Ecologismo musical

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Arbolito Presentó en Groove durante el fin de semana del 4 y 5 de Agosto, su último álbum “Acá Estamos”. Su gira les llevará por distintas ciudades argentinas, para volver a la capital y celebrar sus 15 años de trayectoria en septiembre, en el Konex.

Tusun, tusun aby yala cunan dia?rijcharicuspa, tantanacusan?Tusun, tusun aby yala cunan dia?laphagareaspa, munanacuspa?uj juchuy jallp’a?mana antinguichu, mana antinguichu?uj juchuy jallp’a?mana antinguichu, mana antinguichu?

?Baila, baila continente el tinku hoy?despertándonos, contagiándonos?baila, baila continente el tinku hoy?agitando, enamorándonos.?Un pedacito del planeta que?no pudiste no, no no pudiste no.?Un pedasito del planeta que?no pudieron no, no pudieron.

Canción “Baila Baila” cantada en quechua y castellano

 

Una botella vacía de plástico aplastada, iluminada por el aviso que no recuerdo que anunciaba, estaba al pie de un árbol. A su lado, un chico, cuidadosamente monta su parada en el suelo y encima de un mantelito coloca varios objetos. Una cinta de colores, un sombrero y un marquito con una fotografía del Che. El hombre mira para un lado y para el otro, nosotros que estamos en una fila que apunta a la sala Groove, lo observamos de vez en cuando. Al cabo de un rato, agita un paño colorido a modo de bandera. Alguien le compró algo. El tiempo pasa y una chica arrastra con cara cansada un carrito que según dice, lleva sándwiches calientes. Otro, avispado y risueño recorre la fila a todo ritmo cargando una mochila y ofreciendo cervezas frías. Un panorama urbano, crudo y alejado de lo que en unos instantes intentaran recrear la banda Arbolito que hoy vienen a presentar su último trabajo, es lo que se encontraba uno en el exterior.

El ambiente, dentro, es de discoteca  multiusos con muchos bailes, pero lo que primero sorprende es ver como la mayoría  del público, a medida que va entrando,  espera a los músicos sentados en el suelo, incluso entonan cánticos o se ponen en círculo e improvisan unas danzas grupales. Mientras unas músicas folclóricas salen de los parlantes y crean un ambiente sonoro idóneo para ese momento. El escenario estaba oscuro, pero uno ya empezaba a ver e intuir algo que está enterrado, bajo capas de tierra u olvido: instrumentos, cuerpos, almas, sonidos, un mundo que parece lejano o paralelo al que vivimos, con otros principios y otras melodías.

El show empieza. Desde el primer momento me entretengo a mirar la pantalla que detrás del grupo proyecta, imágenes promocionales del documental titulado Caminando despacito, conmemorativo, de los quince años que este longevo grupo lleva unido. A lo largo del concierto, vemos creativos contenidos visuales que sirven para subrayar, acompañar e traducir en imágenes lo que con las palabras y los sonidos estos músicos nos intentan transmitir. Mensajes de alerta, palabras de amor, recetas para reformular nuestras vidas. Las imágenes facilitan que podamos trasladarnos a lugares y parajes que durante el concierto, son difíciles de concebir. El universo, los elementos, las montañas, el latido del planeta, parecen quedar lejos. La hoguera donde a su alrededor podríamos bailar y cantar, ahora es esta sabana blanca donde vemos sombras de colores.

Lo especialmente tramado que está el discurso visual, con las piezas musicales, hace pensar en la importancia que da el grupo a estos aspectos. Esto, me lleva a remirar el arte de tapa de sus diferentes álbumes, siempre colorido y con escenas y motivos que nos remiten a lo artesanal, rural y mágico, universos predilectos del artista de El Bolsón, Maxie Amigo. Ahora la imagen es monocroma, un poco más seria y simple, dibujado vemos una flecha que con fuerza se clava y quiebra la tierra. Los perfiles de los músicos, oscuros, se ven a lo lejos. Arbolito, nos dice “Acá estamos”, ellos siguen estando, pero su imagen ya nos anuncia que no son los mismos.

¿Qué tienen ganas de decir estos músicos después de tantos escenarios, tantos kilómetros? Me pregunto mientras escucho, sonidos que producen instrumentos, como el charango, difíciles de encontrar en las propuestas más contemporáneas . El título del reciente álbum, podría presentar más a un grupo que acaba de aparecer en la escena, más que no a uno que ya tiene clásicos que la gente corea, aún resuena en mi cabeza ese “y las deudas son deudas, acá o en tus bancos de mierda” de la reivindicativa canción “Europa”. Pero aún y así está reafirmación, da la sensación de indicar un lugar, un espacio, con un clima y unas intenciones precisas. Este paraje recreado en sonidos es donde estamos escuchándolos, es el que ellos conservan, el que desde hace tanto tiempo, ellos transmiten. Escuchamos entonces, algo parecido a una reserva sonora. Este grupo crea con muchas de sus canciones, un clima y una atmosfera que permite viajar en el tiempo que por momentos permite hacer más presente donde estamos habitando. Como algunas de sus canciones transmiten, no deja que nos acomodemos, llama a nuestras sensaciones y al alejarse del paisaje, para entrar en la naturaleza.

“Una buena forma de levantar un domingo” decía Ezequiel Jusid al público que entregado cantó, bailó y se dejó llevar, por los caminos que abrieron más de veinte temas que interpretaron. Enganchan porque han sabido combinar la templanza y sana alegría de los géneros llamados populares, con la electrizante energía del rock. Fusión de pasados musicales entremezclados que se sitúa en el campo del compromiso y la lealtad a unas formas y unos mensajes. Sus letras así lo reafirman: Es que todo termina,?y todo empieza,?rebelde es la esperanza,?es nuestra estrella. No defraudaron, entonces, porque permanece en ellos intocable su actitud, aunque quizás su sonido, ya sea más templado, más maduro.

Sonaron y gustaron sus nuevos temas y hicieron saltar alocadamente a nuevas generaciones de jóvenes con rebeldes pensamientos. Me preguntaba yo, cuantos de los que en un inicio, brincaron con sus canciones, los siguen acompañando ahora. Y es que no vi muchas personas con canas entre el público. En las palabras cantadas, flechas dirigidas al corazón o al pensamiento, y la piel que se erizaba según que fibra sensible tocaban, el violín que te catapultaba al cosmos de Agustín Ronconi o el clarinete enérgico de Pedro Borgobello. Música que llama a la fiesta pero que también como hicieron con temas acústicos como “Condenada Soledad”, “En un Cristal” o “Sensaciones”, pueden ser más profundos y sosegados. Esa mezcla de ensueño, viaje sonoro y rebeldía actualizada, es la que sumada a los coros, a los que se suma el bajista Andrés Fariña, que endulzan o la percusión que tan importante me parece en este recordar lo telúrico, de batería, bombo y cajón de Diego Fariza, hicieron que auque fuera un segundo día de actuación, se mantuvieran alejados de la costumbre. Para eso ayudó también la interpretación de temas como “Color de Tierra” y “Sarari” del productor de este álbum Tito Fargo que pudo lucirse en solitario con la guitarra eléctrica. Como también la voz y su lengua de Verónica Condomí, cantando temas como “Baila Baila” que rescatan un querer ser del pueblo mapuche.

Antes que unos gigantes ventiladores, reciclaran el aire de la sala, Arbolito ya había vuelto a sembrar un sonido que abraza y recorre caminos que por primera vez me enseña que es posible una visión plena del continente americano que no pasa por tratados u acuerdos, sino que bebe de fuentes naturales ya casi en peligro de extinción. Menos acotar la tierra y su explotación, como dicen al señalar lo que ocurre en Famatina, y más seguir el ejemplo de quien la quiso, la cantó y la miró más desde el cielo, como un pájaro, sea el caso de la cantante Chavela Vargas, de la que se perdió su cuerpo, pero no su presencia, ni sus melodías y que también recibió un homenaje del grupo, de la manera que mejor saben hacerlo, que es realizando canciones.

 

Más fotos del show realizadas por Juan Manuel Sosa en: Facebook y Flickr