La casa

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Cerrando la trilogía que iniciara con El árbol, Fontán da cuenta una vez más que se puede hacer cine con otros materiales para exponer un particular modo de percibir el mundo.La restitución de las miradas

En este film, que cierra la trilogía que iniciara con El árbol, Fontán da cuenta una vez más de que su filmografía es una prueba contundente de que se puede hacer cine con otros materiales. Y de que estos logran comunicar, felizmente, un particular modo de percibir el mundo.

No es casual que en La orilla que se abisma se lea un texto de Juan L Ortiz donde él mismo releva la contemplación de las ?florcitas salvajes?, como tampoco lo es en La casa la cita de Olga Orozco. Es claro que en la obra de Fontán si hay una marca que define su estética, es el abordaje de la sutilidad de la cotidianeidad desde una mirada absolutamente poética.

Una puerta semi abierta en un plano medio, leche que hierve en un jarro que se rebalsa, una anciana se peina y detrás de una ventana, mientras vemos una casa en estado de abandono, escuchamos el ruido de una escoba que se mueve entre trasparencias en la vereda, cercana a ?aquel antiguo árbol? que ahora sólo divisamos desde una ventana.
Después una mujer comenzará a baldear los pisos mientras las imágenes se multiplican con su reflejo en el agua, una mujer con la pierna tatuada, seguramente con el nombre de alguien querido.
El trabajo con las transparencias es una estrategia repetida, que nos permiten ver la escena como un todo, como si siempre estuviésemos frente a un espejo, como la Alicia a través del espejo de Lewis Carrol, pero con elementos de la realidad tratados desde otra perspectiva estilística.

A estos se suman las voces, los susurros, los recuerdos, la memoria y el fantástico juego entre la luz y la sombra. Fontán construye un poema en base a un documento de la realidad, en este caso la demolición de su casa paterna en Banfield. Y lo hace sin personajes, sin música, con los ruidos incidentales y el sonido casi infantil de una caja de música, sumado al accionar de las máquinas.

Mientras la casa va siendo desmontada, y sus restos se van apilando como en una pira, aparecen las imágenes de los momentos felices compartidos en familia, entre ellos un cumpleaños. Porque finalmente son esos los momentos que permanecen grabados en nuestra memoria.
Luego vendrá la demolición y con ella los escombros y entre ellos irá un crucifijo atrapado entre estos. Las máquinas lo demolerán todo, hasta el último pedazo de viga.

Pero quedarán intactos los recuerdos, quizá el olor a la leche derramada, las voces que poblaron la casa, los pequeños e inmensos actosque conforman la memoria de la cotidianeidad, que es la base del poema.

Quedará sólo el follaje de los árboles donde por pequeños espacios podemos divisar un cielo gris plomizo, que anuncia la llegada de la lluvia, y con ella el cambio, la metáfora elegida para?restituir cada mirada a su propio destino?

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Publicado en Leedor el 11-04-2012