Diego Rivera en Nueva York

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Hasta el mes de mayo, el Moma recuerda con la muestra Diego Rivera la exposición retrospectiva que hace 80 años lo catapultó a la fama. Por estas fechas (diciembre 23, 2011), hace ochenta años, se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) la exposición retrospectiva de Diego Rivera que lo catapultó a una celebridad sin precedentes en las élites del arte moderno de ese país que comenzaba a forjar su sólida presencia internacional en los circuitos artísticos. Actualmente, y hasta el mes de mayo, el Moma recuerda ese acontecimiento con la muestra Diego Rivera. Murales para el Museo de Arte Moderno, que reúne siete de los ocho frescos ejecutados ex professo para esa notable ocasión, acompañados de una selección de documentos y obras sobre papel.

El MOMA abrió sus puertas en 1929 y la de Rivera sería su segunda exposición individual dedicada a un artista contemporáneo de apenas cuarenta y cinco años, mientras que el primer homenajeado fue ni más ni menos que Henri Matisse, quien ya gozaba de un meteórico prestigio. Para entonces, Diego Rivera había pintado varios de sus murales en Ciudad de México y era considerado la figura clave en el concierto artístico del llamado Renacimiento mexicano. Por esos años, nuestro país estaba en la mira de la sociedad estadunidense, que comenzaba a interesarse por todo lo relativo a la producción artística mexicana, como quedó registrado en la importante exposición organizada por el Museo Metropolitano de Nueva York en 1930 ? Mexican Arts ? en la que se presentó un popurrí de arte prehispánico, colonial, popular y moderno que tuvo un éxito inusitado. Como es de imaginarse, el trabajo de Orozco, Siqueiros y Rivera formó parte medular de la curaduría y se hizo especial énfasis en la promoción de la epopeya mural mexicana impulsada por Vasconcelos. El éxito derivado de esta exposición dio lugar a la invitación de Rivera al MOMA, y especialmente al interés del director de esta novel institución, Alfred j. Barr, por mostrar físicamente ejemplos del arte mural que tanta expectativa estaba causando en Estados Unidos. En 1929, mientras comenzaba los murales del Palacio Nacional, el embajador de Estados Unidos en México, Dwight Morrow, lo comisiona para pintar el Palacio de Cortés en Cuernavaca, como un regalo del pueblo estadunidense al mexicano, y en el que plasma su Historia del estado de Morelos. Conquista y revolución.

De manera vertiginosa se expande en Estados Unidos la popularidad del movimiento muralista mexicano y es noticia constante en los periódicos y revistas de arte. Ese mismo año Ernestine Evans publica Los frescos de Diego Rivera, la primera monografía en inglés dedicada al artista y, con el apoyo del embajador Morrow, obtiene la Medalla de Oro de las Bellas Artes otorgada por el Instituto Americano de Arquitectos. En este contexto estelar llega Diego Rivera en noviembre de 1931 a Nueva York a bordo del barco Castillo del Morro, acompañado por su nueva mujer, Frida Kahlo, su fiel asistente Ramón Alva de la Canal y la talentosa Frances Flynn Paine, quien fungió como promotora crucial del artista en los círculos sociales y culturales más elitistas de Estados Unidos y fue una figura clave de su posicionamiento en ese país. Ella fue quien lo introdujo a la que se convertiría en su principal mecenas y coleccionista estadunidense, la entusiasta filántropa Abby Aldrich Rockefeller, por cuyo conducto Rivera financió su viaje a Nueva York. Las siguientes seis semanas a partir de su llegada, Rivera se refugió en un estudio especialmente acondicionado para él en el moma para preparar los frescos transportables comisionados por Barr, que habrían de constituir la parte medular de su ambiciosa exhibición en el recién inaugurado museo, integrada por 149 obras y los cinco murales ejecutados ex professo para la muestra. El interés fundamental de Rivera era mostrar al público estadunidense la técnica ancestral al buon fresco, rescatada por los autores mexicanos para llevar a los muros relatos épicos de la historia mexicana que habrían de ser leídos y comprendidos por las masas como libros abiertos al alcance de todos. La elección de temas a mostrar a los estadunidenses se centró en la Revolución mexicana y la abolición de la desigualdad de clases, para los que tomó prestadas escenas de sus murales del Palacio de Cortés y de la SEP. Cinco de los ocho paneles programados estuvieron presentes en la inauguración de la portentosa muestra y los otros tres restantes se incorporaron semanas después. En estos últimos, Rivera hace una crónica de su experiencia visual y vivencial en la fulgurante ciudad de los rascacielos.

El objetivo central de dicha exposición fue mostrar al público estadunidense, de una manera didáctica y promocional, algunos ejemplos del trabajo mural que se estaba llevando a cabo en nuestro país desde hacía una década, trabajo que contaba ya con un amplio reconocimiento y admiración a nivel internacional.

Diego Rivera llega a Nueva York en noviembre de ese año y en sólo seis semanas se da a la tarea de realizar cinco murales transportables, cuyas medidas aproximadas oscilan entre 1m/1.80m × 1.30m/2.40m, formatos medianos que facilitaron tanto la ejecución como la movilidad de las piezas, teniendo en cuenta el gran desafío técnico que supone la creación de pinturas al fresco exentas del soporte mural, es decir, construidas a partir de bastidores metálicos creados especialmente para contener la base de cemento que sustenta las numerosas capas de yeso que se requieren para recibir en su superficie esta sofisticada pintura de origen milenario. Y en cuanto al desafío técnico para lograr esta adaptación moderna de la versión tradicional, resulta un gran acierto en la muestra la presentación pormenorizada de cómo se solucionó la ejecución de dichos soportes, inclusive se presentan imágenes radiográficas que dan cuenta de la audacia técnica que yace detrás de las impecables superficies bellamente pintadas.

Entre el centenar y medio de pinturas de caballete que integraron esa gran muestra, cinco fueron los frescos que se presentaron el día de la inauguración en 1931, inspirados en comentarios sobre la reciente Revolución mexicana y los conflictos sociales derivados de ésta. Un mes más tarde, en enero de 1932, Rivera incorporó a la muestra inaugural tres piezas más, basadas en uno de los temas que marcarían de manera indeleble su discurso temático de esos años, y que fue su experiencia vivencial y estética en la luminosa, contradictoria y paradigmática ciudad de los rascacielos.

La llegada de Rivera a Nueva York coincide con el nadir de la Gran Depresión, que, paradójicamente, propicia la coyuntura en la que surge el boom de la construcción de los rascacielos. El artista es testigo directo del megaproceso de industrialización del país, experiencia que lo fascina y estimula al grado de dedicar la mayor parte de su tiempo a recorrer la ciudad en busca de los más diversos escenarios en construcción, mismos que quedan plasmados en innumerables bocetos en tinta y acuarela que se exhiben en la muestra. ?A diferencia de México ?señaló Rivera? [EU] era el país verdaderamente industrial que había imaginado como el sitio ideal para el arte mural moderno.? Así, pues, los tres murales adicionales inspirados en la epopeya constructiva neoyorquina que tanto embelesó al artista son: Martillo neumático, cuya obra original está desaparecida y se muestra en la exposición el boceto al carbón, en el que queda plasmado el dinamismo de la ardua labor de los obreros captados por Rivera precisamente durante la construcción del Rockefeller Center; Activos congelados es una pieza enigmática y fascinante que pertenece al Museo Dolores Olmedo, en la que Rivera pinta un paisaje urbano lóbrego y sombrío en el que se hace patente el comentario del artista en cuanto a las consecuencias del capitalismo pujante en la sociedad moderna, tema que será llevado a sus últimas consecuencias y a gran escala más adelante en sus proyectos murales. Éste es, sin duda, el más controversial de los murales expuestos, cuyo trasfondo irritó a quienes se negaban a ver lo que estaba ocurriendo detrás del gran proyecto modernizador en el que la gran mayoría de desposeídos que Rivera logró detectar no tenía cabida. El tercer fresco se titula Energía eléctrica y es un homenaje personal del artista tanto a la invaluable labor de la mano obrera como a las igualmente valiosas aportaciones de la tecnología industrial.

Es de celebrar la valiosa aportación que ha hecho el MOMA, con esta magnífica muestra, a la relectura de este crucial capítulo de la producción de Diego Rivera, que marcó un hito en su portentosa participación en el arte mural en Estados Unidos.

Gentileza de La Jornada Semanal. La autora, Germaine Gómez Haro es Directora General del Centro de Cultura Casa Lamm

Nota relacionada: Diego Rivera Palabras ilustres

Publicado en Leedor el 29-01-2012