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“360”: Virtudes y defectos típicos de una película con mayoría de personajes episódicos donde se destacan los de origen eslavo.

 Muy libremente inspirada en la famosa obra “La Ronda” del austriaco Arthur Schnitzler, a quien Sigmund Freud admirara e incluso conociera, nos llega ahora “360” de Fernando Meirelles.

La primera versión dirigida por Max Ophuls en 1950 difícilmente pueda ser superada sólo sea por el hecho de contar con un notable elenco que incluía mayoría de franceses y nombres tan rutilantes como Simone Signoret, Danielle Darrieux, Jean-Louis Barrault, Serge Reggiani, Simone Simon, Daniel Gelin y Gérard Philippe.

La siguiente de Roger Vadim de 1964 tenía lo suyo con la inclusión de Jane Fonda, Anna Karina, Maurice Ronet y Catherine Spaak, aunque sin el brillo de la primera.

Hubo varias más incluyendo una local de Inés Braun con Sofía Gala, Mercedes Morán, Fernán Mirás y Rafael Spregelburd en un promisorio debut de su realizadora.

La nueva versión que cambia su nombre pero mantiene la idea de un círculo que se cierra reúne también a famosos y a otros que no lo son tanto. Pero a diferencia de las anteriores no sólo cambian los personajes, en su mayoría episódicos, sino también los países e idiomas. Que se hayan respetado las lenguas originales en que se expresan los diversos personajes es un hecho que merece ser resaltado.

La acción se inicia y termina en Viena, el sitio donde transcurren los momentos de mayor interés del film. Dos hermanas eslovacas se trasladarán con frecuencia desde Bratislava a la capital austríaca, donde la mayor (Lucia Siposova) ejercerá la prostitución y la menor (Gabriela Marcinkova) hará de una especie de acompañante. La clientela de la primera estará básicamente integrada por altos ejecutivos como el inglés Michael Daly (Jude Law), a quien no todo saldrá como planeado. Claro que su esposa (Rachel Weisz) en Londres tampoco desaprovechara los frecuentes viajes de su cónyuge, mostrando ambos similar debilidad por gente más joven. Pero a la hora de fingir ella, a su retorno, le agradecerá las amables palabras (“nice words”) que su marido le dejara en el celular y que ella obviamente no pudo atender en el momento del llamado.

Cambio de escenario en Paris con nuevos personajes que incluyen a un dentista argelino que interpreta Jamel Debbouze (“Días de gloria”, Háblame de la lluvia”, “Tres hermanos, tres destinos”), quien sostiene un affaire con Valentina (Dinara Drukarova), su ayudante rusa casada. Las charlas con el imán de la mezquita que suele frecuentar y con la psicoterapeuta que lo trata son un reflejo de sus dos mayores conflictos, uno religioso y el otro más ligado a lo carnal.

Aún un otro europeo, un ciudadano inglés (Anthony Hopkins) cuya hija abandonó el hogar ante el descubrimiento de las infidelidades de su progenitor, hará de nexo con mayoría de personajes del continente americano. En el avión que tomará hacia los Estados Unidos para verificar si el cadáver encontrado en Phoenix es el de su hija, se topará con la brasilera Laura (Maria Flor) que regresa a su Rio natal, ante las repetidas infidelidades de su ex novio de igual origen.  Pero las conexiones aéreas en Denver se verán demoradas ante la incesante nieve que obligará a los pasajeros a alojarse en el hotel del aeropuerto. Y como en “360”todo se encadena aparecerá una nueva figura, la de un pervertido sexual recién liberado de la prisión bien caracterizado por Ben Foster (“El mensajero”, “El mecánico”). Una pena que la situación que se deriva del encuentro de una algo borracha Laura y el poco confiable ex convicto en la habitación del hotel de la primera, en que debe esperar hasta continuar vuelo, sea algo ridícula y poco creíble. Tampoco ayuda mucho lo que puede aportar Hopkins, incluso en una escena posterior en reunión de Alcohólicos Anónimos.

Meirelles dirige con oficio sin alcanzar  el nivel de su obra máxima (“Ciudad de Dios”) y de “El jardinero fiel”, donde ya actuaba Rachel Weisz. Las actuaciones en “360”son desparejas con mayor lucimiento para los personajes eslavos y algunos errores de “casting”, en particular de los personajes que le tocan a Anthony Hopkins y al actor argelino, meritorio por actuar pese a su discapacidad en la mano derecha que suele estar escondida en su bolsillo (también acá). Darle el rol de un dentista no parecía lo más acertado.

Por suerte la película levanta fuertemente hacia el final cuando la acción regresa a Viena. Allí el espectador asistirá a los mejores momentos del film cuando a las jóvenes eslovacas se les sumen un grupo mafioso ruso, incluyendo un curioso guardaespaldas.