Recordando Con Ira

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Estrenada por primera vez en Buenos Aires en 1958 de la mano de un jovencísimo Alfredo Alcón, Recordando Con Ira vuelve a escena con una puesta potente que reivindica la vigencia de un clásico. 

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Recordando Con Ira (Look Back in Anger) es un clásico, lo dicen todos. Su condición del tal lo hizo sobrevivir a los avatares del tiempo y a las parafernalias del recuerdo (ese que siempre nos miente descaradamente). Cuando se estrenó por primera vez, en la primavera londinense de 1956, John Osborne (su autor) logró escandalizar a más de un señorito inglés y a varios críticos acartonados que no podían creer que la violencia y las miserias cotidianas pudieran subir a escena y tomar tamaña magnitud. Alguien debía hacerse cargo del desencanto que desencadenó la posguerra, y ahí estaba Osborne para mover el avispero de una dramaturgia que silenciaba las desventuras de su época. Surgieron así los Jóvenes Iracundos ( Angry Young Men ) que reflejaban en sus obras la injusticia y la hipocresía del orden establecido.

Resulta un clásico por aquello que pudo generar para ser considerada “la mejor obra de juventud de su década” (los críticos oscilaron entre el desprecio y la adoración aunque se impuso este último sentimiento) pero también porque hoy sigue vigorosamente anclada en la actualidad. Ya nadie se sorprenderá por la presencia de una tabla de planchar en el escenario pero sí se sentirá movilizado por la potencia de un texto abrumador que mantiene vigente todo el desparpajo de su verdad.

Mónica Viñao se hace cargo de la difícil tarea de limitar, concentrar (¿Cómo decirlo de otro modo?) un textualidad que nos desborda, nos excede, nos pasa por encima y nos deja aplastados en la butaca por su riqueza lingüística, por su proliferación temática que va desde lo intimo y particular (los conflictos de un matrimonio, la violencia de género, el desprecio, el engaño, la traición, el tedio cotidiano, la inevitabilidad  de la muerte) hasta lo  filosófico y más universal (las diferencias sociales, la desesperanza, la imposibilidad del amor, la ausencia de causas por las que valga la pena luchar). Sale airosa porque logra guiar a los actores en el trabajo con los matices, en la producción de diferentes climas que incluyen la acérrima brutalidad (verbal y física) y la patética ternura. Los actores, por su parte, consiguen  dominar la palabra, desplegarlas con naturalidad, hacerlas fluir o escupirlas a la cara del otro que resulta casi siempre (a pesar del amor, el deseo o la empatía) un posible enemigo.

Si tuviéramos que destacar una actuación, a pesar de que todos están realmente muy bien, destacaríamos la excelente presencia en escena de Esteban Meloni, al que le tocó bailar con la más fea.  Encarnar a Jimmy Porter, ese personaje tan rudo, cruel y a la vez tan frágil, supone una entrega excepcional que pueda provocar en el espectador  asco y  compasión en las mismas proporciones.

La obra se desarrolla en tres actos bien marcados y transcurre en un pequeño departamento de alquiler donde viven Jimmy, su esposa Allison (Romina Gaetani) y Cliff (Guillermo Arengo). Jimmy es un joven intelectual de clase trabajadora, que, desencantado de la vida,  intenta convertir a su mujer, en un ser combativo pero sólo consigue la sumisión como resultado de su maltrato. Cliff, su amigo fiel, auspicia como una especia de mediador, sin embargo, abandonado al transcurrir de los hechos. La llegada de una vieja amiga de Allison, Helena (Andrea Bonelli), trastocará para siempre este triángulo servil y precipitará el desenlace de la trama. Se trata de seres que deambulan por la vida queriéndolo todo pero casi sin esperar ya nada: Allison se casa con Jimmy para escapar de su familia pero este le reprocha siempre sus marcada diferencia de clase; Jimmy quiere que todo cambie pero sólo puede repetir (palabras, acciones, modelos). Lo simple se hace complejo y la escena familiar (si se puede llamar así a esos cuatro seres que conviven a la deriva) del comienzo de la obra se abre a múltiples conflictos que posibilitarán también variadas interpretaciones.

Recordando Con Ira, estrenada por primera vez en Buenos Aires en 1958 con traducción de Victoria Ocampo y la actuación de un jovencísimo Alfredo Alcón, llega ahora al Teatro San Martín en la versión de Mauricio kartun. Es una obra poderosa, en cierto sentido inconmensurable, que nos hará pensar en lo solos que vivimos, mendigando ciegos, como osos o ardillas, por un poco de amor.