La Habitación de Harold Pinter

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La Habitacion de Harold PinterEn el teatro Del Borde, Chile 630, asistimos a la función de “La Habitación”, una obra de Harold Pinter, que se rueda todos los viernes a las 23:30 hs., basada en la traducción de Rafael Spregelburd con dirección de Gonzalo Facundo López. El elenco está compuesto por Camille Belmont, Sergio Ferreiro, Álvaro Hernández, Galo Ontivero, Azul Ratti y Hervé Segata. El vestuario es de Matías Hidalgo, la iluminación de Héctor Zanollo, la música de Ricardo Mikulan, el diseño gráfico de Florencia Buraschi y en la asistencia de dirección participan Victoria Casellas y Lucas Martinetti. El teatro Del Borde es un maravilloso lugar ubicado en San Telmo, donde se respira teatro. Con una sala muy cómoda y que desde la butaca se percibe como muy apta para el desarrollo de las funciones.
La obra comienza con una señora, de mediana edad, nerviosa en su casa, en lo que parece ser una sola habitación. Se la ve en la cocina, en esa suerte de monoambiente, preparando lo que podríamos considerar un desayuno o una merienda, con infusiones, rodajas de pan y algo para untar. Se mueve casi al borde de la torpeza, debido a la velocidad que le imprime a la preparación, pero también a un monólogo sostenido, disfrazado de diálogo, para un interlocutor que, sentado a la mesa, sólo lee el diario o alguna revista, buscando escapar de las palabras escuchadas. A ella se la ve devota, fiel, casi enamorada o bien podría ser con un conformismo entusiasta. Parece que ahora sí se encuentra a gusto. Su marido, nos enteramos que es su marido, aunque como en toda la obra es más por indicios que dejan jugar a la imaginación del espectador que por una sentencia explícita, ni la ve ni la escucha. Lee una revista y cuando ella le sirve la colación, él sigue leyendo, intentando abstraerse de la catarata de palabras que ella pronuncia, donde acentúa siempre su satisfacción, su sensación de “por fin”. Cada tanto él le dirige una mirada en la que se mezcla la indiferencia harta con el odio solapado.
Sin solución de continuidad llega el casero. Nervioso, apurado, como obligado al mandado, comienza una conversación que más que diálogo es una suma de monólogos, más una mirada multiplicadora del marido, que potencia su superioridad basada en la paciencia. Le hablan pero no rsponde y apenas mira por entre sus ojos que esconden claras miradas inquisidoras, reprobadoras, aconsejadoras.
Luego una pareja, que se despareja a palabrazos, busca un refugio y trae información sobre el misterioso hombre del sótano. Un personaje que es recurrente en las conversaciones entre ella y el casero. El misterioso hombre del sótano aparece de repente en el diálogo, sin previo aviso, como una incertidumbre o una inquietud o más lúgubremente como un destino ineludible. Las actuaciones nos convencen de aportar nuestra perezosa imaginación de espectador, tan malcríada por el zapping y el exceso de información de la era digital, ya que es menester eludir los baches que el argumento propone adrede. No importa si somos nosotros los que nos contamos la historia, acomodando a los personajes o es la historia la que se nos cuenta en función de una cierta organización interna. En cualquier caso los actores nos llevan a donde queremos, a donde nuestras capacidades cognitivas se sientan cómodas para completar lo que siempre, siempre, falta.
Por momentos parece una historia fantástica y uno alucina que nada es real, que de algún modo nos encontramos encerrados en la mente de alguien, tal vez en la de ella, aunque no es claro que así sea. Por momentos parece una historia real, no hay nada fantástico ni en el texto ni en la escenografía, a lo sumo encontramos poca cordura en cada personaje, pero a la vez nadie manifiesta tampoco una locura explícita, son apenas pequeños deslices.
Es tal vez el absurdo de las situaciones lo que nos coloca en esa posición de cierta incertidubre. Es el delgado borde entre lo que es y lo que no es, lo que nos descoloca y nos quita la incierta certidumbre. Así transcurre la obra, o al menos así me transcurrió a mi, con mucho dinamismo, a toda velocidad y no porque hubiera un apuro desenfrenado, sino por el ejercicio intelctual al que nos invitan el director, los actores y todo el equipo de trabajo.

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