El loro que podía adivinar..

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El loro que podía adivinar el futuro es una recorrida ominosa y fascinante que garantiza a estas pesadillas de Luciano Lamberti un lugar destacado en la literatura fantástica más reciente del Río de la Plata.El loro que podía adivinar el futuro
Luciano Lamberti
(Editorial Nudista, 2012, 112 págs)

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?El loro que podía adivinar el futuro? es el tercer libro de Luciano Lamberti, precedido por el compilado de cuentos ?El asesino de chanchos? (Tamarisco, 2010) y el poemario ?San Francisco/Córdoba? (Funesiana, 2008).

Dejando momentáneamente de lado el primer relato (?Perfectos accidentes ridículos?), es fácil postular un territorio común a todos los cuentos de este libro: una zona ominosa donde un mínimo de palabras articula una serie de figuras fantásticas (en el sentido más estricto de lo fantástico como irrupción en lo cotidiano, pero también desde cierta ciencia ficción) capaces de estremecer, asustar y maravillar. Porque estos cuentos de Lamberti, breves y directos, ofrecen una imagen de máxima economía verbal que engaña al lector ?llevándolo a asumir que la aparente sencillez del lenguaje se corresponderá a la sencillez de lo contado? para arrojarlo a una trampa, a un laberinto de paredes descascaradas y pasillos amplios o, mejor, al centro de una casi intangible tela de araña. Es imposible, entonces, terminar estos textos sin sentir una creciente inquietud, una suerte de desasosiego: la aridez del lenguaje termina por hacernos creer que nos hemos perdido de algo, que nos ha faltado una clave, que todos los monstruos se nos arrojaron a la cara porque, en algún momento, no entendimos.

Quizá el caso más evidente de esta cualidad siniestra de la ficción de Lamberti sea el cuento ?La canción que cantábamos todos los días?, en el que una entidad (¿alienígena? ¿demoníaca?) suplanta al hermano del narrador y termina por ocasionar la ruina de su familia. El esquema del relato es impecable e implacable: la sustitución del hermano genera una serie de derivaciones narrativas que son presentadas como completamente inevitables, y pronto nos encontramos en un mundo de pesadilla. No hay casi detalles, no hay casi trama más allá de los recuerdos del narrador y sus sensaciones, pero con eso le basta a Lamberti para escribir uno de los mejores cuentos de terror de la literatura reciente del Río de la Plata. Es verdad, también, que algunos códigos o procedimientos son más o menos descifrables (pero no por ello menos efectivos); hay algo kafkiano en la naturalidad con la que el narrador refiere la sustitución, por ejemplo, y esta línea permite pensar a Lamberti a la izquierda del Levrero (el de las primeras novelas y algunos cuentos de la década de 1970) que, a su vez, se instalaba a la izquierda de Kafka, no muy lejos del Ballard de ?Playa Terminal? o ?Ciudad de Concentración?, un Kafka pasado (o coloreado en su superficie) por el surrealismo o, mejor, por el LSD.

Esta faceta ?levreriana? es quizá más visible en el cuento que da título al libro, con su loro parlante que por momentos parece el dios de un universo de bolsillo al que han caído unos pocos, desafortunados seres humanos. En este relato opera también una metamorfosis, una mutación de la identidad compatible a la del cuento del hermano desaparecido, y desde ahí mana también una forma de horror; sin embargo, su escritura todavía más ?aireada?, más atravesada por huecos y vacíos, unida a la progresión en el alcance de los hechos vinculados al loro (que se define a sí mismo como ?una máquina, una vieja máquina?) construye una pesadilla de un modo todavía más eficiente ?y en ese sentido es la conclusión perfecta para el libro.

Otro cuento que cabría pensar como vinculable a la obra de Mario Levrero es ?La Feria Integral de Oklahoma?, que resuena también con ecos de la serie de culto ?Carnivàle?, emitida por HBO entre 2003 y 2005. La idea de una feria itinerante de maravillas regenteada por un enano que no envejece recuerda por ejemplo al cuento ?Alice Springs?, recogido en el volumen ?Todo el tiempo?, reeditado hace unos años por la editorial uruguaya HUM. Este es quizá el relato más ?diurno? en su lógica, más lineal, por decirlo así. No por ello el menos efectivo, por supuesto, aunque sea quizá el más predecible del volumen.

?La vida es buena bajo el mar? y ?Algunas notas sobre el país de los gigantes?, si bien su tono narrativo es bastante diferente (el segundo tiene, en su organización en subsecciones, algo de las ?novelas condensadas? de Ballard, compiladas en el libro ?La exhibición de atrocidades?, pero también remite a Borges a través del Stanislaw Lem de ?Magnitud Imaginaria? y ?Vacío Perfecto?), podrían pensarse como dos realizaciones de la misma historia, con extraterrestres que ?sin que se aporten detalles de cómo, cuándo y por qué? se incorporaron a las sociedades humanas en el primero y con las sucesivas exploraciones a un mundo alienígena habitado por gigantes en el segundo.

Ciertos segmentos de ?Algunas notas sobre el país de los gigantes? son inolvidables en tanto invenciones visuales perfectamente calibradas: se habla, por ejemplo ?siempre con el tono seco y gris de un libro de antropología o de ?historia natural??, de las misteriosas ruinas encontradas en el mundo de los gigantes, grandes catedrales excavadas por estas criaturas sin una función evidente. ?Al desaparecer, los gigantes no dejan tras de sí más que esas extrañas ciudades construidas en el interior de las montañas (?) Las llamamos ciudades para restringirlas a nuestras capacidades idiomáticas, aunque en rigor sean otra cosa (?) Los gigantes no alcanzaron, dicen, a desarrollar un lenguaje, una forma mínima de comunidad, una memoria individual o colectiva. Para otros, esas ciudades son un lenguaje, una forma mínima de comunidad, una memoria individual y colectiva?. Esta cita, de alguna manera, comporta un modelo a escala del libro o de sus procedimientos: con extrema economía de medios se nos planta ante un enigma, ante lo otro (sea una criatura que sustituyó a un ser humano, un gigante, un extraterrestre o un loro que es evidentemente más que un loro), ante lo extraño o incomprensible y es, en cierto modo, el procedimiento contrario a la proliferación gnóstica de nombres y adjetivos en la obra de H.P.Lovecraft.

El único de los relatos que no incorpora elementos decididamente fantásticos es el primero, ?Perfectos accidentes ridículos?, que podría resultar un poco extraño al libro: Como puerta de entrada, de hecho, no prepara al lector para lo que le espera; quizá, en ese sentido, opera como un señuelo, una pista falsa. Pero está también su tono (no tan despojado como el de los otros, pero sí claramente tramado en esa dirección), que comienza a vincularlo al resto del libro, y el hecho de que se trate de recuerdos y anécdotas de familia, además, puede enlazarlo al relato de horror familiar de ?La canción que cantábamos todos los días?. En esa línea de lectura, entonces, el libro comienza desde una serie de viñetas realistas o costumbristas para terminar en ?El loro que podía adivinar el futuro?, donde todo es enigma.

Desde el núcleo de lo familiar y cercano, entonces, hasta el misterio inasible (donde ni siquiera es válido apelar a la naturaleza extraterrestre de los personajes y los acontecimientos), ?El loro que podía adivinar el futuro? es una recorrida ominosa y fascinante, que garantiza a estas pesadillas de Luciano Lamberti un lugar destacado en la literatura fantástica más reciente del Río de la Plata.

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Publicado en Leedor el 24-07-2012