Cine con vecinos

0
7

¿Qué tiene el Cine con vecinos que no tengan otros cines? Con su estilo habitual, Abel Posadas aproxima un análisis crítico sobre tres películas de este fenómeno nacido en Saladillo y para cuyo proximo Festival la convocatoria termina el proximo 31 de agosto.LA POSTERGADA SOLEDAD Y UN ALGO QUE DECIR SOBRE SALADILLO

- Publicidad -

Hay en la web abundante información sobre Julio Midú y Fabio Junco, artífices del llamado cine con vecinos de Saladillo, aunque bien podría ser cine con vecinos de cualquier pueblo latinoamericano. Lo que no es fácil encontrar es un análisis crítico sobre lo que han hecho, lo que hacen y lo que se está haciendo. Junco puso a nuestro alcance Lo bueno de los otros (2004), Pobres mujeres (2005) y El último mandado (2007). Sabíamos que habían recibido galardones diversos, que habían sido exhibidas en festivales argentinos y extranjeros pero no esperábamos gran cosa. Luego de tanto cine argentino visto en los últimos años, el escepticismo, creemos, es comprensible.

Por lo tanto, la sorpresa fue inesperada. Vamos por la primera en orden cronológico. Hay en Lo bueno de los otros una crueldad no deliberada, es decir, no parte ni del guión ni de la realización sino de las situaciones que presenta. El adolescente, Dante, que le dice a la doctora

No hay familia. Estoy yo solo. 

nos está pegando una bofetada aún cuando no tengamos, como él, un padre alcohólico. Porque este hombre enfermo es el resultante de una historia que está fuera de campo y que el espectador debe armar por su cuenta conociendo al padre y a la suegra del autodestructivo, a la mujer y al otro hijo, David, que hace causa común con la madre. Si es verdad lo que le dice la doctora a Dante

Y lo peor es que en estos casos la familia no puede hacer nada.
no es menos cierto que un adicto es el resultante de una larga enfermedad familiar.

Dante, al revés que su hermano, sabe que mamá no es una santa. La excéntrica abuela materna intenta salvaguardar los restos del naufragio. Y, en ocasiones, se presta a la bromas ?se equivoca de tumba, por ejemplo, confunde el nombre de los nietos-. El abuelo paterno trata de ganarse la vida como puede pero las artesanías no se venden. Como le explica el dueño del local a Dante.

Son cosas para pobres y nadie quiere parecer pobre.

El arroz, el mate cocido, la subalimentación ?algo que va a estar presente también en El último mandado-, parecía haber desaparecido del cine de un país que sufre esta pandemia. Porque aquí la gente vive una pesadilla que se encuentra íntimamente relacionada con la pobreza cotidiana, la misma que la madre reprocha a David por no haber traído los bagres.

Son preferibles al mate cocido.
Para que esto pegue fuerte, es necesario haberlo padecido o bien haber logrado una cierta sensibilidad social que parecía haber desaparecido del mapa en Argentina. Y no hay nada de impostado en estas imágenes, lo que nos conduce a pensar que los realizadores saben desde dónde están hablando.

La pobreza exterior nos lleva de manera causal e inexorable a la miseria que ocultamos cuando podemos: los desentendimientos familiares, los viejos rencores, el afecto jamás expresado, con la excepción de Dante, el que trata de sobrellevar la carga y que, al propio tiempo, intenta los escarceos de una primera novia. El Te quiero escrito de manera invisible con una milenaria técnica sólo visible ante el fuego arderá para perderse antes del fundido en negro. No se nos deja espacio para imaginar cuál será el futuro de esa relación.

Hay subintrigas que son más que nada pantallazos sobre otras personas no menos desdichadas y que actúan a manera de coro secundario en esta singular película. Desde esa pobre mujer condenada a la muerte, pasando por la madre de un condiscípulo de Dante, también aficionada a la bebida, hasta la vecina puta amante del alcohólico. Este panorama nada tranquilizador tiene un final poco verosímil: luego de la tan esperada muerte del adicto, los hermanos concluyen pescando juntos. Confesamos que no entendemos este final porque, es sencillo, las huellas quedan, las marcas permanecen. La película termina pero no concluye. Junco y Midú han elegido ese plano para el fin de la historia narrada, pero no para el de la vida de esos hermanos que estamos viendo. Nada se resuelve de manera tan simple. Aunque nada lo sea: es David, el que aparenta una dureza que no tiene, el que llora en ese viaje emprendido en busca de otros horizontes.

En octubre de 2005 se estrenó en el Segundo Festival Nacional de Cine con Vecinos Pobres mujeres, rodada en el pueblo de Álvarez de Toledo. El título advierte sobre un material que encierra una patética comprensión del género femenino. De las dos hermanas protagonistas de la historia, Flora, ahora en el geriátrico, ha elegido una vida común. La otra, Carmen, ha instalado una pequeña pensión, que es en realidad un prostíbulo. A Flora le localizan a la hija, Marcela. La señora pretende irse a vivir con ella. La tal Marcela es una pobre mujer con cuatro hijos casada con un bon vivant. No sólo no la quiere en su casa sino que le aclara que jamás fue a verla al geriátrico porque la consideraba culpable de su ruinosa existencia.

A Carmen no le va mejor. Hay un paralelismo buscado en esta historia y es que su hija tampoco la acepta y exige que ni siquiera que la visite por miedo al marido. El hecho de ser la dueña de un prostíbulo la estigmatiza. Hay frecuentes travellings por un pueblo que pareciera perdido en el tiempo: ambas hermanas se buscan hasta encontrarse. Flora cree, al comienzo, en la pequeña pensión de Carmen instalada en la casa paterna donde se criaran. El rechazo filial que ambas padecen las acerca. Si en un comienzo Flora nos informa que odia a su hermana porque le robó el marido ?él murió en el lecho de Carmen- sabremos al final la verdad. Cuando Flora le pega una bofetada al descubrir lo del prostíbulo y le dice:

– Siempre fuiste una puta barata.

Carmen le responde que

(?) tener una hija con una puta no es negocio. Por eso se casó con vos.
Es decir, el tal Héctor había tenido una hija con cada una pero primero con la que había optado por una vida nada común.

Flora se vuelve al geriátrico de Saladillo con una ventaja: ha conocido y conquistado a sus nietos y, a su vez, Carmen transforma el prostíbulo en una casa de familia adonde van a vivir los restos de un matrimonio desecho. De esto se entera Flora por un email que le envía su nieta. Hay una fuerte ironía en esto de la computación instalada en la vida de seres que, en apariencia, carecen de horizontes. Los abundantes toques de humor corren por cuenta de las pupilas devenidas ruteras y de un barbudo paisano enamorado de una de ellas. Por otra parte Flora no se queda sola: tiene en el geriátrico a Paco, un paciente septuagenario que la aguarda. Lo que se rescata por sobre todo es la excelente puesta en escena que prima sobre una historia que, tal vez, ex profeso, se parece demasiado a un churro mexicano: los hombres son pedazos de carne en busca de sexo o chantajistas afectivos vociferantes. La dirección sobrepasa con creces a la historia que no deja de provocar la hilaridad en el caso de las cuatro pupilas de la pequeña pensión. Dentro de la puesta en escena sobresale la parte viviente, es decir, el manejo perfecto de los actores no profesionales. El guión de Midú cree aún en el valor de la palabra y a veces consigue una causticidad elegante:

¿Qué tal el paseo?
Le preguntan a Flora en el geriátrico. Ella responde:

Bien. El cementerio está cada vez más lindo.

El último mandado está narrada desde una soledad a otra, desde el aislamiento de Frau Nein ?Hanna, la vieja alemana admiradora de Hitler- al del casi adolescente que vive con sus cinco hermanos o medio hermanos en un rancho. La dama tiene el dinero que produce la soja y sus sobrinos telefónicos están muy interesados en ella ?en la soja-. La señora tiene una criada que posee un carácter tan endiablado como el de la patrona. Un accidente fortuito ?si es que existen- los pone en contacto.

Nos internaremos en la vida de ambos. Hay muy cuidadas panorámicas en las que la fotografía de Gabriel Perosino nos pone en contacto con la absoluta soledad del joven. Sus viajes en bicicleta hasta el rancho en el que una madre histérica cría como puede a su prole ?hay una de aquellas bombas de nuestra infancia para el agua-. Esta mujer está disponible y sonriente para un amante esporádico que trae víveres y al que el muchacho llama idiota. Frente a la figura de una madre inusual ?por lo menos en el cine argentino- se yergue la de la profesora. Como buena docente intenta ayudar a Lucas mediante las monedas por los mandados y hasta es capaz de dejarle sobre el pupitre una bolsa con papas fritas.

Sin embargo, es torpe de toda torpeza. Lo acusa de apología del crimen cuando lee el trabajo que ha preparado sobre la vida de Hitler. El chico dice pología y Frau Nein no alcanza a entender qué hay de malo en el trabajo que ella asesoró. La docente ni siquiera se pregunta cómo alguien que se duerme en las clases ?de hambre, de hastío, de un sin sentido absoluto- puede haber realizado un panegírico sobre los nazis. Estas dos figuras ?la madre y la docente- encarnan una imposibilidad afectiva, un bloqueo, un desconocimiento del mundo de Lucas.

Frau Nein o Hanna, en cambio, termina por aceptarlo sin muchas preguntas. Y a tal punto que el chico sueña con ella y un divertido viaje en el antiguo auto en el que se intercambian un sombrero. Es cierto: la anciana tampoco tiene a nadie excepto a esos sobrinos telefónicos y a una periodista que llega para interrogarla sobre ciertos documentos que Frau Nein posee pero que no va a entregar. Cuando los sobrinos triunfen y se la lleven a Buenos Aires, la criada pasará la caja a Lucas. En voz en off escucharemos las palabras de la vieja:

De mi árbol a tu árbol.
que muy bien pueden cambiarse por

De mi soledad a tu soledad.

En el plano final descubrimos a Lucas sentado en el tronco de un árbol ?es una toma lejana- y la figurita parece más pequeña que nunca. Se ha quedado con el secreto, con un secreto confiado por Frau Nein y, por lo tanto, sagrado para él. No sabe de qué se trata ni creemos que le importe demasiado. Lo que interesa es que ese legado implica un lazo definitivo con alguien de quien

Lucas, Luquitas, ha percibido afecto.

Formalmente mucho más cuidada que Lo bueno de los otros, El último mandado implica un paso adelante en cuanto a resolución cinematográfica. Tanto los paseos de Frau Nein-Hanna en su viejo auto como los de Lucas en bicicleta, así como la escena del sueño, la iluminación de las comidas en el interior del rancho ?se destaca otra vez la mano de Perusino- contribuyen a crear una atmósfera que es, a la vez, ambiguamente plácida y amenazante. En ambos casos, la ambigüedad se produce porque el estallido no está en cuadro sino en cada uno de los espectadores. Así, se elige elidir tanto los insultos como el sexo que la madre mantiene con su amante: quedan fuera campo, pero se instalan en la mente de quien está viendo la película.

Decíamos al comienzo que rondaba el escepticismo cuando comenzamos a ver Lo bueno de los otros. Sentíamos una enorme curiosidad y, al propio tiempo, el miedo al desengaño. Hemos visto demasiado cine argentino durante los noventa y lo que va del siglo XXI. Además, lo de los premios y la participación en festivales ya es un lugar común que no avala a nadie. Sin embargo, valió la pena correr el riesgo. Junco, Midú ?ambos egresados del E.N.E.R.C- y el equipo que los acompaña logran un cine diferente con todas las imperfecciones que uno pueda encontrarles. Nos hablan de gente que está viva aún dentro del universo de ficción, del mundo imaginario que han creado. Y esa vitalidad en gran parte del relato ?no ya de las historias- nos es brindada por la empatía que los guionistas-realizadores consiguen entre la cámara y lo que ofrecen. En este caso los encuadres, los planos, el montaje conforman un puente para relacionarse con los espectadores, para ayudarlos a comprender y, en especial, para que creen y recreen una historia propia, para que armen su película en la mente y en el mundo afectivo. Como los autores singulares de esta ficción absolutamente comprometida, quienes observan no pueden permanecer ajenos.

La productora FATAM que es el logo que aparece antes de las películas, es un acrónimo-neologismo por FANTASMA. En un mundo globalizado ese FANTASMA logra internarse por mundos de ficción en perímetros reducidos y cálidos, muy próximos a cualquier lugar de América Latina. A continuación y desde hace algunos años, en otros lugares del país, han surgido cineastas que intentan narrar aunque no tanto para su estreno en cines, sino para las nuevas tecnologías y la televisión. Se abre de esta manera un capítulo nuevo. Para los que venimos de aquellas salas de tres películas por centavos, nos resulta algo insólito, un tanto sorpresivo y, sin embargo, a qué negarlo, hace rato que estábamos esperándolo.