Ponete un disco: fotografías de Pablo Garber

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Un libro de fotografías y entrevistas que recorre la era del vinilo a través de las tapas que distintas personalidades del quehacer cultural y social han seleccionado como marcadoras de una importante etapa de su vida. La muestra inaugura el miercoles 5 de setiembre en Recoleta

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El ensayo, mas de setenta de fotos, de las que podra verse una parte en esta exposicion, se acompaña de testimonios de algunos de los participantes como Litto Nebbia, Lalo Mir, Nito Mestre, Alfredo Rosso, Lito Vitale, Claudio Kleiman, Alfredo Radoszinsky, Jorge Alvarez, Rocambole, Alejandro Pont Lezica, entre otros

La obra completa se publicará en una cuidada edicion (20x25cm, tapa rígida, y 144 paginas) que se podra adquirir al costo y por adelantado a partir del 5/9 a traves de www.idea.me un portal latinoamericano dedicado al financiamiento colectivo de proyectos creativos sin fines de lucro

 Ponete un disco

Mi relación con los discos de vinilo se remonta a mis doce años, dice Pablo Garber. En esa época mi padre trabajaba en una discográfica, y en cuanta vacación o toma escolar hubiera, me mandaba a ensobrar discos al depósito.

En una caja venían los vinilos ya envueltos en un papel suave y finito, que se rompía de nada, y en otra caja venían las tapas con olor a tinta fresca de la imprenta.

Mi labor era completamente automática, tres horas por la mañana y cuatro por la tarde, acompañado tan solo por una radio a transistores que reproducía mal las jóvenes voces de Julio Lagos, Hector Larrea, Antonio Carrizo o el Peruano Parlanchín. A veces sonaba una chacarera o un tango.

No existían los los walkmans, mucho menos los mp3; apenas nacían los radiograbadores, y aún estaba lejos la época de las copias caseras en cassete.

Como buen adolescente poco me interesaba lo que decía esa radio y, en cambio, destinaba largos minutos a observar las geniales fotos o ilustraciones de algunas de las portadas.

Es probable que en ese galpón, sentado sobre esa inestable banqueta de madera se gestara mi vocación por la fotografía y por las artes visuales. Pero lo más interesante es que el placer de mirar esas tapas me posibilitó el descubrimiento de géneros musicales hasta ese momento desconocidos para mí. Era simple, cada semana me llevaba uno de los discos cuyas tapas más me habían capturado.

Asi, nombres extraños como Aquelarre, Mariquena Monti, Mono Villegas, Vinicius de Moraes o Rita Lee, y otros no tanto como Les Luthiers o Astor Piazzolla, empezaron a ganarse lugar entre mi pobre colección de Beatles, Carpenters y Bee Gees.

Luego, un enorme panorama se abrió: llegó la época de aprender sobre bandejas y púas, de despertarse los domingos a la mañana para ir a cambiar discos al Parque Rivadavia, de esperar ansioso la llegada de algún amigo o pariente que había viajado, a ver si nos traía ese disco que le habíamos pedido, inconseguible por estos lares.

Recuerdo que una de las principales actividades en las casas de los amigos era sentarse a escuchar la música que uno no tenía. Era la manera de conocer y de ir eligiendo. Otra forma era visitando las disquerías y revolviendo las bateas.

Había muchas razones por las cuales podía descubrir un disco nuevo, pero casi siempre, mi curiosidad empezaba por la portada. Tengo aún discos hermosos, de intérpretes que nadie conoce,  que los compré sólo porque me gustaba la foto de la tapa. Y recuerdo todavía ese ritual de colocar el disco en la bandeja, acostarme en el piso a mirar la portada y envuelto por la música sumergirme en la imagen como en un océano.

Otras veces, de parado, leía y cantaba las letras de las canciones impresas en el dorso.

Hace varias décadas que no escucho vinilos. Ni siquiera tengo el equipo necesario para hacerlo.

Me da ganas.

Muchos entendidos dicen que la textura de ese sonido es inigualable mediante la tecnología digital. Algunos los contradicen.

Sin embargo, lo que a mi me da ganas es de volver a tomar el disco con cuidado, colocarlo en la bandeja, verlo girar, ubicar la púa en su lugar, escuchar el ruido a fritura que precede a la primera nota, y disfrutar de la música mientras acerco a mis ojos la imagen de la tapa, hasta que ocupa todo mi campo visual.

Adivino que somos muchos los que confiamos en que eso, un día de estos va a suceder, pues no conozco a nadie que se haya aún desprendido de su colección.

Debajo de la cama, en algún mueble de la cocina, o en la casa de mamá, encerrada en una caja de cartón, está esa colección de vinilos esperando volver a sonar.

Algunos, orgullosos, se la han pasado a su hijo, a modo de herencia anticipada. Otros, apremiados por circunstancias desfavorables, han debido venderla, pero no sin antes separar unos pocos discos que conservarán para siempre.

Hoy hace tres años que decidí iniciar esta serie de fotos que se ha convertido en una nueva colección: esta vez, la de los amigos y allegados que eligieron su disco preferido y lo personificaron para que yo pueda retratarlo, en un entorno o circunstancia del presente.

El trabajo cuenta ya con más de medio centenar de imágenes y sigue creciendo, y se acompaña con testimonios de reconocidas personalidades que han tenido que ver con la industria del disco de vinilo, desde los fundadores de míticas disquerías, productores, periodistas, músicos, hasta disc-jockeys y coleccionistas.

Una parte del mismo estará presentándose entre el 5 de septiembre y el 7 de octubre en la sala Prometeus del Centro Cultural Recoleta.  Simultáneamente, estaré realizando una campaña por la que propondré a los asistentes a la exposición, que me ayuden a financiar la realización de un libro con la totalidad de las fotos y los testimonios, mediante un sistema de compra anticipada.

Cerrar este proyecto con un libro que reúne una gran parte de los discos que acompañaron y formaron a más de una generación, va a ser un final redondo. ¿No les parece?

 

 Según Guillermo David:

Joyce imaginó a la poesía como un rostro espejado descendiendo por las calles de Dublín. Ese rostro –ese espejo literal de una época- es para Pablo Garber el de una tapa de disco, que a la vez es el resto de un periplo existencial, individual y colectivo. Específicamente: el de la música en la era del vinilo, la cultura popular que formateó a varias generaciones. En esta serie de fotografías Garber propone un juego en palimpsesto en operaciones que, no por lúdicas, son menos sagaces y conmocionantes. Pues si la máscara es la verdad profunda de la superficie que elegimos para construir nuestro lazo social, al producir la sustitución de la cara por esa máscara consensuada que es la tapa del disco -emblemático, cribado existencialmente, algarabía secreta del modelo elegido-, el resultado estalla en múltiples sentidos. Alli se articulan las trazas de la identidad de una época, es decir, una estética. Somos, así, el rostro oculto de una música y una lírica que nos dice, nos funda: nuestro cuerpo sustenta un pasado no por apenas aludido menos presente en nuestra contemporaneidad. Garber nos muestra la cara B de una época cuya impronta nos aqueja tanto como ilumina. (Guillermo David)

  • raul lazaro

    como puedo mandarle unas fotos a pablo son muy byuenas