Sexualidad y ancestros

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Una mirada antropólógica sobre la sexualidad.La sexualidad de nuestros ancestros

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Hace aproximadamante dos millones de años, cuando aún no había Homo sapiens dando vueltas sobre la tierra, nuestros ancestros sufrieron una serie de modificaciones que cambiaron para siempre la conducta de los futuros homínidos, incluído al propio ser humano. Las hipótesis más firmes sostienen que, por aquellos tiempos, nuestros ancestros adquirieron una sexualidad continua. Hasta ese momento, en nuestra historia animal, la sexualidad estaba unida a la reproducción y obedecía a una frecuencia que seguramente era anual, al igual que acontece hoy en día con nuestras mascotas como los gatos y los perros.

Estos cambios no se dieron aislados sino como parte de una serie de modificaciones estructurales del funcionamiento del cuerpo de aquellos homínidos. La pérdida de un ciclo de celo y la obtención de una sexualidad continua, implicaron cambios en otras partes del cuerpo, así como en múltiples aspectos de la conducta. Una de las características más notables y que heredamos de aquellos antepasados, nosotros los seres humanos, es la ostentación de atributos sexuales en forma permanente. En la mayor parte de los mamíferos que poseen celo, durante ese período, ciertas partes del cuerpo como las mamas o los genitales se inflaman, para dar una señal inequívoca de la disponibilidad sexual y reproductiva. Al perder el celo y adquirir la sexualidad continua, el cuerpo de las hembras homínidas también se transformó. Las mamas se inflamaron en forma permanente y las caderas aumentaron de tamaño. Esto último tuvo una vinculación directa también con el hecho de ser bípedos y de la necesidad de crear espacio para la cría en gestación. Pero también sucedió que crecieron las nalgas, como receptáculos de grasa, adoptando la forma que hoy conocemos. Las manifestaciones físicas de la sexualidad quedaron expuestas y ya no hubo vuelta atrás. Tanto físicamente como en apariencia se rompió con el esquema de un celo con frecuencia anual y a partir de allí, en cualquier momento del año, era posible practicar el sexo.

Estos cambios físicos impactaron funamentalmente en la conducta. De una vez y para siempre la sexualidad se divorció de la reproducción. La sexualidad continua implicó fundamentalmente que los machos se mantuvieran cerca de las hembras, favoreciendo la cohesión social, indispensable para la supervivencia de nuestros ancestros. En la sexualidad se expresaron una cantidad de elementos que excedían por mucho la reproducción. Así se podía manifestar cariño, obtener favores o reforzar los vínculos sociales. En el contexto en el que vivían, rodeados de peligros y en una lucha por la supervivencia, la sexualidad aportó un factor fundamental en el camino de la evolución, al sostener y complejizar la conducta gregaria.

Los Homo sapiens y sus ancestros no son los únicos primates con sexualidad continua. Con las variantes del caso, la especie Pan paniscus, llamados bonobos, antes conocidos como chimpancés pigmeos, también poseen esa clase de sexualidad. Su sociedad se basa en el sexo; ellos también tiene separada la sexualidad de la reproducción. Y esa sexualidad se ejerce como parte del sistema de relaciones sociales del grupo. Como la sexualidad no tiene vínculo directo con la reproducción y sí forma parte indispensable de los vínculos entre los individuos, no hay diferencias entre la heterosexualidad y la homosexualidad. La sociedad de los bonobos, a diferencia de la de los chimapncés (Pan troglodytes), es una sociedad sin violencia, sin macho alfa y en donde las tensiones sociales prácticamente no existen.

Los seres humanos ya venimos, desde nuestros antepasados remotos, con una carga de complejidad inherente a nuestra sexualidad. La separación entre un comportamiento heterosexual y uno homosexual o la unión de la sexualidad con la reproducción sólo pueden ser el producto de una cultura represiva, que no toma en cuenta nuestra propia historia evolutiva y que buscaba sojuzgar y controlar las acciones y el pensamiento. Por el contrario, la norma evolutiva de la especie humana parece ser la flexibilidad de la conducta y el ejercicio de la libertad. Esta sería nuestra base biológica; sobre ella se montan los dispositivos culturales que no necesariamente intentan liberarnos. La cultura, por lo tanto, puede ser también una cárcel. Frente a ello y como reafirmación de nuestro pasado evolutivo, debemos disfrutar de nuestra sexualidad; quebrando, de paso, las prácticas oscurantistas de la cultura occidental y cristiana, que intenta sustentar su represión sobre una biología inexistente.

Publicado en Leedor el 22-03-2012

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