Luis Alberto Spinetta

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Murió Spinetta. Lo escribo para creerlo. Murió el flaco Spinetta, y yo estoy de viaje, estoy en Bogotá. Situación que aumenta el sosiego, a la vez que hace más increíble la noticia. Yendo en taxi a la Cinemateca (a la que se ingresa gratis, y anunciándose una nueva película colombiana, terminaron dando un spaghetti western de Sergio Leone doblado al español castizo, que casi todos vieron sin chistar), escucho, en la radio del taxi, luego de que la ciudad se prepara para un atentado de las Farc, luego de esa noticia, que a un recién llegado como yo le causa cuanto menos algo de inquietud, de agitación.

Luego de eso, el locutor dice que murió Spinetta: el músico argentino Luis Alberto Spinetta ha muerto hoy de cáncer. Y mi estar tintineante cesó. Un cúmulo de tristeza me inundó, y sobretodo por no estar allá, suponiendo un velatorio multitudinario, o al menos sentido, o de estar, compartirlo con amigos, con spinettianos amigos (en seguida pensé en ellos, en el enorme pesar que tendrían) Estar con otros ante una muerte que afecta más que otras, construye a ese instante en ritual, permite de algún modo conjurar la tristeza, el vacío.

Vivirlo solo (comiendo una extraña pizza de pollo y salchicha en un pequeño local a punto de cerrar, como yo ahora escribiendo estas lineas) requiere, me requiere de la escritura. Que como una suerte de conversación, abjure algo de ese vivir la muerte en soledad (siendo incluso que ante la muerte siempre estamos solos).

Murió Spinetta, y en el bar en el que estuve hasta hace un rato con una amiga bogotana, al escuchar a Calamaro, me le acerco al de la barra y le pregunto si no tenía algo de Spinetta, que yo era argentino, y que había muerto hoy. Sin el gesto servicial de la mayoría de por acá, y entendiendo la situación, accede con un respetuoso bajar la mirada, y en seguida “Bajan” inunda el lugar. “Bajan”, la de tantas guitarreadas, la que hizo luego con otro que está con la parca en la nuca.

 

“Nena, nena, que bien te ves”, y dándome por complacido, por la hasta ahí lógica de un tema por banda (antes de Calamaro, sonó The Cure), empiezan a sonar los acordes simples y potentes de “Me gusta ese tajo”.

Mi amiga me hace una seña sonriente con la que, molesto, creí que ella no estaba en mi misma sintonía emotiva. Pero no, me señalaba el televisor, el pibe de la barra había puesto el dvd de una presentación en vivo. Y ahí el flaco, el hoy muerto, ahí. Su rostro afectado, concentrado, de camisa floreada y cuello alto, y collar enorme, artesanal, tomandole todo el cuello. Y me di cuenta, que no haber entrado en una mayor conmoción inicial se debió a esa evidencia, que de tan obvia y remanida hasta parece absurda enunciarla, pero es que el flaco no puede morir.

Sus millones de veces tarareadas melodías encarnan en millones de cuerpos, y a eso no hay con qué darle. El flaco está (literalmente) en nosotros. Aunque de repente se corte la onda, y empiece a sonar el rock del gato de los ratones, el flaco no se fue, no se puede ir.

Publicado en Leedor el 9-02-2012