes son, otros que dicen (y buscan) ser hijos y otras que desean ser familia conforman un rico crisol de personajes que se identifican en la búsqueda de una identidad fundada en la mirada familiar, para fundirse en o alejarse de ella.

Ante esta profundidad temática resulta difícil marcar el género de la obra, aunque haya sido la merecida ganadora del Premio estrella de Mar 2010 como mejor drama y aunque no sea necesario intentar encuadrar un bello trabajo en los siempre limitados parámetros de las clasificaciones. Pero podemos reconocer muchas características del vodevil (un vodevil sin puertas o con puertas mágicas e invisibles que los actores hacen creíbles), como  el humor constante que permite sostener las emotivas escenas dramáticas, la interacción con el espectador al que se le da (casi) todo el conocimiento desde el principio, las escenas breves y el ritmo sostenido durante toda la función, pero también la reflexión propia de mucho teatro ruso, del que Vampilóv es uno de sus máximos exponentes (a pesar de ser muy poco leído, trabajado y traducido en nuestro país).

Si algo define la versión de Alejandro Giles de El hijo mayor es su hermosa capacidad itinerante, su ostensible levedad (que no significa en este caso liviandad sino naturaleza móvil) construida sobre dos riesgos: una casi inexistente escenografía y una puesta en escena a cuatro frentes. El primero nos recuerda que  con pocos elementos (una valija, un banco y una desgastada trompeta) se puede hacer buen teatro. Poco es mucho cuando hay talento, inteligencia y oficio. La puesta pone el acento en los movimientos de los cuerpos,  en la interacción, entre los actores pero también con el público que es invitado a apreciar cada gesto sutil, cada entonación, cada brillo.

El hijo mayor es teatro en movimiento, teatro que gira, que puede girar y ser representado en cualquier plaza, en cualquier centro cultural, espacio o esquina donde sea bien recibido. Con una historia por momentos simple y divertida, por momentos compleja y sinceramente emotiva, logra acercarnos a lo más antiguo y ancestral de las artes escénicas: la conexión profunda del cuerpo y la palabra en movimiento, capaz de atrapar a cualquier espectador desprevenido.