El viaje a la Isla del Coco

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El viaje a la Isla del Coco es un viaje en el tiempo, al calor de la tierra de la infancia.
?La verdadera patria es la infancia?

La literatura ha imaginado muchas veces la posibilidad de que nuestra sombra se deshaga de nosotros y tome vuelo propio, generalmente con intenciones funestas y pésimos resultados. Pero la sombra de la que vamos a hablar hoy es una sombra bonachona, como una buena amiga, de esas que intenta mostrarnos lo mejor de uno aun en los momentos más siniestros y repulsivos.

Una maestra está dando su clase de historia, de la Historia Grande con sus héroes, sus batallas y sus logros compartidos con la posteridad, pero su sombra logra colarse en los resquicios del aula hasta apoderarse del ambiente. La sombra arrastra con ella los recuerdos de la infancia, todo eso que se era y ya no, todo lo que se creía olvidado. La clase se llena entonces de colores porque lo que abunda en el aire es esa otra historia, la pequeña, la historia de la verdadera patria de cada uno de la que nos hablaba Rilke. Nuestra heroína es una mujer que se enfrenta a sus propios miedos a partir de la aparición de los personajes de sus recuerdos (su abuela, una amiga, su primer amor, ella misma) que la ayudarán a descubrir que en el fondo de su corazón hay lugar también para el romanticismo, la magia, la alegría y la sensibilidad.

El viaje a la Isla del Coco es un viaje en el tiempo, al calor de esa tierra firme que dejamos abandonada vaya a saber uno dónde y por qué, por temor o estupidez.

Es una obra a la que le caben muchos adjetivos imbombantes ?Bella? ?inteligente? ?divertida? ?novedosa?) pero también el verdadero reconocimiento de un trabajo que se sabe (se nota) serio y respetuoso de sus pequeños (y no tanto) espectadores. Hay un sensible juego con las metáforas a través de los títeres, grandes o pequeños según las circunstancias o momentos de la escena, que las actrices/titiriteras manejan a la perfección, con astucia y encanto.

Hay también espacio para la reflexión y el teatro es más teatro cuando nos deja, si queremos o estamos dispuestos, la posibilidad de pensar. La obra arroja interrogantes sobre la posibilidad del amor, sobre el paso del tiempo y el rescate de los valores perdidos y sobre el coraje que hay que tener para decidirse a ser, por fin, un poco felices.

En estos días se ha hablado mucho del comportamiento de la gente en el teatro y es justo por eso destacar la atención, alegre, viva, casi hipnótica, con la que los chicos disfrutaron del espectáculo. Hablaron pero no entre ellos y de bueyes perdidos sino de lo que estaba pasando en el escenario porque se sentían parte, porque creían en ese intercambio único e irrepetible con alguien a quien creían maestra, con alguien a quien sentían sombra. Niñez, divino tesoro.

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Publicado en Leedor el 7-07-2012