Guardapolvos

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A partir de su terrible historia personal, Tamara Kiper gestó una ficción que es a la vez íntima y universal. Mañana función gratuita en Timbre 4. Entre la fantasía y los fantasmas hay voces que sobrevivieron al horror, a la más terrible oscuridad y al silencio de lo inefable que, sin embargo, persiste como relato urgente que nos dice, como alguna vez un poeta, que el olvido es un gran simulacro y que la única (y última) verdad es que no hay olvido. Decir la historia, la íntima, pequeña y personal historia, es mover el avispero, hacer ?algo? (que siempre es mucho) con la tristeza, con el vacío y con el desamparo, en busca de alguna respuesta, frente a muchos que prefirieron (y prefieren todavía) callar por cobardía, por conveniencia o por siniestra inmoralidad. Decir es buscar, construir presente y reconstruir la identidad.

Tamara Kiper se puso en movimiento y, a partir de su terrible historia personal (su padre, Luis Saúl Kiper, fue secuestrado en 1977 mientras trabajaba en la guardia de un hospital), gestó una ficción que es a la vez íntima y universal, compartida por miles de otras experiencias, otras búsquedas, otras voces que piden entender y que deben ser la voz de todos.

Guardapolvos apuesta a la memoria desde la recuperación de la subjetividad de un hombre, médico, padre, hermano, esposo que se reconstruye a partir de los fragmentarios recuerdos de su familia. Tiene anclaje en lo cotidiano, en los objetos que hablan de lo que somos y fuimos, en los gustos, las anécdotas, los deseos y los sentimientos. Se quita del discurso el término (funesto y cruel) ?desaparecido? para darle entidad al hombre que tenía una vida, que era y ya no está más, no porque ?desapareció? sino porque los militares de un país, que transcurría su noche más negra, se lo llevaron.

De los múltiples modos en que se ha explorado el discurso de la memoria, de todos los procedimientos que intentan decir el horror y la violencia de la última dictadura de nuestro país, Tamara Kiper elige el relato no lineal, fragmentario: la obra es un rompecabezas que el espectador debe armar en ese contrapunto que se da entre el pasado de las niñas que en escena juegan, extrañan y tratan de entender desde la inocencia ( ?Había dos señores en la esquina que ahora que me acuerdo no vi más? dice una de ellas) y el presente de las adultas que investigan, duelen su duelo a viva voz y siguen el derrotero de los porqué que aún no tienen respuesta. Se parte del balbuceo, de los diálogos entrecortados, casi indecibles, de la rabia, del silencio para llegar a las palabras claras (dolidas pero consistentes) del reconocimiento de la ausencia del otro que es también presencia, lucha y esperanza.

Guardapolvos fue escrita desde el recuerdo y funciona como una manera de recuperar la identidad de los ausentes pero también de lo que sobrevivieron: somos también los que no están. Con pedazos ajados de alma, con retazos de historia que algunos intentaron destruir y otros intentan borrar, se logra revitalizar la memoria, reconstruir el pasado para entender el presente y sus contradicciones.

Con una puesta intimista y despojada, quizá el mayor acierto de la obra sea la posibilidad de la autora de alejarse de la biografía y del testimonio para construir una propuesta estéticamente bella, trabajada desde la poesía, la combinación de temporalidades y la polifonía que permite, no obstante, la reflexión, el debate y el ejercicio persistente de la memoria.

Terminamos la nota con una propuesta. Mañana lunes, 19 de marzo, se realizará una función especial de Guardapolvos, en el marco del 36º aniversario del golpe cívico- militar, por la memoria, la verdad y la justicia. A las 21 hs en Timbre 4, la entrada es libre y gratuita, sujeta a la disponibilidad de la sala. El que tenga la posibilidad de acercarse no se pierda la oportunidad de ejercer la memoria, de emocionarse y de pensar para que nunca más nos olvidemos de recordar ni de intentar, ni de entender.

Publicado en Leedor el 18-03-2012