Fogwill en teatro

1
12

Dos excelentes versiones de Los Pichiciegos de Fogwill, una en Espacio Teatral Urbano, la otra en La Carpintería Teatro nos acercan a la hermosa narrativa del autor.Mañana en la batalla piensa en Fogwill

Los Pichiciegos
es la mejor novela que se escribió en Argentina en la década del 80´ y una de las mejores de la historia de nuestra literatura. Es una opinión, claro, pero la disparo sin temor a equivocarme porque sería difícil no reconocer en ese texto algo del orden de la genialidad, del don inefable de la palabra, de las bellas palabras. Y Fogwill escribía maravillosamente bien, tiraba siempre a matar, apuntara donde te apuntara (al corazón o a la cabeza). Los pichiciegos no escapa a esa lógica ni a la sombra mítica de su creador, que supo hacer de sí mismo su personaje más recordado y conocido.

Según contó, la novela empezó a gestarse el día en que escuchó a su madre gritar ?Hundimos un barco?. Fogwill escribió ?Hoy mamá hundió un barco? y en setenta y dos horas, de un tirón y con varios gramos de cocaína en el cuerpo, nació la primera ficción sobre la Guerra de Malvinas, cuando aún el conflicto bélico no había terminado y antes de que surgiera cualquier testimonio de los vencidos.

El manuscrito circuló, en principio, en forma clandestina y tuvieron que pasar muchos años para que se reconociera el valor real de la obra. No se trata de una novela pacifista escrita en contra de la guerra sino más bien en contra de las modalidades discursivas de la guerra, ?contra la realidad que impone el mismo estilo hipócrita de realizar la guerra y la literatura?, decía Fogwill en el prólogo a la primera edición. En efecto, la obra hace evidente la paradoja de la guerra: En las Islas, atravesados por el frío y el miedo a morir, lo primero que se pierde es el sentimiento patriótico, ese ideal colectivo que sostuvo la dictadura macabra (y que, desgraciadamente, abaló gran parte del país) para intentar salvarse ella, mandando al muere a miles de ciudadanos, sin formación militar, sin armas, sin comida y sin abrigo. Se trabaja la materialidad de la guerra, lejos de la mítica figura del héroe; se habla de la nieve espesa, jabonosa y marrón, que nada tiene que ver con la nieve blanca de las películas, del dolor del cuerpo, del miedo inenarrable. Dice Beatriz Sarlo en su relectura de Los Pichiciegos: ?La guerra, como el Holocausto, se denuncia en los objetos manipulados por una tecnología sofisticada o transformados por las artesanías de la supervivencia? y claramente la obra trabaja esta última materialidad: Los ?pichis? son desertores del Ejército Argentino que decidieron salvarse a toda costa. En esa lucha por la supervivencia pierden identidad para convertirse en cuerpos-objetos, donde la lógica imperante es la del intercambio: cigarrillos, yerba, azúcar, pilas, polvo químico, lo que sea necesario para sobrevivir. En la Pichicera (la cueva subterránea) se libra, entonces, otra guerra, una guerra mínima pero igualmente absurda.

Todavía me resulta imposible leer a Fogwill sin vincularlo con Roberto Arlt por todo lo que su literatura tiene de corrosiva y por ese deliberado propósito de desacralizar el oficio del escritor. Siempre me gustó la idea, casi romántica, de que Arlt tuvo que morir joven para que Fogwill pudiera escribir todo lo que escribió (Vivir afuera, Música japonesa, Pájaros de la cabeza, Muchacha Punk, La experiencia sensible, Partes del todo, Lo dado y tantos otros), para que pudiera andar trabando y destrabando cabezas, para que pudiera escribir chistes de chicle globo como Arlt , muchos años antes, inventó medias de mujer casi indestructibles. En otros sentidos y con otras implicancias, me da por pensar que Rodolfo Enrique tuvo que morirse para que el nuevo Teatro Argentino pudiera, por fin, hacerse eco de su obra.

30 años después de la guerra (que son también 30 años después de la escritura del libro), Mariana Mazover y Diego Quiroz se ponen al hombro una textualidad compleja para llevar a escena dos versiones teatrales inspiradas en fragmentos de Los Pichiciegos: Piedras dentro de la Piedra y Los Tururú (respectivamente) son el resultado de arduas investigaciones, relecturas, intervenciones textuales, ensayos y, también, de la recuperación de la propia visión de ambos autores sobre la guerra, de su propio modo de leerla y de reflexionar sobre ella.

Las dos propuestas respetan el núcleo narrativo de la novela: Soldados desertores libran en una cueva subterránea una nueva y pequeña batalla por la supervivencia. Esperan el fin de la guerra sin pertenecer a ningún bando, ya que los dos son ahora sus enemigos (unos los pueden fusilar por desertores, los otros tomarlos prisioneros), con el único objetivo de conservar la vida. Conviven con el miedo, con el frío, con la posibilidad latente de ser descubiertos. Los persigue la muerte pero se aferran a la vida, dice uno de los personajes de Quiroz: ?Yo deserté para vivir, no quiero morir como un perro?.

Como ya hemos señalado, en ambos casos se ha elegido trabajar con fragmentos de la novela y se los ha intervenido con otras textualidades: En Los tururú, el texto de Fogwill se trenza con Sin novedad desde el frente del alemán Erich Marie Remarque, y en Piedras dentro de la piedra se dialoga con Partes de Guerra (de Graciela Speranza y Fernando Cittadini), que hilvana reportajes a veteranos de guerra y combina literatura con testimonios, pero también se percibe la presencia de otras voces, como la de Samuel Beckett. Es probable que esa intertextualidad permita darle un poco más de entidad dramática a los personajes, un dejo mayor de subjetividad de la que carecen casi por completo los personajes de Fogwill que son pura materialidad práctica, en pos de la supervivencia. Uno de los personajes de Mazover se pregunta, con Beckett, si dios los podrá ver aunque estén ahí abajo.

Dentro o fuera de la pichicera, las dos obras recrean el espacio de opresión, el miedo que ahoga, que hiela los huesos, tanto o más que el frío, y la incertidumbre de no saber, de ser sólo presente, sin futuro o con un futuro incierto. Desde la escenografía, Piedras dentro de la piedra logra tramar, desde adentro de la cueva, ese estado de tensión y alerta constante, de duda sobre el afuera que resulta siempre un enemigo. En Los Tururú, esa tensión se logra igual, a pesar de que la acción transcurre en el exterior de la pichicera, porque ese espacio está signado por los aviones y las bombas de los enemigos y por los fantasmas del terror que genera la posibilidad de ser descubiertos.

Las dos obras hacen un trabajo con el absurdo, muestran a soldados que se empeñan en vivir en estado de guerra, en imponer relaciones de poder aunque no saben cómo hacerlo, lo único que evidencian es la suspensión total de los valores porque no pueden hacer otra cosa. Cuentan lo que puede hacer, lo que hace la guerra con la subjetividad: se despersonaliza a los hombres. La condición humana se ve trastocada por la miseria más espantosa.

En Los tururú, quizá, se pueden reconocer más claramente algunas escenas de la novela (incluso el final), algunos diálogos y la caracterización de algunos personajes. Todos estos aspectos se encuentran inteligentemente trabajados y le dan a la obra una dinámica que la hace muy entretenida, a pesar de la densidad del tema. La versión hace foco en la materialidad de la supervivencia que supone la negociación con ambos bandos y la traición sin miramiento, incluso entre ellos mismos: es posible mandar al muere a un compañero para salvarse uno mismo.

En Piedras dentro de la piedra también aparecen tratados algunos evidentes momentos de la novela aunque lo que se destaca es la intervención y la combinación de esos momentos con otros materiales y con otros interrogantes posibles. Se incorporan mujeres a la escena (una acertada licencia de la verdad historiográfica) para preguntarse y hablar, según palabras de la autora, sobre la imposibilidad del amor en tiempos de guerra. También encontramos la figura de un civil (como metáfora de patriotismo que no se atrevió a cuestionar nada) que termina huyendo porque la guerra también aniquila su deseo. Tiene anclaje en la cuestión del honor porque los personajes tomarán, hacia el final, una posición sobre él (algo impensable en Fogwill). Hay algo de la condición humana, incluso de la solidaridad, que prevalece, que subsiste. La única naranja se comparte como signo de una frágil e inusitada fraternidad, destello de amor en la guerra (y referencia, pensada o no, que recuerda la escena del libro cuando el único sobreviviente Pichi lo encuentra a Pipo entre un detalle inexplicable: una naranja fresca y recién pelada). La obra es una hermosa conjunción de factores, buenos actores, buena dirección y un exquisito trabajo con las palabras.
Estos son otros pichis posibles, otros seres sin identidad, sin futuro, carnes de cañón. Esta es la verdad sobre la guerra que nos propuso Fogwill y que nos proponen también Mazover y Quiroz. ?No he escrito un libro sobre la guerra sino sobre mí, y sobre la lengua de uno, que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de convivir con nuestro destino? decía Fogwill en el prólogo a la última edición de la novela, y creo que estas nuevas lecturas de su obra nos proponen cuestionar nuestra relación con el lenguaje, con los falsos y fascistas discursos patrióticos y con el pasado, para preguntarnos cómo ese pasado actúa y repercute en el presente y de qué modo nos vemos modificados o interpelados por él. Cada cual tiene sus guerras y sus trincheras posibles, sus formas de resistirse al pensamiento único, a lo impuesto desde cualquier forma de poder (sea lingüística, política o económica). Y el teatro es también resistencia.

Es una alegría enorme que jóvenes dramaturgos argentinos hablen, lean, transiten la literatura de Fogwill. Es una alegría también que Los tururú y Piedras dentro de la piedra formen parte de la cartelera porteña y que en nuestro país se pueda hoy debatir la historia y sus excesos en cualquier ámbito y desde cualquier perspectiva elegida.

Dos excelentes propuestas teatrales para pensar los modos discursivos de la guerra y para (¿Por qué no?) acercarnos a la hermosa forma de narrar que nos regaló el loco Fogwill.

Publicado en Leedor el 16-04-2012