Cuerpo extranjero

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Nosotros, los espectadores, somos lo que vivimos una vida de muñecos, parece decirnos esta obra.
Dos cuerpos en escena. Dos cuerpos en contacto, en interacción unidireccional y recíproca. Dos cuerpos que se acercan, que se repelen, que se buscan y que a veces, sólo a veces, se encuentran. Dos cuerpos y un muñeco. Dos cuerpos lúdicos, disponibles, y muchos muñecos. Y una música acorde a esos cuerpos dinámicos. En un momento dado, en el principio, los cuerpos devienen extranjeros. No reconozco mi cuerpo ni el del otro. No me reconozco. Es imposible. No reconozco al otro.

Los muñecos toman vida. Adquieren color, matices, intencionalidades y dejan de ser una blanca tabula rasa. Y los intérpretes, esos cuerpos, se tornan inanimados e inertes.
Cuerpo extranjero es una fructífera experiencia de cruce. Es un ejemplo acabado del excelso desarrollo al que pueden llegar las artes escénicas (entendidas en sentido amplio), cuando la calidad técnica se correlaciona con la significación que subyace en la arquitectura de una pieza en movimiento, en inestable y frágil devenir. Cómo nos movemos. Cómo, de qué manera, somos movidos por nosotros mismos y por el otro. Manipulamos y somos manipulados. Usamos y somos usados. Tocamos y nos tocan. No cesamos de chocar todo el tiempo contra las paredes. Los objetos cobran vida y nos muestran que no somos libres, que nunca fuimos libres, que no hemos hecho más que devenir esclavos. El campo de asociaciones de esta obra abierta es enorme. Las posibilidades se multiplican.
El final es a interpelación pura. Nosotros somos los muñecos.

Nosotros, los espectadores, somos lo que vivimos una vida de muñecos, parece decirnos esta obra. Nos invita a que nos despertemos de una buena vez de esta siesta. A ver si logramos, en algún momento, apropiarnos de nuestras acciones, de nuestros cuerpos, de nuestros deseos.

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Publicado en Leedor el 24-03-2012