Salomé de chacra (II)

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La bella y bestial Salomé de Chacra, la última obra escrita y dirigida por Mauricio Kartun transcurre por su segunda temporada de éxito y merece esta segunda nota en Leedor.
Hace unos días en su página de facebook leía la siguiente publicación de Mauricio Kartun: ?Dice Grombrowicz: `No soy escurridizo pero mi literatura si ¿Qué sería de la anguila si la atraparan? Se la comerían. La literatura y la anguila sólo vivirán mientras consigan escaparse.´ La literatura, la anguila y el teatro, agrego yo a la listita. Disfruto del teatro anguila. Hay otro más perrito, que le gusta que lo alcen, que te viene a buscar la mano para que lo rasques, que te hace de mejor amigo del hombre, que nunca lo termino de disfrutar. Igual le rasco la cabeza de vez en cuando, todo bicho es criaturita de Dios y yo sé también de teatro perrito pero para animal en escena, vamos: la anguila? Leía y fue imposible luego no recordar las veces que le había acariciado la cabeza a algún canino perfectamente domesticado para convencerme y dejarme conforme, para permitirme dejar la sala con la satisfacción de ser un buen amo, una sumisa y fiel espectadora (quizás el perro haya sido yo).

En este rápido racconto no entró la bella y bestial Salomé de Chacra, la última obra escrita y dirigida por Mauricio Kartun que transcurre su segunda temporada de éxito, éxito que responde a los encantos de la anguila que no se deja atrapar pero hipnotiza como el canto de las sirenas. No es una obra fácil para el espectador (¿Por qué debería serlo?), la proliferación de sentidos, la mezcla inaudita (casi escandalosa) son su marca: la biblia, el calefón y el embutido, lo alto y lo bajo, lo sagrado y lo profano, el dentista Barreda, el guacho, la pampa, la política, el deseo, la carne, la palabra, la lengua están ahí para ser dichos. La maquinaria (machina) teatral desencadena la fuga de sentidos múltiples y arremete en contra de los lugares comunes, ya establecidos o estancados. Cada palabra dicha es puesta en duda, significa otra cosa o muchas cosas, cada palabra es redefinida, igual que el mito: El corifeo griego es ahora Carifeo de La Pampa, el salame de chacra deviene Salomé erótica, mocita instruida y perversa, la estancia y la hacienda connotan su pasado filosófico y la imposición del hacer (originario) sobre el estar (impuesto, europeizante).

La intención de esta nota no es repetir los conceptos que ya ha desarrollado Sara Echezarreta, en una publicación anterior de Leedor, sino más bien abrir otros interrogantes respecto de una obra inquietante, perturbadora y llena de caminos por andar, de pasadizos secretos, de laberintos sin salida (obra-rizoma más que árbol con raíces diríamos si nos animáramos a meter a Deleuze en este enredo).

Salomé de chacra es fundamentalmente palabra y deseo, lenguaje y cuerpo deseante. En su alocada combinación de tragedia y parodia, de demócratas y ácratas son los discursos los que se enfrentan, se resignifican, estallan y se reconstruyen en un mismo movimiento. Subversión del lenguaje y deseo inasible: Salomé es la niña afrancesada (aunque llegue de Londres), la lingüista que pierde la cabeza (metafóricamente) por la voz de Juan el Bautista (el anarquista del fondo del aljibe) que arroja verdades de un nuevo orden posible y pierde la cabeza (literalmente) por un capricho. Herodes y El Gringuete sucumben al bailecillo sensual de la bella Salomé cuyo cuerpo los perturba hasta el hartazgo (el final, la tragedia). Cochonga sólo quiere acallar la voz para que no rebele a la peonada, sus deseos son órdenes, el orden establecido.

En esa fuga de sentidos aparecen también los orígenes de un pueblo y de su literatura. La faena nos remonta a El Matadero como primera ficción argentina, primera exacerbación de la violencia extrema, de la sangre (Nótese que la cabeza de un niño rueda en el descuido de la carneada) pero también como búsqueda poética de una singularidad en la voz y construcción de un relato propio.

Para muestra baste un fragmento. El Gringuete, convertido en fantasma, nos regala este hermoso final y un poco nos resume el entrevero: ?Bufa el viento norte y las brasas hacen de la noche, día. Se ilumina desde abajo el cielo oscuro, las oscuras ramas del ombú, como un sol al revés: no un sol del cielo, no: un sol del Averno, y la cabeza del Bautista refulge en manos de Salomé. El viento hace luz de las brasas y alza la emperatriz la cabeza en alto. Silencio de negros. Nunca una alegría, piensan los negros. El viento hace ahora de las brasas, cenizas y va bajando la luz como un teatro. Skené. Algún día conoceré el teatro. Oscurece de asado y emponchados, los gauchos inician una vez más la retirada. Otra retirada más. Llora bajo el poncho más de un gaucho?. Una tragedia de la pampa, de los negros, que hace reír y pensar en lo inapresable del deseo y el misterio de la palabra. Hace pensar también en qué tipo de teatro estamos dispuestos a ver, a aguantar, a sostener con la cabeza y con el cuerpo. Perrito o anguila, es la cuestión.
Fascinación por la palabra, el burdo insulto y la excelsa poesía (en ese orden o en el contrario), es lo que se respira en la representación. ?El Bautista soy yo? deslizó, en chiste, Kartun en alguna entrevista y los espectadores (puestos a buscar comparaciones) somos a veces como Salomé y sucumbimos al encanto de esa voz que nos llama y se escabulle. Es tan genial y bella esa voz que queremos su cabeza en bandeja de plata. Perdón.

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Publicado en Leedor el 28-06-2012