Maní con chocolate 2

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Fantasía, realidad, biografía, cine y teatro en este unipersonal que apela a nuestra sensibilidad como espectadores.

Maní con chocolate II
es un homenaje al cine que se remonta a los recuerdos de la infancia, a la nostalgia que te devora el alma cuando se tiene la plena certeza de cosas ya perdidas y a la emoción de viajar en el tiempo y aterrizar en el pasado de aquellas salas devenidas templos evangélicos, en los sabores de golosinas en cajitas o en los olores de las butacas de cuero de los cines de barrio.

No puedo imaginar la vida sin el cine, sin ese modo particular de ver el mundo, de decir, distorsionar y, sobre todo, transformar la realidad. Ana María Bovo (protagonista y mentora de este espectáculo) cuenta, en una nota realizada para Página 12, que le resulta difícil imaginar cómo soñaban sus bisabuelos porque para ella ?el cine es la matriz de los sueños?. Yo me acordé, entonces, de los chistes de Tute como aquel del paciente que le dice a su psicoanalista ?anoche soñé una de tiros? o el otro que se quejaba por la ausencia total de sueños pochocleros ?Nada interesante. Pocos actores, sin tiros ni autos que vuelquen, ni explosiones, ni desnudos?. Es que el cine nos envuelve, crea ilusiones y fantasías, todavía hoy aunque el desarrollo tecnológico y sus imágenes en 3D nos hayan invadido la cabeza de superficialidad.

Maní con chocolate II se sitúa en un pueblito de Córdoba en 1956 pero se desplaza en un continuum de tiempo y espacio entre ?las 24 verdades por segundo? del cine italiano y ?las 24 mentiras por segundo? hollywoodenses, narrando diferentes películas que pertenecen no sólo a la memoria emotiva de Bovo sino también a la de muchos otros que podrán sentirse identificados. Son parte del repertorio Angustia de un querer, Sunset Boulevard , Desayuno en Tiffany´s, la argentina Soñar, soñar, Ladrón de bicicletas, Nos habíamos amado tanto y Un lugar llamado Notting Hill, entre otras.

El relato (parcial o completo) de las películas se enmarca en la historia del foguista de una fábrica de fideos, fanático del cine, que comparte esta pasión con su patrona. Se reúnen cada viernes para que él le cuente lo que ella no puede ver por una prohibición de su marido que se encuentra enemistado con los dueños de las salas del pueblo. Entonces, ella vive y disfruta el cine en las palabras de ese hombre, un socialista que prefiere el neorralismo italiano pero ella se empeña en pedir y amar la artificialidad de Hollywood. En el relato del otro, ella teje sus sueños, los acuna y los despliega.
Ana María Bovo muestra una vez más su gran amor por el cine (como en aquel Maní con chocolate del que este no es continuación sino sucesora y renovada lectura de su autobiografía cinéfila) y su magnífica capacidad de narradora. Se desenvuelve en el escenario con soltura, intercalando pequeños cambios de vestuario y salta de un registro a otro con absoluta naturalidad; es así como puede ser el foguista, la dama, Monzón o Gian Franco Pagliaro, Kim Novak o Jennifer Jones, la sobrina del foguista o una narradora externa.
Salvando las abismales distancias, el espectáculo me recordó la figura gigantesca de Manuel Puig y su amor descarnado por el cine hollywoodense cuyo principal móvil es el deseo, su mención de General Villegas (su ciudad natal) como un western clase B y su certeza de haber aprendido en el cine el difícil arte de contar. Creo que Ana María Bovo también sabe que ahí se encuentra un arma de seducción certera y logra mantener atrapados a los espectadores, como Molina (aquel recordado personaje de El beso de la mujer araña) logra mantener cautivo a Valentín con sus bellas y peligrosas palabras.

Fantasía, realidad, biografía, cine y teatro se conjugan en un espectáculo que apela más a la sensibilidad que a la inteligencia aunque (seamos justos) nos permite pensar en quiénes somos, qué buscamos, qué aceptamos como espectadores, cuál sería nuestro propio itinerario cinéfilo y en el para qué de un arte que sigue tan vigente como el primer día.

Publicado en Leedor el 13-02-2012