Simón

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Marcelo Mangone logra traducir en su puesta el encanto de un texto lleno de matices que los actores interpretan con gracia y precisión.
Simón del venezolano Isaac Chocrón (1930-2011) se estrenó por primera vez en Caracas, el 3 de marzo de 1983. Es la única obra histórica de su autor que supo ahondar, a lo largo de su producción teatral, en relaciones humanas profundas y en conflictos sociales contundentes. Por eso no es casual que en su incursión en los vericuetos de la historia grande de su país haya elegido recrear un episodio menor en el recuerdo posterior (opacado por las grandes hazañas de un héroe innegable e inconfundible) pero fundamental en la constitución de la personalidad de un hombre común que se enfrenta, conflictos mediantes, a la grandeza de su destino. La primera revolución va por dentro.

Simón Bolivar conoce a Simón Rodríguez en la infancia cuando este último se hace cargo de su educación después de quedar huérfano y desprotegido. Tienen una relación difícil que se transforma luego en amistad, fundada en el conocimiento, la lealtad y el cariño sincero.

Rodríguez moldea el carácter de su discípulo según los ideales sostenidos en el Emile de Rousseau. Ellos, en su simbiosis perfecta, son casi Jean Jacques y Emile. Así se llaman cuando se reencuentran en 1804 en París, a donde Simón Rodríguez (que se hace llamar ahora Samuel Robinson) huyó perseguido. Ese período, que transcurre en Europa y va desde abril de 1804 a agosto de 1805, es el que retoma la obra pero no desde una mirada documentalista sino más bien (y por suerte) desde la construcción poética: Chocrón imagina, con simpleza, humanidad y belleza, el reencuentro casi amoroso entre dos seres tan iguales y tan distintos que lograron ser, en el fondo, uno solo en pos de sus ideas libertarias. Se logra dramatizar una época crucial en la vida del libertador que encuentra en su maestro el germen de su futuro.

La obra está dividida en cuatro escenas o momentos bien marcados que van desde el reencuentro, donde podemos observar a un Bolivar jovencísimo que ya ha conocido el dolor y la desazón más despiadada por causa de la muerte de su esposa, la profundización de la crisis, el despertar a una nueva vida y, finalmente, el famoso juramento en el Monte Sacro donde Bolivar promete ante su maestro luchar por la libertad de la patria. La transformación del héroe (el paso del muchacho errante sin rumbo al hombre capaz de abandonarse a un ideal supremo) se va vislumbrando progresivamente (sin que el maestro fuerce ese instante) y los espectadores la vemos manifestarse junto con el protagonista que siente que algo fuerte late y se escapa de su corazón.

Marcelo Mangone logra traducir en su puesta, con mucha delicadeza, el encanto de un texto lleno de matices que los actores interpretan con gracia y precisión. Los diálogos mantienen una solemnidad de época pero, sin embargo, nos resultan cercanos y cotidianos. Fernando Martín y Carlos González transmiten el fuero íntimo de una amistad, la incertidumbre de enfrentarse, por fin, al propio destino.

Simón resulta un compendio de aciertos y buenas intenciones donde la música marca el ritmo y la cadencia de cada escena. En vivo, Juan Manuel Costas (violonchelo) y Sergio Milman (piano) interpretan maravillosamente la Sinfonía Heroica de Beethoven y nos sitúan en otra época, en otras luchas que es siempre la misma lucha por la libertad y la autodeterminación.

Si tuviera que precisar los motivos por los cuales ustedes deberían ir a ver la obra, hablaría de su inagotable capacidad para abrir puertas a la inquietud, a la curiosidad y a las ansias de conocimiento. Después de la función uno puede preguntarse por los designios de la historia, por las particularidades de los hombres que la forjaron, por las suspicacias del destino.

Simón además tiene un plus: es una obra abalada por F.A.C.T.A, una federación de cooperativas que desde trabajo de todo el país que promueve la autogestión como forma de organización económica y social y por el B.A.U.EN, que desde el año 2003 es autogestionado por sus trabajadores. Ese no es un dato menor porque la obra está donde debe estar, en toda su prestancia ideológica y su alto contenido humano. Sólo faltan ustedes. Una obra para apoyar, ver y recomendar.
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Publicado en Leedor el 22-06-2012