Con mis pies en tu tierra

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Un obra colombiana que recrea cinco siglos de injusticia que todavía constituye el presente de América latina. 

 

Cinco siglos igual

 “Cuando el tiempo en que usted dijo que iba volver se cumplió y usted no volvía, empezó a rondar la casa la gente rara. Yo tampoco me acuerdo de eso porque seguía siendo muy chica, pero me dijo mi hermano que por aquel tiempo la mamá estaba muy asustada, y creía que nos iban a sacar la tierra y que nos iban a echar del pueblo por la fechoría que usted había hecho en el sur, que se comentaba que debía había matado a un cristiano. La mamá tenía el susto de que nos sacaran la tierra, porque decían que a los parientes de ella, los que vivían en los cerros se lo habían hecho. La madrina de la mamá, ya sabía que iban a llegar las gentes raras a sacarles la tierra, que ella lo había leído en las entrañas de la cabra, que la madrina de la mamá era muy sabia en eso. Que les habían pedido, primero, que les mostraran las escrituras, y la madrina de la mamá no tenía escritura de la tierra, que esa tierra era suya y de sus gentes de toda la vida, desde antes que llegaran los otros hombres, que las tierras eran de las gentes. Entonces los hombres de traje que fueron les gritaron que ellos eran indios y que los indios no valen nada en ningún país y que no tienen tierra, mataron el ganado, los pollos, los cabritos y todo, hasta el guanaco que la madrina de la mamá tenía para hacerse compañía, y así les sacaron la tierra, por ser indios, aunque la madrina de la mamá tuviera también la sangre de un blanco, su padre era un español, de esos que fueron por el oro que escondía el valle, igual eso no les importaba a ellos, ellos lo único que querían era la tierra, por codiciosos, porque son así, porque dicen que un hombre sin ambiciones no es un hombre. Y la madrina de la mamá y la mamá misma les replicaron que ellos no eran hombres, no eran gentes buenas, que ellos eran buitres, que eran peor que los cuervos y los perros del desierto cuando están muertos de hambre. Y a los hombres no les importó nada. Los hombres solamente querían la tierra, y para ellos las gentes no eran gentes, papá, eran no más indios; y los indios no valían nada en ningún país, decían ellos.”

Valga la extensa cita para tomar aire, para volver al cuerpo (el alma al cuerpo) después de un viaje por la emoción profunda de la que cuesta regresar para expresar alguna que otra idea. A uno le gustaría quedarse ahí, donde se siente más humano, más hermano de los otros en esa comunión que provoca el teatro,  o cierto teatro (aclaro para no pecar de ingenua), lejos de las mezquindades cotidianas o de los olvidos que. por nuestra propia intención o descuido, nos dejan boyando en los mares de la nada o el hastío.

Seguramente algunos conocerán este fragmento o el texto completo (“Carta a papá querido”) que escribió la rosarina Patricia Suárez. Lo que quizá no sepan es que tan bellas palabras dieron origen a Con mis pies en tu tierra. Sus artífices lo llaman “monólogo” aunque  la obra es mucho más que eso. Es un espectáculo para los sentidos, un acto deliberado de denuncia, un puente para atreverse a cruzar y un espejo donde toda América Latina podrá mirarse y reconocer la injusticia y la indiferencia que atraviesa el seno de su historia.

Desarrollemos. La historia se sitúa en Nariño, un pueblo al sur de Colombia. Una joven campesina espera a su padre que se ha ido de la Vereda, en busca de trabajo con la promesa de volver. Pero no ha vuelto y ese hecho ha dejado a su familia en la total desprotección, al acecho de los buitres de la tierra, trajeados de hombres honrados. Ella, pide ayuda, espera, grita, deambula por el campo, entre las flores, intenta proteger su herencia ancestral. Tiene miedo, bronca, furia y también ternura.

Catherine Gutiérrez, en una brillante composición, logra transportarnos a tierras colombianas y podemos casi sentir sus aromas. Contó la actriz, en el pequeño espacio de intercambio que se generó después de la función, que el proceso de construcción del personaje no ha sido nada fácil porque suponía una serie de vaivenes por sensaciones diversas. Fue un proceso muy duro porque los actores nos acostumbramos a trabajar con el grupo y para mí fue muy difícil hacerlo sola porque sentía que era enfrentarme a mis miedos, a mis monstruos y a mis debilidades sobre todo. Dentro de mi entrenamiento yo tenía que buscar ser muy leve, tenía que encontrar una energía que pudiera dosificar, controlar porque a pesar de ser una niña necesitaba tener cierta presencia como actriz.” Logra con creces esa dosificación: Su cuerpo se desplaza sobre el escenario, se achica, se agranda, baila, retrocede, representa la opresión, el ahogo. Bellas canciones andinas, que ella misma interpreta, acompañan la acción y el resultado es una exquisita partitura donde palabra y cuerpo se complementan armoniosamente.

La intensa poesía y la belleza estética conseguida (en una puesta austera, con una iluminación que focaliza en la mirada y en determinados movimientos) no se detienen ahí sino que transitan también los caminos del homenaje, la denuncia y la conciencia social. Es un llamado de atención sobre la situación actual de indígenas nariñenses y sobre los pueblos originarios de toda América latina, donde diariamente se siguen perdiendo vidas a causa de la lucha por la tierra. Cinco siglos de maltrato que cada comunidad pudo traducir también como cinco siglos de reivindicación de su cultura, de su lengua y de sus tradiciones.

Con mis pies en tu tierra se estrenó por primera vez en Quito  y desde allí pasó por Bogotá, Perú y Brasil, hasta aterrizar en el Encuentro latinoamericano de Teatro Independiente, que se está realizando en estos días en Buenos Aires. La recepción de la obra en todos estos lugares tuvo una constante: el reconocimiento de la mismas problemáticas, de similares condiciones de subsistencia y  de nuevas formas de colonización, disfrazadas en estruendosos discursos sobre los Derechos Humanos o la defensa de la ecología.

La obra se propone ser un llamado de atención, una posibilidad de abrir los ojos y no permanecer ajeno al dolor del otro.  Catherine Gutiérrez reflexiona: “Nosotros, que estamos en las ciudades, casi ni nos enteramos de lo que realmente pasa. Estamos en nuestra rutina, con nuestro trabajo. Vemos las noticias y decimos “qué terrible” y nuestra vida sigue. Pero la de ellos no. De pronto, el monólogo se ha vuelto muy importante para mí porque es mi posibilidad de llevar un mensaje. Es el trabajo más relevante de mi vida y me ha conmovido tanto que ya nada es ajeno para mí.”

Una compañía de teatro colombiana, una escritora argentina, un pintor ecuatoriano (Oswaldo Guayasamín sirvió también de inspiración para este trabajo), música andina y una muñeca mapuche, con la que la niña juega en escena, conforman el cuadro que nos pinta en nuestras desgracias y en nuestras miserias pero también en la necesidad de resguardar la integridad de los pueblos originarios de América Latina.