Confesiones

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Finalizó el ELTI el domingo pasado con la presentación de Ana Correa, en representación del histórico Colectivo Teatral Peruano Yuyachkani. 

 

Una constante se repetía en los comentarios del público: la dulce satisfacción de estar en el lugar indicado, en el momento justo. Porque la antesala del ritual es también un ritual y no todos los días se tiene la posibilidad de presenciar la gestación de una vida, de muchas vidas, esas que se mueven en las entrañas de los personajes.

Confesiones no es una obra de teatro ni un espectáculo; es más bien un encuentro con el alma de una actriz que  entrega, en su acción escénica, los secretos de su quehacer ,que tiene mucho de magia pero también mucho de esfuerzo, pensamiento crítico y trabajo duro.

Ana Correa, maravillosa actriz y una de las fundadoras del mundialmente reconocido grupo de teatro peruano Yuyachkani,  comentó que esta propuesta no tiene más de catorce o quince representaciones porque fue pensada para ser compartida entre colegas, para confesarse entre ellos y discutir experiencias. Pero el Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente la ubicó en otra zona, en la posibilidad de mirar a los espectadores a los ojos, de hacerlos partícipes hasta abrazarlos (y abrasarlos) literalmente (y metafóricamente).

Confesiones nace con el proyecto “El viaje de la presencia al personaje”, una demostración en la que Correa cuenta, en clave intimista, el proceso de creación de diferentes personajes que la acompañaron en diversos y difíciles momentos de los 41 años de historia de su grupo. Así, entre historia e interpretación, entre vida y obra, entre persona y personaje, accedemos a los hilos invisibles de la actuación, entramos en las búsquedas, en los procesos de investigación, en la acumulación sensible de información y objetos, en las motivaciones, en los miedos y las esperanzas de una vida vivida, de una vida actuada. Ficción y realidad se unen en esa línea imaginaria que conecta también arte y vida.

A lo largo del relato conocemos a esos seres de ficción a los que dio vida en varias de sus obras (la Santera de Encuentro de Zorros, la Bernardina de Santiago, la sub-directora de Cambio de Hora, la Lavandera de Hasta Cuando Corazón y la Ashaninka de Sin Título, técnica mixta) pero también sabemos que nos abre la puerta de su corazón, quedando frágil y desnuda (más allá del cuerpo) en el medio del escenario. Dice la mujer-personaje: “Con Yuyachkani, he viajado mucho, pero los viajes que más me gustaron fue los que hice en la sala de trabajo atravesando puertas que encontré en el espacio y que cruzándolas me permitieron viajar a otro estado de conciencia”. De cruzar puertas y de abrir ventanas a la experiencia (del otro y de uno) mismo nos habla este camino.

Durante la acción, vemos a una actriz guerrera desplegar todo su oficio y su destreza en el manejo del cuerpo y de los objetos de los que se sirve para captar la atención de los espectadores, que atónitos se pierden en el tiempo y  en el juego de ese viaje ancestral por años de violencia y de lucha de un teatro que nunca fue ni será ajeno a la realidad de su país.

Yuyachkani es una palabra quechua que significa “Estoy pensando, estoy recordando”. Y Confesiones no escapa a los fundamentos del Colectivo. Se trata de un teatro para la memoria que rescata las formas ancestrales de la teatralidad peruana, el juego y el rito, para ir en contra del olvido (de la violencia que manchó de sangre su historia, de quiénes son, de quiénes fueron y quiénes seguirán siendo).

Hermoso y conmovedor cierre del ELTI (que tuvo otro punto álgido la noche anterior en Plaza de Mayo con la misma Correa en la piel de Rosa Cuchillo, función que dedicó a Tati Almeida, presente entre el público), una verdadera fiesta del teatro latinoamericano  que nació del impulso de unas jóvenes entusiastas y que esperamos siga creciendo.