El molino y la cruz

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El fotógrafo y cineasta polaco Lech Majewski lleva al extremo en El molino y la cruz el esfuerzo de entrecruzar la fotografía con la literatura, la pintura y el teatro.

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Seguramente Brueghel, considerado hoy una de las figuras más representativas de la pintura flamenca, no hubiese imaginado nunca que casi 600 después un director de un arte aún sin nacer decidiría elegir una de sus obras con el objetivo de realizar una interpretación de la misma

Durante miles de años sólo “el arte”- llámese fundamentalmente pintura y escultura- fue la única “representación” del mundo a nuestro alcance. Consideración que ha instalado mediante esa “presuposición” uno de los grandes discursos sobre el arte de Heidegger a la actualidad.

Ha corrido mucha tinta… y corre sobre las relaciones entre el cine y el resto de las artes. Lo cierto es que el compositor de ópera, poeta, artista, fotógrafo y cineasta Lech Majewski ha llevado al extremo el esfuerzo de entrecruzar la fotografía con la literatura, la pintura y el teatro.

Basado en un ensayo del crítico de arte norteamericano Michael Gibson, El molino y la cruz es el producto de un proceso de producción hercúlea de más de cuatro años de montaje para elaborar un minucioso análisis iconográfico del cuadro “La procesión hacia el calvario”, en el que Pieter Brueghel representa el Vía Crucis de Cristo ambientándolo en la ocupación española de Flandes a mediados del siglo XVI. Así Majewski nos presenta al mismo Brueghel (interpretado por Rutger Hauger) dialogando a veces con el mecenas Nicolaes Jonguelinc, (Michael York) burgués adinerado, que sumado a una veintena de personajes de los más de 500 retratados en la obra -entre los que están Jesús y la Virgen María (Charlotte Rampling)- quienes contribuyen a reconstruir el contexto político social y cultural de aquella región. Lo cual resulta una experiencia visualmente fascinante, al mismo tiempo que se nos habla del poder del artista dentro de su contexto social.

No es casual que esta pintura pertenezca al género denominado “Pintura de género”, ya que los temas son un compendio de escenas de carácter popular. Donde Brueghel, dueño de una pincelada detallista, hábil y minuciosa supo dar cuenta de una capacidad descriptiva, que nadie pudo superar en su época.
Es más, existen anécdotas que cuentan que a Brueghel le gustaba visitar a los campesinos en sus fiestas, para lo cual se vestía de campesino y se comportaba como tal, con el objetivo de observar sus costumbres y sus modos de percibir y comportarse en el mundo. Lo que a su vez generó el hecho de que se lo considerase el primer artista occidental que mostró en su obra paisajes caracterizados –además- por una inmensa vista panorámica, como la que vemos en La procesión hacia el calvario.

Si se pudiese establecer una genealogía en la historia del cine podríamos pensar en la reciente Fausto 2011 o El Arca rusa, ambos trabajos de Sokurov.

En esta experiencia fascinante que resulta de la visión de El molino y la cruz, Majewsky entrecruza las pinceladas que describen la crucifixión de Cristo con las que Brueghel narra la ocupación española del siglo XVI. Las escenas rodadas en locaciones reales se mezclan con otras en que la propia pintura se convierte en el marco geográfico, del mismo modo que mezcla actores reales con personajes del cuadro deteniendo la acción, desde el interior del fragmento del cuadro, mientras el propio Brueghel explica las metáforas que construyen el sentido de su pintura.

Una experiencia artística radical para el espectador, que deberá verse,- para disfrutar en su real dimensión-, sólo en cines.

 

  • Blanca

    Más allá del cuadro: Una experiencia radical sobre la vida y el destino.