La cita

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Bello ejemplo de lo que está pasando en el nuevo teatro argentino.En escena, el irlandés (Mariano Speratti) libra una batalla doméstica contra las hormigas que invaden su jardín; las estudia, piensa, se obsesiona. Se trata del mundo íntimo, personal, mejor dicho, de algunos instantes del mundo íntimo y personal de un hombre, en una casa de las afueras de Buenos Aires. Lía (Irene Goldszer) lo acompaña en su periplo, lo mima, trata de protegerlo. El afuera los invade como una amenaza de peligro inminente (las hormigas resultan el mal menor). Mientras tanto bailan, juegan, se besan. La llegada de Silverio (Rubén Sabadini) en busca de algo ?publicable? nos instala en otra zona de esa intimidad: El Irlandés es un escritor que ya no escribe, las urgencias de su militancia política lo han alejado del ejercicio de la literatura. Eso lo agobia tanto como su económica errante y la deuda contraída con Silverio quien le ha pagado a cuenta por sus escritos futuros, entre los que figura una supuesta novela, en la que no ha podido avanzar más de treinta páginas. Durante la charla que mantienen hablan del Marxismo, de la deuda, de sus papeles, de la escritura y también de Borges. Se reprochan, pelean, se alientan, se abrazan. Al otro día, el Irlandés irá a una cita que será una trampa mortal.

La cita
es un relato apócrifo, es una ficción perpetrada por la imaginación de Aldana Cal en la que, sin embargo, podemos reconocer claramente en Lía a Lilia Ferreyra, en Silverio a Jorge Álvarez y en el irlandés al gigante Rodolfo Walsh. La obra está llena de alusiones, sugiere mucho más de lo que muestra. Lejos de ser un defecto, esto es quizá su punto más álgido: es como la punta de un iceberg (tan Hemingway) donde lo que se dice es tan importante como lo que se esconde porque lo oculto bajo el agua ?otorga intensidad, misterio, fuerza y significación a lo que flota en la superficie?.

En efecto, lo que no se dice (?para informarse está Wikipedia? declaró en más de una entrevista la autora) es la historia de un hombre que dio la vida por sus ideales, un intelectual insuperable en nuestra historia, un periodista serio y comprometido, un militante fervoroso y uno de los escritores más geniales y con más dominio de los aspectos formales de la escritura que dio nuestro país. Lo no dicho atraviesa la escena, la carga de una densidad casi indefinible. El espectador, si está al tanto de los múltiples hechos que signaron la vida de Walsh, se sumerge en la emoción, se ahoga.
Walsh es una figura varias veces transitada pero muy difícil de abordar. Es una personalidad descollante que tiene múltiples matices y contradicciones. Lo interesante de La cita es la perspectiva amorosa e íntima con la que se elige contar los últimos momentos en su vida , se opta por el hombre lejos del bronce, que ríe, baila, juega, se piensa, se contradice y se enfrenta a sus propios miedos. Y enfrenta también su más dura encrucijada, la decisión entre sus dos patrias: literatura o militancia. Esa lucha interna es ampliamente desarrollada por Walsh en sus papeles personales (recopilados en una bellísima edición bajo el título Ese hombre y otros papeles personales), textos en los que se vislumbra su espíritu apasionado, sus obsesiones y su ?mortal perfeccionismo? que lo llevó a vivir su amor por la literatura casi como un engaño a su impronta revolucionaria. Allá, por fines de 1968, la crítica le exige la escritura de una novela de ficción, coquetea con esa idea, sueña con escribir ?la? novela como su último gesto burgués, planea métodos, horarios y hasta fantasea con ?distribuir el tiempo en tres partes: una en que el hombre se gana la vida, otra en que escribe su novela, otra en que ayuda a cambiar el mundo?. Piensa en un estilo que finalmente lo acercara a la fuerza y la capacidad dramática de Arlt y que lo alejara definitivamente del fantasma borgeano que, sin embargo, lo acechaba irremediablemente. Las urgencias de la historia hicieron que, ya en los 70´, dejara de escribir ficción. Piri Lugones, con quien había tenido un tórrido romance, le dijo como un elogio ?Has dejado de ser escritor?. Pero todavía le quedaba un as bajo la manga, un último golpe donde poder condensar el manejo sublime de la palabra con la denuncia política más contundente y honesta que haya existido: La ?Carta abierta de un escritor a la Junta Militar? es testimonio de compromiso político pero también un ejemplo de perfección de escritura. Palabra y cuerpo.
La obra retacea esta última información aunque se sabe que Walsh salió de su casa de San Vicente, camino a la emboscada, con copias de la carta para arrojar en diferentes buzones de la ciudad y que alcanzó a despachar algunas. Esa omisión es un deliberado (y bien logrado) intento de mostrar aspectos menos conocidos de la vida del autor de Operación Masacre. Por eso la incorporación de esos momentos tan íntimos y vitales (aunque sean tratados tangencialmente en breves diálogos, gestos, alusiones al pasar), donde vemos a un hombre frente a su destino, sus fantasmas y la necesidad de elegir, hacen de la obra un viaje a la más pura emoción.

La escenografía es austera pero delicada: hay unos pocos elementos en escena, líneas en el piso que delimitan los espacios de la casa (límites acentuados con ciertos movimientos de los actores) y una pantalla cinematográfica destinada a mostrar imágenes del jardín, proyectar sombras y señalar el comienzo de los diferentes capítulos (?El bigote?, ?Las hormigas?, ?La deuda?, ?los papeles? y ?la cita?). Buenas actuaciones (por momentos nos sorprende el parecido que Mariano Speratti consigue con la figura de Walsh y los ojos claros y radiantes de Lía son casi los ojos de Lilia) y una correctísima dirección completan la puesta de una obra que resulta imprescindible ver.

Algo está cambiando en el teatro argentino, jóvenes directores se atreven a nuevas miradas sobre la historia, desde la perspectiva de la imaginación. La cita es un claro y hermoso ejemplo de ello.

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Publicado en Leedor el 26-04-2012