El Belisario teatro

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Un descenso a los infiernos de la risa: El Belisario Teatro.El infierno está encantador, dicen Los Redondos y el consenso es unánime. Desde el Dante en adelante sabemos que el Cielo es un embole, sombrío y taciturno, aburrido y abúlico; en cambio el Infierno es luminoso y bullicioso, entretenido y candente. La amargura es el patrimonio del Paraíso, mientras que lo picante predomina en el Averno. Cuando uno llega al Belisario, en plena calle Corrientes, hay un descenso delicioso que introduce sin dilaciones en esa atmósfera sulfurosa. No lo vemos a Virgilio, pero nos toman de las manos Aristófanes y Moliere, Pepe Biondi y Chaplin. Y allá vamos, bajando la escalera. (Advertencia para el lector: Prácticamente al lado del Belisario, hay un boliche o bar, en un sótano que se llama El Averno, por favor no confundirse pese a esta diabólica introducción).

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La primera vez que asistí a un espectáculo en El Belisario fue a mediados del año 2001. Eran épocas difíciles y uno buscaba la risa, que escaseaba, donde pudiera encontrarla. Para solaz cotidiano, nos quedaba “Todo por dos pesos” y su épica batalla para hacernos reir, en el medio de la amargura propia del gobierno de la Alianza. En ese contexto me llevaron a ver “Sucesos Argentinos” y la carcajada, tan necesaria en ese momento tan triste, brotó inmediatamente, espontáneamente, tan repentina como era el mismísimo espectáculo, en el que abundaban el vértigo y la velocidad. A partir de temas que los espectadores proponían, el cuerpo de actores armaba una historia increíble bajo algún estilo dramático. Por ejemplo, se armaban las escenas en el estilo isabelino, o bien a la manera de una novela latinoamericana. La combinación provocaba carcajadas, donde el delirio y el ridículo, así como los contrastes evidentes, tan importantes en el humor, eran los condimentos principales.

El año pasado, tuve la suerte de ver H x H (Hamlet x Hamlet) , un unipersonal interpretado por Marcelo Savignone, alma mater del teatro El Belisario. En la obra se narran las vicisitudes, en el sentido del diccionario, con su alternativa de sucesos prósperos y adversos, de un actor que está ensayando el clásico del teatro de Shakespeare. Un actor que debe afrontar los problemas de su vida cotidiana. La necesidad de mantenerse, de comer, de sobrevivir, lo lleva a tener que afrontar trabajos que bordean el ridículo, a la vez que se mantiene la tensión en un clima de solemnidad y elegancia. La risa no puede más que explotar instantánea, producto del contraste entre el grotesco de la situación y la dignidad a toda prueba. Hamlet va ocupando cada vez más espacio en la vida del actor, como sucede cuando el asunto se toma con profesionalismo. Y esa obsesión se mezcla con la vida de todos lo días, produciendo escenas muy divertidas, pero que no dejan de hacernos reflexionar sobre la dura vida de quien quiere ganarse la vida trabajando arriba de las tablas. Por suerte la obra se reestrena durante abril en el Konex. Eso sí, es una función no apta para amargados.

El último espectáculo que fui a ver al Belisario fue el denominado Vivo. Un unipersonal también interpretado por Marcelo Savignone en donde la improvisación es el motor y la formidable actuación el combustible de la risa, que no para desde el comienzo hasta el final del show. A partir de algunas consignas, donde ya comienza la tentación (¿habrá gas hilarante en el aire, en vez de desodorante?), la secuencia se desarrolla según una estructura, apoyada en un cúmulo de máscaras increíbles, que, como dice en el comienzo una de ellas, tienen vida propia. Y al final, aunque sea un unipersonal, aparece un coro. Sí, un coro de máscaras, cada una con su propia personalidad, que reviven y mezclan todas las historias que fueron apareciendo a lo largo de la obra. Incluso hay un efecto de reciclado, ya que de golpe, sin previo aviso, se introducen en la obra aquellas ideas rechazadas, propuestas por el público al comienzo de la función y desestimadas en función de su incoherencia. Como quien diría, es una clara invitación a la risa.

El Belisario es más que un teatro. Es, como su nombre completo lo indica, un club de cultura. Allí no sólo se dan rienda suelta a un cúmulo de obras de teatro independiente, sino que también se dan cursos relacionados con las artes escénicas. Estén atentos a lo que sucede en El Belisario, ya que es siempre una garantía de buenos espectáculos, donde la carcajada tiene un lugar reservado.

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Publicado en Leedor el 26-04-2012