BAFICI: A fleeting passage…

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Doble viaje el de esta película exquisita: el que emprende Sisí Emperatriz y el de la realizadora, a la que el BAFICI le dedica todo un Foco.La filmografía de Ruth Beckerman (Austria, 1952) que se va a poder en este BAFICI es una fascinante experiencia hacia lugares distintos. De modo que habrá que sumergirse en ella tal como uno se sumerge uno en un viaje o en una fuga. La voz de la propia directora acompaña el relato de esta película que bucea sobre el misterioso tramo final de la Emperatriz Elizabeth, esposa de Francisco José I de Austria, la Sisí llevada al cine por Romy Schneider (una inmortalizando a la otra y viceversa). Lo hace sin imágenes del pasado, al contrario, revisando los paisajes contemporáneos del Cairo, El Fayum, El Nilo.

La recreación del viaje romántico de esa mujer noble que en el siglo XIX se perdió en las ataduras a la convenciones de la realeza, y pudo escapar de ellas como se escapa hacia lo exótico, como se escapan los románticos literarios, pictóricos del siglo al que pertenecen. Incluso hasta encontrar la muerte.

La cámara de Beckerman, su lente, su ojo, su travelling obsesivo, siempre en movimiento (redundancia que nos sirve) intenta reconstruir desde su propia enunciación el viaje emprendido por Sisí, una joven que a los 31 años dejó de fotografiarse, y que a los 61 fue asesinada por un terrorista anarquista italiano llamado Luigi Lucheni en la ciudad de Ginebra.

Una de las mujeres más poderosas de Europa en su momento, Sisí se niega a ser fotografiada: el protocolo real obliga a introducir la imagen de la monarca en fotografias familiares, aunque permanece joven, para siempre. Pero, ¿quién se da cuenta de ese detalle se pregunta la realizadora? Una adivina sostiene la fotografia de Sisí para encontrar sus preocupaciones, sus obsesiones, sus sufrimientos: está mitad viva, mitad muerta. Llama la atención.

Una frase de Serge Daney es tan contundente como todas las imágenes que vemos y sirve también para entender el cine de Beckerman: “Hay imagenes que se filman para que otras sean inimaginables”. Ahí están los mercados de especias en pleno El Cairo, o la gasolinera que suplanta un hotel de lujo, o las humeantes chimeneas de los hornos de cerámica, las del desierto, las de los camellos, las de los hombres sentados a sus mesas, el hombre es el que se da el lujo del ocio, mientras las mujeres si desobedecían eran internadas en manicomios. Ahi está tambien la voz que narra desdoblándose, identifícándose con esa desconocida occidental en las calles del Cairo. Las dos resultan lo mismo: el signo de la extrañeza y del poder.

Doble viaje el de esta película exquisita: hacia un pasado idealizado, tal como si fuera un pais extranjero, y hacia la soledad de una mujer que buscaba paz y encontró las primeras señales de un mundo globalizado.

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Publicado en Leedor el 14-04-2012