En la inevitable llegada…

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En la inevitable llegada del otoño: cuando la de la ?familia feliz? es una idea que hoy sólo puede sostener un dinosaurio violeta a quien ajusticiaríamos en cualquier esquina.


Cuando salí de la función me quedé pensando en una frase que Fabián Casas arrojó a propósito de los Corleone como espejo refractario de todas y de cualquier familia: ?En fin, la sensación de que nacemos solos, morimos solos pero en el medio está la familia, ese grupo extraño y a la vez familiar que nos sirve para que nos paremos en el mundo pero que después, si no le ponemos cierto coto, nos puede terminar devorando.? Y lo pensé porque En la inevitable llegada del otoño se mueve en esos lazos que se supieron o pudieron trazar y en la pregunta sobre cómo las relaciones fueron virando, con el paso de los años, los roces y de la historia personal de cada uno, hacia otro lado (la comprensión, la indiferencia, la empatía, el odio, la negación o la nada) ¿Quién es quién en una familia? ¿Qué rol asumimos o nos imponen? ¿Cómo ser y construir un Yo en esa fortaleza amurallada que nos abruma tanto como nos ama?

Me niego, para hablar de la obra, a utilizar el término ?Familia disfuncional? simplemente porque descreo, en los tiempos que corren, de la existencia de otro tipo de vínculo. La ?familia feliz? es una idea que hoy sólo puede sostener un dinosaurio violeta a quien ajusticiaríamos en cualquier esquina. Hablaremos entonces de seis individualidades que viven, luchan, sueñan, aman y se relacionan con el otro (familia, sangre, fuego) de modos dispares, ocultando o negando conflictos, exacerbando apariencias o escupiendo la furia incontrolada.

Gloria (Susana Beltrán) padece de cáncer, lo que la obliga a periódicas internaciones. Su marido, Luis (Néstor Rosendo) adelanta su alta para celebrar las bodas de oro. La fiesta supone reunir a los hijos, sumergidos en sus propios embrollos y al tío Lorenzo (Alejo Olabor), de quien se ha distanciado hace tiempo, y aparentar, en busca de una alegría para mamá, lo que ya no son. Si bien la obra tiene como telón de fondo la enfermedad, no hace foco en ella y logra de ese modo evitar el golpe bajo. Lo que sobresale en el conjunto es la sólida construcción de los personajes, la fisonomía, la densidad de rasgos de personalidad y los vínculos que establecen entre ellos. Durante el reencuentro, entre cds de los Galos, milanesas y vinos de catorce pesos (digo, el detalle, lo cotidiano que permite sobrevivir), van aflorando las pequeñas y grandes rencillas del pasado, los odios y rencores que llevaron a la incomunicación, a la imposibilidad de franquear el puente para llegar al otro. Así, vemos a unos padres negadores que buscan la paz familiar, a dos hermanos enfrentados por una mujer (y una traición) que tiene como correlato la disputa entre otros hermanos (padre-tío) y una hermana que busca construir (como un castillo de naipes) su identidad, su lugar en el mundo.

En ese juego de encastres que la obra nos propone, aparecen también otros enfrentamientos menos tangibles, menos materiales, casi filosóficos o del orden de la moral, que tienen que ver con las elecciones de vida y cómo elije vivirla cada uno: la simpleza y la bondad de un tío que no tiene grandes ambiciones y es admirado por su sobrina; el hijo abogado que progresa y que persigue su deseo aunque eso signifique hundir en el dolor a su propio hermano, quien, inmóvil, sólo puede manifestar su bronca, gritar y esperar que el destino lo ayude en su venganza.

Una propuesta emotiva, llena de nostalgia por lo que se perdió para siempre. Con muchos momentos de humor y de tensión que se complementan en su justa medida, nos deja pensando en nuestra propia historia familiar, en los encuentros y desencuentros y en la necesidad de resguardar algo, aunque sea chiquito, de los amores de la infancia, de la ternura de los padres y de la complicidad cariñosa con los hermanos porque, en la inevitable llegada del otoño, todas las hojas son iguales y todos caeremos de uno u otro modo.

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Publicado en Leedor el 1-08-2012