Lisboa, el viaje etílico

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Segunda temporada de la exitosa obra de Mariela Asensio en el Teatro del Pueblo por 12 funciones, desde este sábado.

?La gente que pasa por la calle es siempre la misma que ha pasado hace poco, es siempre el aspecto fluctuante de alguien, manchas sin movimiento, voces de incertidumbre, cosas que pasan y no llegan a suceder.?
Fernando Pessoa

Hay ciudades que invitan al amor y otras al espanto. Hay viajes de placer, de iniciación, de derroche u olvido. Lisboa es una metrópoli que se confunde irremediablemente con la tristeza del fado y todo es posible allí, menos ser feliz; cada rostro, cada existencia nos remite a la soledad, al desencuentro, al desamparo de estar perdidos para siempre. Quizá esta construcción nos venga de los melancólicos versos de Pessoa que supo dotar de palabras y estupor cada balcón y callecita de su ciudad.

En esta ciudad literaria transcurre Lisboa, el viaje etílico. Siete personajes (turistas o no) se sumergen en la noche, el alcohol y la oscuridad de las calles para contar sus pequeñas historias anónimas de fracaso y soledad. Se confunden, se entrelazan pero se desconocen en lo profundo. Se parecen, se sublevan pero finalmente se diluyen. Son existencias vacías, sombras (nada más).

Iniciamos el viaje de la mano de Dolores Ocampo (de gran actuación) que auspicia de guía turística y narradora de este espacio geográfico decadente y, luego, poco a poco, vamos conociendo la historia de cada personaje que es siempre la misma porque la tristeza puede tener mil caras.

Lisboa, fado, alcohol (que con la resaca y el nuevo día sólo deja más desolación) y melancolía se combinan para dejarnos la sensación de que el fracaso también existe (y nosotros existimos en él) y que, en ocasiones, aparece como una opción posible.

Buen trabajo de dirección de Mariela Asensio en una propuesta de estructura fragmentaria donde cada personaje se confunde con los otros y todos con el espacio, tanto que ya no sabemos qué resulta más melancólico, si los seres o la ciudad.

No todo viaje es de placer, hay viajes al centro del dolor y ciudades que lo albergan en sus calles y en su poesía.

Publicado en Leedor el 6-6-2011