Los veraneantes

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De la Rusia de Gorki a nuestro Buenos Aires: el veraneo para estos seres en ruina es el agobio del calor sofocante y del encuentro con el deseo que los coloca en una posición liminal entre el querer y el deber-ser.
El linving está vacio y en esa soledad  los objetos son los únicos que construyen sentido a partir de muebles viejos al estilo de los setenta y un escritorio lleno de papeles que nos da la espalda en la penumbra. De pronto los personajes se hacen presente con una historia in media res y una pre-historia densa que no tardará en salir a la superficie a través de la palabra.
Los hilos que atan a estos 13 personajes ya están hilvanados. Sin embargo los conflictos con uno mismo y con el entorno tienen cauces tan profundos que a pesar de no ser nombrados, en cada trivialidad convive una tensión particular.
El lugar, una casa de veraneo con un adentro y afuera bien diferenciados. Por un lado, la casa parece ser ese espacio donde se esconden vínculos no debidos a partir de secretos que conectan a todos los protagonistas. Por otro lado, el jardín al aire libre es aquel que los reune  en encuentros fortuitos  y nada relevante. Como si caminar, comer, tomar y charlar de trivialidades a partir de reflexiones seudofilosóficas, dejaran a los conflictos en sus cauces subterráneos.
Los Veraneantes de Máximo Gorki es una reflexión sobre la decadencia de una clase social en Rusia de principios del siglo XX; y quizá su universalidad que la convierte en teatro clásico, hizo que el director Daniel Di Cocco quiera traerla a nuestra temporalidad para, a través del realismo reflexivo, hablar de nuestra clase media por medio del cruce temporal y espacial: de Rusia hasta Buenos Aires y desde el siglo XX al siglo XXI.
Y esta puesta en escena parece tener la pretensión de universalidad que logra Máximo Gorki a partir de un uso del vestuario que mezcla temporalidades y una escenografía bastante despojada que solo recurre a algunos objetos  justificados en la escena por su funcionalidad.
El fuerte en este caso, radica en el juego teatral que se apoya en el trabajo de los actores sobre el texto. Y si bien  existen bastantes desniveles en las actuaciones, las dinámicas y caracteres de los mismos son bien reconocidos. Por tal motivo, las diferentes tonos y cadencias que le brindan el entrar y salir de los actores son aquello que marcan el ritmo in crescendo de la obra para concluir en una sinfonía de reproches y estallidos histéricos de algunos personajes que se atreven a decir.
Y en este caso, el verano, aquel espacio para el esparcimiento y el momento para descansar de la rutina y sumergirse en la monotonía del no hacer nada, se transforma en la antitesis de lo deseado. El veraneo para estos seres en ruina es el agobio del calor sofocante y del encuentro con el deseo que los coloca en una posición liminal entre el querer y el deber-ser. Y ésta posición es lo que mantiene la tensión en todo momento.
Para todo espectador que se enamora mayoritariamente del trabajo del dramaturgo y de una obra realista reflexiva que hoy en día son cada vez más escasas en nuestra cartelera porteña, Los veraneantesde Máximo Gorki, se reafirma como un clásico del teatro universal ya que no deja de hablar del ser humano envuelto en indisolubles contradicciones e infinitas máscaras.
  • daniel di cocco

    Gracias por la crítica si bien las obras son hechas para que se abran en la cabeza de los espectadores, es gratificante para mi encontrar una crítica que interprete el verdadero sentido de la puesta. Abz