Lady Ada Lovelace

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La primera programadora de software fue una mujer: vivió 35 años, durante el siglo XIX y era la hija de Lord Byron.
Cada vez más la gente de todas las edades y con mayor frecuencia de todos los estratos sociales, utilizan dispositivos electrónicos y computadoras en sus vidas cotidianas. La mayor parte de ese mismo público está familiarizado con los nombres de Bill Gates o del recientemente fallecido Steve Jobs y en el imaginario, detrás de los millones de dólares de los magnates del software, se percibe a unos genios locos que supieron hacer fortunas.

Pero la historia del capitalismo deja poco margen a los genios locos y mucha ventaja a los que carecen de escrúpulos. Todo parece indicar que estos personajes forman parte más del último grupo que del primero.

Poca gente, sin embargo, de la que usa computadoras actualmente, sabe que el primer programador de la historia vivió en el siglo XIX y mucho menos que era una mujer. Lady Ada Lovelace era su nombre y era la hija de Lord Byron, el gran poeta del romanticismo inglés. Cuenta la historia que su madre, temiendo que Ada hubiera heredado el carácter libre de su padre, le prohibió todo contacto con las artes, las literarias, las plásticas o las musicales. A la niña sólo le quedó el camino de la ciencia y de las matemáticas. En ellas desarrolló su obra, que recién fue reconocida en la segunda mitad del siglo XX. Su condición de mujer fue, sin lugar a dudas, la causa de su invisibilidad y de su relego al olvido.

Lady Ada Lovelace desplegó, sin embargo y pese al mandato materno, el carácter heredado del padre en el mundo abstracto de la lógica. Trabajó y al parecer no sólo trabajó, al lado de Charles Babbage, el inventor del ingenio analítico, una máquina teórica que superaba el mero cálculo numérico (que habían alcanzado las primitivas calculadoras como la Pascalina, inventada por Blas Pascal en el siglo XVII), ya que podía realizar cualquier tipo de operación simbólica. Esta primitiva computadora permitía que se le asignaran sentencias y comandos diferentes para distintos tipos de computaciones; no estaba atada, como el resto de los inventos de su época, a un tipo de cálculo particular. La máquina ofrecía una estructura, que hoy llamaríamos hardware, que se alimentaba de un conjunto de instrucciones, que hoy llamaríamos software. Esa división era una de las claves de la flexibilidad y de la potencialidad del invento y Ada fue la primera en escribir un programa para aquel fabuloso y futurista dispositivo. El software en cuestión calculaba los valores posibles de los números de Bernoulli, una sucesión matemática con fuertes implicancias teóricas. Como parte de las instrucciones que Ada escribió (el código fuente diríamos hoy en día), aplicaba bucles, es decir, procedimientos de retroalimentación que son indispensables en la programación actual.

De esta forma, Ada, se convirtió en la primera programdora de software de la historia. Una chica moderna que vivió hace más de 150 años. Al fin y al cabo, qué es el Romanticismo sino un invento de la Modernidad…

Ada no sólo escribió las primeras líneas de una tradición que en las últimas décadas explotó hasta casi convertirse en omnipresente (aún los lavarropas tienen software incorporado), sino que realizó aportes muy importantes para el trabajo de Babbage y para el futuro de la informática. La falta de reconocimiento durante su vida fue el claro efecto del machismo de la sociedad victoriana; Ada, como tantas otras escritoras de su época, tuvo que firmar con iniciales o seudónimo sus textos, por miedo a la censura de género. Babbage se llevó todos los méritos, no sólo simbólicos sino también los materiales ya que pudo conseguir subsidios y financiamientos para sus desarrollos.

Ada falleció a los 35 años, a la misma edad que su padre, pero 27 años después. La causa de su muerte es también un símbolo de su condición de mujer y es otro vínculo con el presente. Un cáncer de útero acabó con su vida. Si bien prácticamente no tuvo contacto con su padre, pidió ser enterrada junto a él, en el panteón Byron, tal vez como un gesto de reconocimiento y admiración.

Gracias a ella misma, en algún sentido, podemos ver sus retratos y fotografías en internet y admirar su belleza e imaginarla tan moderna y romántica, caminando por el Londres Victoriano, soñando con el futuro, regalándonos parte del mundo en el que hoy vivimos.

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Publicado en Leedor el 18-06-2012