El jefe de gobierno, Shakespeare y los trapitos

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El jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires tiene algunas obsesiones que cada tanto afloran, como una suerte de primavera filofascista, en donde el principal objeto de su preocupación es la pobreza. Pero no es la erradicación de la miseria como flagelo social lo que caracteriza a su gestión, sino todo lo contrario; el desamparo y la represión parecen ser las herramientas de accion social favoritas. Dejemos de lado su perfil liberal, que le hace ajustar en educación y salud y apoyar, por ejemplo, la educación privada con fondos estatales. Asumamos que esas medidas políticas responden sinceramente a un pensamiento altruísta. Hipoteticemos que el jefe de gobierno piensa que la mejor manera de erradicar la pobreza es desatando a las fuerzas del mercado. Favoreciendo a la oferta y a la demanda y dejando que ellas se encargan de todo, no sólo de equilibrar el mercado, sino también de mejorar la calidad de vida de la gente.
Demoslé el beneficio de la duda, pero más allá de esta consideración, hay otros hechos que demuestran su carácter clasista, cargado de un odio silencioso y vendibe, casi pasteurizado y envuelto para regalo. Nos referimos puntualmente a lo sucedido con la tristemente célebre UCEP, una patota fascista que se encargaba de echar de la calle a los indigentes con métodos violentos. Gracias a las nuevas tecnologías, los hechos fueron filmados y el jefe de gobierno tuvo que dar marcha atrás con su proyecto de “Limpia Buenos Aires” (se infiere que vio la película “El día de la bestia” de Alex de la Iglesia, aunque sospecho que su interpretación es radicalmente opuesta a la mía).
Otro hecho lamentable, en donde hubo hasta muertos, fue la toma del Parque Indoamericano. Allí otra vez irrumpió una patota a los tiros, reeditando viejos métodos de la derecha argentina, que pueden remontarse a la Liga Patriótica y aterrizar en la Triple A .
Pero la obsesión que cada tanto lo asalta, como una idea motochorra, es la de erradicar a los Trapitos. Es decir a quienes se dedican a comerciar y a ordenar el estacionamiento de vehículos en zonas céntricas o en acontecimientos masivos. ¿Sabrá el jefe de gobierno que William Shakespeare también fue trapito? ¿Sabrá el jefe de gobierno que Shakespeare llegó a Londres sin un centavo y que, como dijo alguien, se hizo famoso de la noche a la mañana luego de varios años?
Por algún motivo, a los 18 años, el joven futuro escritor, abandonó su pueblo, Stratford y huyó o emigró a Londres. Por aquel tiempo, el siglo XVI, el Ayuntamiento de Londres había prohibido los teatros en la ciudad por considerarlos inmorales y se habían tenido que mudar al otro lado del río Támesis. Todos los días que había funciones, acudían los espectadores a caballo o en carruaje (también a pie) para asistir a los espectáculos que se brindaban. Alrededor de ellos se juntaba una multitud de niños y jóvenes que se ofrecían, a cambio de algunas monedas, a cuidar de aquellos medios de transporte.
Entre aquellos adolescentes indigentes se encontraba Shakespeare y él también comenzó a participar de la tarea de los trapitos isabelinos, cuidando de caballos y carruajes, con ánimo de ganar algunas monedas que le permitieran comer y seguramente escribir. Al parecer, nuestro héroe, rápidamente se transformó en una suerte de empresario de los trapitos del siglo XVI. Imaginemos lo que podía ser aquel ambiente en aquella época, un mundo de intrigas, ambiciones, traiciones, alianzas efímeras y violencia cotidiana. Según dicen, Shakespeare llegó a la cima de los trapitos. Montó su empresa y hasta se comenta que cuando ya era el más famoso de los dramaturgos londinenses, la gente seguía denominando a los trapitos como “los mozos de Shakespeare”.
Es posible que el gran escritor no tuviera acceso, debido a su condición de pobre, a las clases altas, a observar sus conductas y a tomar nota de sus actos para, a partir de allí, desarrollar su obra monumental. Sin embargo el mundo de los trapitos puede haberle servido de inspiración, ya que más allá de ciertas normas culturales particulares a las diferentes clases sociales, a los diferentes países y a los montos del botín, la ambición, la intriga y la traición son condiciones en algún sentido universales, sobre todo cuando se encarnan en una lucha por el poder. Poder que puede disputarse tanto por un reino como en un espacio en el negocio del cuidado de los vehículos. Al fin y al cabo nunca mejor dicha aquella frase de Ricardo III: mi reino por un caballo.