Salvajes

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La última película de Oliver Stone es un problema.  Y no es el argumento el que forma parte de la dificultad: dos amigos que viven en Laguna Beach, un hippie pacifista y un ex soldado trastornado, comparten novia y se dedican al tráfico de marihuana. Un cartel mexicano en decadencia secuestra a la chica y para recuperarla se desata una guerra entre narcos.

Catalogar las actuaciones sí es un conflicto: en el frente de los veteranos tenemos a actores ya consagrados como Benicio del Toro, Salma Hayek y John Travolta, que de alguna manera se burlan de sus personajes estereotipados. Tantos clichés acerca de traficantes mexicanos no pueden ser representados más que con una sonrisa escapándose de sus rostros. Los jóvenes tratan de ser actores serios en una película de un director de renombre…y fallan. Pero en esa delgada línea entre actores consagrados tomándose sus roles en broma y actores de broma tomándose sus roles en serio transita todo el film.

No se puede decir que la película no sea entretenida, pero las extensas escenas de diálogo al estilo Tarantino llevadas a la boca de una narradora con voz insulsa y monocorde pueden agotar al espectador.

La trama del film es completamente inverosímil y ridícula, pero en medio de ese delirio lisérgico hay tratamientos levemente interesantes, como la guerra. Mucho se ha filmado acerca de la Guerrade Vietnam y su relación con las drogas. Aquí Stone retoma esa relación, aunque de manera diferente. Más bien hay un paralelo entre la guerrilla narco y los horrores cometidos en Irak con la toma de prisioneros…aunque tampoco está presentado como un alegato del director, sino más bien como una sugerencia al espectador. Quienes quieran ver un film clipero donde chicos ricos y lindos hacen menages a trois y se drogan, lo pueden ver; quienes quieran ver una crítica a los métodos guerrilleros que usan tanto los soldados como el aparato estatal, también lo pueden ver.

Pero en términos generales, la película sigue siendo un problema por todas estas cuestiones: no se termina de jugar por una postura, y eso hace que el espectador se pregunte, en última instancia, para qué pagó la entrada de cine, si para ver entretenimiento o para ver una crítica ácida sobre los Estados Unidos. Ni chicha, ni limonada.