Cancún

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Un viaje a Cancún y una comedia de enredos sigue en el verano en el Beckett.En el teatro Beckett, los sábados a las 23 comienzan las vacaciones en la playa, o mejor dicho continúan, sin solución, en una comedia de enredos en el más estricto sentido del término.

Y cuando nos referimos al más estricto sentido del término, queremos decir al que hace referencia a las redes, a las matemáticas que están detrás de ellas y a los intrincados laberintos del tiempo y del espacio.

Dos parejas, que no son tan parejas, que se desparejan y vuelven a emparejarse, se encuentran de vacaciones en Cancún, que es lo mismo que decir el contexto inexistente, con ausencia de reglas y todo el desarreglo posible. Cancún es el fondo todo tan luminoso, tanto que enceguece, sobre el que las sombras de los personajes dibujan y redibujan sus perfiles, cambiando de forma, en saltos gestálticos o cuánticos, vaya uno a saber, pero que iteran y no reiteran.

Dos parejas que llevan la mitad de la vida casados, que eran amigos aún antes de casarse (amistades largas, pasiones interrumpidas), que siempre salen de viaje juntos. La clase media representada en esas vacaciones, sin hijos, en donde el objetivo es descansar. Pero el ritmo de esos megahoteles con su diversión planificada, pone en duda toda posibilidad de relax. De la fiesta a la playa, apenas parando para dormir y reponerse de la borrachera del día anterior. Dentro de ese contexto, la historia se cuenta una y otra vez. En esta replicación hay pequeños cambios que producen grandes alteraciones, confusiones que llevan a la risa pero también conducen a la reflexión.

En la butaca se percibe el clima de playa. Hasta me parece escuchar el ruido del mar, pero creo que esa es una exageración de mi condición de espectador espectante y a veces expectorante (la tos, en el teatro, suele ser contagiosa). La música en vivo envuelve el aire y hasta parece que flota Euterpe por toda la sala. Los actores, orales y físicos juegan con secuencias que traen consecuencias que brotan como risas entre los espectadores.

La risa siempre esconde una prisa por exhalar un aire que se encuentra anudado en el pecho. Así reflexionamos mientras la recursividad cubre el escenario. Nuestra acostumbrada percepción, mecánica y lineal, es desafiada por el desarrollo de la obra, sistémico y cíclico. La risa también juega con la confusión, que en este caso no sólo involucra al nivel del discurso sino también a la serie temporal; la mezcla de tiempos diferentes lleva al desconcierto que termina imprimiendo su forma compleja a la obra.
La retroalimentación, uno de los atributos más importantes de la teoría de sistemas, se resuelve nuevamente al final, cuando, luego de los aplausos, el director y los actores entablan un diálogo con los espectadores, en donde no sólo se comentan las cuestiones puntuales de la obra, sino que se reflexiona sobre los aspectos casi metalingüísticos que la rodean. Una buena práctica que le permite al espectador tomar un contacto directo con los protagonistas, los expuestos y los que no, y, estimamos, a quienes forman parte del elenco, a continuar jugando con las múltiples dimensiones que se encuentran latentes.

Pero, vale la aclaración, la obra se resuelve por sí misma, no son necesarios conocimientos a priori de caos y complejidad para poder disfrutarla; de ningún modo, sólo hay que dejarse llevar y esperar que la magia en escena haga su tarea.

Publicado en Leedor el 15-11-2011