Souvenir: reestreno

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Este Souvenir resulta n recuerdo bello, de esos que se atesoran para siempre. En el teatro Regina.
A veces la belleza se esconde en lugares insospechados, sórdidos, ásperos, fuera de sincro, arrítmicos o desafinados. La belleza no es igual para todos y vaya a saber uno lo que cree o percibe de ella cada cual, desde dónde se para uno a recibirla (¿desde la sensibilidad o la cabeza?), con qué herramientas, con qué certezas o miramientos. Existen principios, está claro, pero ¿cuántos juicios se necesitan para afirmar que algo es bello o feo? ¿Uno? ¿Veinte? ¿Miles? ¿Millones?

A ella, a Florence Foster Jenkins le bastaba con su propia convicción (?Lo importante es la música que uno oye en su cabeza?), con su deseo profundo y obstinado. Había nacido en el seno de una familia adinerada, lo que le permitió en 1909 recibir la herencia de su padre con la que pudo dar rienda suelta al sueño de ser cantante, a pesar de carecer no sólo de talento sino también de afinación, oído y ritmo. Tenía todos los defectos del canto y sin embargo triunfó por uno de esos milagros que se producen cuando la empecinada ilusión hace mella en la realidad. Es cierto que la gente iba a verla para pasar un momento divertido, a costa de los desatinos que ocurrían en cada presentación y porque no podían creer que ella se considerada una gran soprano con dotes maravillosas, pero nadie pudo negar que había alcanzado el éxito y el reconocimiento. Murió en 1944 convencida de su grandeza. Meses antes, gracias a los pedidos fervorosos del público que agotó las entradas semanas antes del concierto, cantó en el Carnegie Hall acompañada por Cosme McMoon. Se habían conocido en 1929 cuando el joven pianista golpeó su puerta en busca de trabajo; permaneció junto a ella hasta su muerte porque necesitaba el dinero pero también, creo, porque vislumbró en esa locura algo del orden de la esperanza.

Este es el argumento de Souvenir y es también una historia real, con todos los adornos que el tiempo, las versiones o la pluma de Stephen Temperley pueden haberle infringido. Con retazos de memoria, algunos audios y algunas imágenes, Karina K compone una tierna y disparatada Foster Jenkins, sin caer jamás en la caricatura o en la parodia, sino más bien ubicada desde el cálido y sincero homenaje. Es un personaje hecho a medida, no podemos imaginar a ninguna otra artista local en ese lugar tan arriesgado, tan al borde del abismo, donde cantar mal y ser creíble en el intento es un riesgo y un desafío enormes. Karina K logra cantar mal maravillosamente bien y por eso (y por su gran y prestigiosa trayectoria artística) le caben todos los elogios y, a su vez, todos los elogios le quedan chicos, se quedan a mitad de camino de lo que ella brinda en el escenario. Su virtuosismo queda demostrado también en la destreza corporal que demuestra al encarnar a una mujer entrada en años; cada movimiento, cada gesto es preciso y certero y le permite al espectador adorar a ese personaje, a veces desde la exasperación que nos produce esa voz horrible pero casi siempre desde la ternura de su convencida vocación de cantante.
Para Pablo Rotemberg tampoco nos faltan elogios. En el papel de Cosme McMoon, es él quien nos guía en el relato que va y viene desde su presente hacia los recuerdos de sus días con Florence. Ubicado siempre en un austero segundo plano, brilla porque permite a cada momento que su compañera sea el centro de la escena, se luce desde la mesura y la generosidad que deja ver su talla como artista. Correcto en la ejecución del piano y brillante en la actuación.
La calidad de estos artistas son suficiente motivo para que Souvenir sea una excelente obra de teatro, a lo que hay que sumarle la inteligencia de Ricky Pashkus para convocarlos, la delicadeza de la escenografía y el hermoso vestuario de Renata Schusseim (la protagonista realiza trece cambios de vestuario tal como se dice que hacía Jenkins en cada concierto).

Si se acercan a verla al teatro Regina el souvenir se lo van a llevar ustedes pero tranquilos que no se trata de esos souvenirs de quinceañeras que se llenan de polvo en alguna repisa y uno no sabe qué corno hacer con ellos, es un recuerdo bello, de esos que se atesoran para siempre, un canto a la perseverancia, a la locura, a la fuerza de las convicciones, a la lucha por la felicidad desde el propio deseo, más allá de la mirada del otro. La ?peor cantante lírica de la historia?, ?la asesina de Mozart? nos puede dar una gran lección. No se la pierdan.

Publicado en Leedor el 29-03-2012