Conflictos

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¿Por qué deberíamos celebrar el conflicto?La celebración del conflicto

En general el conflicto suele tener mala prensa. Por todos los medios se intenta abolirlo, evadirlo y aún erradicarlo. Se sospecha que es la antesala de los problemas, de las diferencias irreconciliables, del desatino irreversible.

Pero el conflicto es inherente no sólo a la especie humana sino al mismísimo universo. La materia de lo que se constituye todo lo existente, lo real y lo imaginario, está impregnada de conflicto. No hay forma de eludirlo. Siempre resurge de sus cenizas, ora aparece a la vuelta de la esquina, ora se esconde detrás de la sorpresa, metamorfoseado, modificado, pero inalterable en su esencia conflictiva.

Todo comienza en el interior de cada quien. Es, por lo tanto, un fenómeno primordialmente endógeno que nos enfrenta con nosotros mismos. Es el padre de la Duda y el abuelo de la Razón. Es el debate interno, aquel que define nuestras conviciones, que nos hace tomar decisiones y nos brinda el aliento para actuar de manera irreversible, sin vuelta atrás pese a la redundancia vana. El conflicto es la condición necesaria para la libertad, ya que es la raíz de las opciones. Quien vive sin conflictos está prisionero de su alma o carente de razón.

El conflicto no sólo es motivo de tribulaciones y planteamientos internos, sino que se manifiesta también en forma exógena. Tal vez, por su propio carácter universal, la suma de los propios conflictos internos y la interacción entre las diferentes voluntades, genere esta explosión externa. Permanentemente el conflicto se nos presenta, espontáneo, imprevisto, con su rostro impávido tallado en contradicción. ¡Cómo no vamos a encontrarnos siempre en un brete, si cada ojo tiene su propio punto de vista!. Colisionan las miradas y enseguida disentimos, aún cuando no lo expresemos verbalmente.
No es necesaria para su génesis ni siquiera la aparición de intereses opuestos. El conflicto es anterior al interés, cuya función se reduce únicamente a dar colorido a a la disputa.

Se dice que la Muerte es lo único permanente en este universo. Yo no lo creo. El conflicto es lo verdaderamente perenne, ya que la Muerte es sólo uno de sus rostros, seguramente el más desagradable, al menos para los que aún estamos parados en este lado de la Laguna Estigia. La Muerte en defintiva es el conflicto prístino, que persigue como una sombra a todos los seres vivos. Aún invicta en la contienda, la sola ofrenda del combate es suficiente para ratificar la eternidad.

Una buena filosofía indica que cuando algo es inevitable es conveniente no oponer resistencia. Dejarse arrastrar por la corriente o desensillar hasta que aclara como encontramos en el acervo porpular de refranes. El propio universo nos aconseja aceptar el conflicto y disfrutarlo, al menos en cuanto al sabor a desafío que siempre nos deja en la boca. Debemos aprender a convivir con el conflicto, a gozar con sus propuestas, sobre todo con aquellas que nos enfrentan con las anquilosadas estructuras de nuestra propia personalidad. Quien no puede tolerar su propio conflicto poco puede tolerar el ajeno. Aceptar nuestras propias contradicciones es el primer paso para tolerar el disenso.

Celebremos el conflicto, brindemos por las controversias y defendamos, como quería Voltaire, el pensamiento ajeno. La clave del coflicto radica en que, pese a pensar diferente, se puede actuar en forma conjunta y coordinada. Máximo disenso en el debate teórico, máxima coincidencia en la praxis y en la unidad de acción. Claro que y siguiendo nuevamente a Voltaire, la aceptación del coflicto no nos puede hacer caer en la trampa del Dr. Pangloss. Mantengamos siempre las distancias entre un pesimismo inmovilizante y un optimismo ingenuo. Siguiendo la línea de los filósofos aplaudamos la dialéctica, entendida como progresión de los contrarios y establezcamos siempre un punto medio aristotélico, aunque alrededor y aún en nuestro propio interior se haya desatado la tormenta perfecta.

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Publicado en Leedor el 18-05-2012