Tamara Kiper: entrevista

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Tamara Kiper, autora y directora de Guardapolvos, fundadora, además junto a Claudio Tolcachir del teatro Timbre 4. Charlamos con ella sobre la obra en particular y sobre el estado del teatro argentino en general.
A Tamara Kiper las palabras no se le atolodran en la boca, no las dispara como si cualquier cosa. Las piensa, las acaricia con un recuerdo, con algún pensamiento o alguna reflexión para después soltarlas al viento con tranquilidad y dulzura.

El cumpleaños número 10 de Timbre4, el teatro que creó junto con Claudio Tolcachir y otros cuatro compañeros, la sorprende en la dulce espera de una niña, que llegará en unos meses, y en el reconocimiento de su trabajo como dramaturga, luego de recorrer varios países de Europa como actriz con La Omisión de la Familia Coleman y El viento en un Violín. Guardapolvos es la primera obra de su autoría y es un pedazo de su trágica y triste historia personal. Su padre, Luis Saúl Kiper, era médico y fue secuestrado en 1977, mientras trabajaba en la guardia de un hospital. De los que quedaron, de la búsqueda y la esperanza de una familia signada por la ausencia habla esta conmovedora propuesta.
Hablamos como ella sobre cómo surgió y se desarrolló el proyecto y sobre cómo se hace para ganarle espacio al dolor para poder decir nuestra propia verdad, apelando siempre a la memoria aunque sea fragmentaria. Ni olvido ni perdón.

¿Por qué te decidiste a contar una historia tan personal? ¿Cómo se construye desde ahí?

Porque abordar el tema era una necesidad que tenía desde toda la vida. Mi lugar es el teatro y ese era el espacio desde donde lo podía trabaja porque tengo las herramientas, es el lugar en donde me siento en casa. Además era algo pendiente de hacer para abrir el tema como yo quería, desde lo más humano. Yo quería acercar el tema a la gente, mostrar que detrás de este pedazo de Historia Argentina tan oscura y siniestra había personas que tenían hijos, que jugaban con ellos, que iban a trabajar, que tenía una profesión. Contar todo eso que hace que una persona sea quien es.
Empecé a ensayar con dos grupos (un cuarteto y un dúo) que, con una semana de diferencia y sin relación entre ellos, se acercaron a decirme que no tenían obra ni directora y que querían hacer algo conmigo. Algunas de las actrices fueron alumnas mías, otras no pero todas eran de Timbre4.

¿Entonces no trabajaste con un texto acabado sino que lo fuiste construyendo en el proceso?

Claro. Tenía un monólogo que lo usé mucho como motor de lógica de personajes. Después ese texto no quedó en la obra, quedó sólo el título. Casi la mayoría del texto lo escribí en el proceso de ensayo con las actrices; también en los viajes porque en esa época viajaba mucho con La omisión de la Familia Coleman y con El viento en un violín. Entonces teníamos períodos en los que estábamos tres meses sin vernos y yo tenía que sentarme y escribir para poder llegar con escenas nuevas. Ensayé varios meses con los dos grupos por separado pero todo se iba uniendo. En un momento me di cuenta que debía juntarlas y ahí tome la decisión de qué era realmente lo que quería contar. Que esta obra sea lo que hoy tiene mucho que ver con ese grupo que estuvo abierto a hacer lo que fuera, tenía un equipo armado.
Están todas realmente muy bien. Me llamó mucho la atención la mirada de la infancia y como esas actrices pueden ser por unos momentos realmente unas niñas?
Cuando se lo llevan a mi papá yo tenía tres años. Entonces mi mirada, en ese momento, era la de una nena a la que le dijeron la verdad desde el principio, con las palabras que podía entender. Con los años, cuando fui creciendo, todo se fue complejizando (no completando porque era muy poco lo que se sabía) y pude participar desde un lugar más adulto. Esa mirada me interesaba mucho porque la infancia es lo que más conozco de esa época porque viví la dictadura y la post dictadura durante la primaria y la secundaria. Hubo años de hacer un montón de cosas para poder entender y procesar todo, dentro de lo posible porque cuando hay tantos huecos y tanta falta de respuestas es difícil armar el rompecabezas. Me interesaba contar desde el lugar desde donde me crié y crecí, con todo lo que recibí de los adultos que tenía alrededor, mi familia, mis tías, mi abuela. Había algo en el aire, la idea de que los chicos tenían que jugar. Había que preservar el lugar de la infancia, no sin tener conciencia porque todos sabíamos lo que había pasado pero había que vivir, había que ir a la escuela, había que seguir contando cuentos mientras seguíamos buscando, mientras mi abuela iba todos los jueves la Marcha de la Resistencia, para después sentarse a jugar con sus nietos en el suelo. Quiero decir, la vida seguía, en todos los sentidos, en la búsqueda y en el cotidiano.

¿Cómo definirías vos a Guardapolvos?

Guardapolvos es lo que pasó dentro de una casa después de que se lo llevan secuestrado al padre de esa familia. Son los días, tras los días, tras los meses, tras los años de la vida y el cotidiano dentro de esa casa, donde el agujero de la ausencia, que provoca una desaparición forzada, lo tienen todos, los grandes y los chicos, y van haciendo lo que pueden como pueden.

¿Por qué elegiste narrar esta historia de modo fragmentario? ¿Fue una decisión o se dio en el proceso?

Lo que pasa es que mi vida en este aspecto fue para delante y para atrás todo el tiempo.
Para mi resulta bastante simbólico, me hace pensar en lo fragmentarios que son los recuerdo, de cómo nos funciona la memoria?
Totalmente. Y a la vez tiene que ver con algo, como un ejercicio de preguntar mucho. Yo lo hacía y sé que en muchas otras familias donde pasó lo mismo también. Preguntaba las anécdotas (aunque siempre fueran las mismas) y todo lo que me pudieran ir contando para poder tener un pedacito más de mi papá. Quería saber lo que sea. Era muy cómico, era un gran imitador de la familia, de sus pacientes, llegaba a casa e imitaba todo lo que había visto durante el día. Había mucho humor en mi casa, era alguien muy querido en la familia por su forma de ser y porque era una persona muy vital. Hubo, entonces, una necesidad de construir algo de esa imagen de él. Las anécdotas se fueron mezclando con las investigaciones, como cuando fuimos a ver a los antropólogos forenses y nos pidieron una radiografía de maxilar. Se mezclaban muchas cosas que nada tenían que ver con la persona; papeles y sellos y burocracia donde todo se hacía muy abstracto. Es una búsqueda abstracta de años. Abstracta porque eran muchas las mentiras que se decían. Mi abuela y mi mamá golpeaban puertas aquí y allá y nunca le iban a decir la verdad. Los trámites que fuimos haciendo a lo largo de los años, ya después de la dictadura, también hacían que todo fuera muy abstracto y burocrático. Por eso la necesidad de la obra era ir a lo singular, a lo más humano, y que la gente pudiera identificarse con una persona, ya sea su imagen o la de las nenas, la de las hermanas que ya son grandes o las de las tías y las abuelas que ayudaron a reconstruir la casa con juegos, cuentos, paseos.

En la obra decidís alejarte un poco de Tamara Kiper para hablar de la historia de muchos argentinos pero, sin embargo, estás ahí ¿cómo fue tu infancia? Ya algo estuviste diciendo de eso?
Sí, yo tenía el deseo interno de contar la historia de una familia que pudiera reflejar a otras, que se puedan encontrar referencias. Mi infancia fue como la de cualquier chico que vivió en dictadura., con la diferencia de que en mi casa había conciencia de ello y la historia nos atravesó directamente. Quizás a otros no pero el aire que se respiraba era ese, había una realidad que era negada por mucha gente, que no querían ver. Yo me siento muy agradecida porque mi familia preservó eso que te decía antes, el espacio para que los chicos jugáramos y siguiéramos creciendo. Juegos y preguntas.
Fuera del ámbito familiar supongo que también reinaba el silencio?
En la escuela no se hablaba ni en ningún otro lado. Esto era algo que nos aclaraban en casa, así que me pasé toda la primaria inventando muertes distintas (eso aparece en la obra) porque yo tenía el sentido del peligro como un sello de lo que no se puede hablar, de lo que no se puede decir. Hoy es todo muy distinto, los chicos en la escuela estudian la historia con el 24 de Marzo. Era Imposible imaginar eso antes, incluso cuando iba a la secundaria la dictadura no era un tema instalado ni abierto. El tema se empezó a abrir, creo, cuando Néstor Kirchner bajó el cuadro de Videla y con los juicios y todo lo que vino después. La cosa empezó a moverse. Personalmente me generó un movimiento interno que nunca había imaginado; había una parte en mí que todavía sentía el tema como prohibido y peligroso, eso era como parte de mi estructura. El gesto de Kirchner, y todo lo que siguió, fue algo importantísimo que nos pasó como sociedad, pudimos hablar y saber más cosas.
¿Ustedes pudieron saber algo sobre tu papá?
Si, sabemos por testimonios de ex detenidos-desaparecidos, que estuvo en la ESMA, no sabemos cuánto ni si antes estuvo en otro lado. Él trabajaba en el Hospital Ferroviario de Boulogne. Se lo llevan de la guardia junto con unos camilleros y otras personas que estaban allí. Uno de los ex detenidos-desaparecidos se acordó que le llamó la atención que estaban entrando gente con guardapolvos de médico. Eso es todo lo que pudimos averiguar.
¿De ahí viene el título de la obra?
Si, Es por eso. Me parece que el guardapolvo fue, en ese momento, como un signo de magnitud de lo que estaba pasando: ?Vamos por todos, en donde estén, como sea y sin importar lo que estén haciendo?. Y además tiene que ver con una anécdota: mi mamá guardó los guardapolvos de él en un ropero y cada tanto los lavaba y los guardaba como una acción que se repetía. Eso disparó el monólogo del que te hablaba antes, que tenía que ver con una mujer tratando que se mantengan blancos los guardapolvos como metáfora de muchas cosas, era el intento de guardar un tesoro, conservar algo de él y también tiene que ver, en el fondo, con la esperanza de que un día volviera, esperanza que nos acompañó casi toda la vida. Es tan perverso todo lo que generó este sistema atroz, tantas fantasías y fantasmas. Era parte de nuestra vida convivir con lo que no sabés y te inventás , con lo que te imaginás , con lo que deseás, temés y esperás. La obra navega bastante por ahí, por los que se quedaron, qué pasa por sus cabezas, qué fue lo que pudieron ir haciendo. No me puedo imaginar lo que le pasa y pasó a mi mamá, con sus tres hijos. Si puedo hablar de mis hermanos, me puedo poner en su lugar. Ahora que voy a ser madre pienso en lo difícil que debe haber sido para ella.

La historia es muy conmovedora y creo que es imposible no emocionarse con lo que le pasa a esas mujeres ¿Cómo es la reacción del público? ¿Qué pudiste percibir o qué te contaron?

Muchos no se pueden levantar de la butaca. Es cierto que mucha gente termina muy emocionada pero, en muchos casos, se genera también un espacio de reflexión. El otro día un chico me decía que él había venido a emocionarse pero que no le pasó, lo que sí le pasó es que pudo preguntarse dónde había estado cuando estaba pasando todo esto, cómo había sido su infancia, dónde había estado su familia. Es muy interesante que una obra pueda interpelarse de esa manera. Pasa de todo. A la salida de la función te encontrás hablando del tema espontáneamente, algo que para mí es una especie de alucinación porque el tema no es espontáneo, primero porque es denso y muy doloroso y porque muchas veces la gente no quiere molestar ni incomodar. Hay como un halo de silencio. Pero yo, desde mí, lo que más necesito es hablar del tema. Entonces a la salida te encontrás con que te cuentan historias, se intercambian reflexiones. Se genera un espacio más que es hermoso.

¿Cuál fue la reacción de tu familia?

Eso era algo que me preocupaba. Me sentía con la responsabilidad de hablar del tema desde donde lo conozco, desde adentro de mi familia y de mi casa pero no sabía cómo se iban a sentir, qué les iba a parecer. La fantasía de la exposición es muy grande cuando escribís y lo es más cuando lo hacés sobre algo autorreferencial. Ellos vinieron al estreno, no se levantaban del asiento, lloraron mucho, muchos, tantos que me preocupé un poquito. Después fuimos a bar y me lo agradecieron. Me lo agradecen. ¿Sabés qué?, cuando pasa algo así dentro de una familia la comunicación se rompe entre sus integrantes porque cada uno hace lo que puede, como puede. Pasan mucho eso de no comprender al otro, sobre todo cuando sos chico o adolescente. Después vas creciendo y te vas poniendo en el lugar del otro y entendés que no hablaban porque no podían. La obra creo que va sanando heridas de esa comunicación que quedó fragmentada (como es la obra y como es la historia).

¿Cómo sigue el itinerario de Guardapolvos? ¿Piensan estar todo el año?

Es la idea, es nuestro deseo que dure lo más que se pueda. Tengo muchas ganas de que vengan colegios, que vengan jóvenes y hagamos debates después de la función. Para el 24 de marzo hicimos una función gratuita con debate al final que fue alucinante. Había gente de todas las edades: desde adolescentes que no habían vivido de cerca esta parte de la historia hasta gente de más de setenta años. Se generó una participación intensa de todos, con diferentes puntos de vistas y vivencias. Fue una especie de comunión entre gente que no se conocía. Están pasando muchas cosas lindas con la obra.

¿Cómo fue tu acercamiento al teatro?

Desde muy chica me gustaba el teatro, jugaba a disfrazarme y a crear personajes. Después pasé por muchos lados: estudié Bellas Artes y danza. En el secundario conocí a Claudio Tolcachir y Lautaro Perotti (que hoy somos parte del equipo de Timbre4 que se completa con Diego Faturos, Maxi Seuge y Jonathan Zak). El primer teatro que armamos fue en el sótano del colegio y de ahí no paramos. Después nació y creció Timbre 4 en la casa de Claudio. Nunca imaginamos que iba a ser lo que es hoy. Lo hacíamos porque no podíamos dejar de hacer teatro.

¿Cómo ves el panorama teatral de Argentina? Yo pensaba en estas muevas generaciones que han tomado nuestra historia reciente para crear ficciones desde una nueva mirada. Hoy se habla de la dictadura, de Malvinas desde nuevas perspectivas?

Yo creo que tiene que ver con los ciclos de la vida y de la historia. Tuvieron que pasar varios años para asimilar y tomar distancia para poder hablar. Me parece que en la Historia Mundial es así, cada tanto, por ciclos, los artistas, los pintores, los dramaturgos, los actores, los actores pueden naturalmente contar la historia, reflejarla. A veces sin la decisión directa de hablar de eso pero plasmada igual a través de su creación. Es el mundo que nos rodea, el aire que respirás.
Desde el teatro (en Argentina, por lo menos) hay una mirada distinta. Ya no se trata de un teatro que baja línea?
sí porque me parece que la bajada de línea tuvo que ver con una época en la que la justicia no se ocupaba del tema. Se trataba de mostrar los hechos en sí, los centros clandestinos de detención, se intentaba mostrar la magnitud de los 30.000 desaparecidos. Hoy la justicia se ocupa (además hay otra documentación de la historia) y por eso podemos enfocarnos hoy en lo más particular y singular, en lo más humano de la vida cotidiana.

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Publicado en Leedor el 29-04-2012