Modernidad o hipermodernidad

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La posmodernidad no es, quizá sólo por el momento, una etapa de la historia, es apenas un concepto polémico.
¿Modernidad o hipermodernidad?

Los historiadores suelen hacer un esquema en el que dividen a la historia en cuatro grandes épo-cas: antigua, medioeval, moderna y contemporánea. Desde esta perspectiva tendríamos que hablar de poscontemporaneidad más que de posmodernidad.

Para los filósofos, hasta hace poco más de una década, la modernidad comenzaba hacia el 1600 con la revolución copérnico-galileana, con el surgimiento de los Estados nacionales, con una revolución agrícola, con nuevas formas de producción e intercambio, con nuevas formas de propiedad sobre la tierra, con el fortalecimiento económico y político de una nueva clase social: la burguesía, con el nacimiento de la economía capitalista en su primera etapa; el mercantilismo, y con la constitución de un nuevo sujeto. Nuevo sujeto de conocimiento, nuevo sujeto histórico social, sujeto cartesiano, sujeto que pretende entender al mundo desde la razón humana y no desde la iluminación divina. Todo esto nuevo, radicalmente nuevo, estructuralmente nuevo; es de una novedad que ha alterado y modificado profundamente todas las instancias de la vida humana y ha caracterizado a lo moderno en oposición a lo medieval.

Esto ya nos está diciendo algo, que la polémica modernidad posmodernidad, es cosa de filósofos y no de historiadores.

La modernidad ha sido un tiempo nuevo, de eso no hay dudas, pero es necesario aclarar, que parte de esa novedad radica en un cambio constante de las formas dentro de un mismo marco de contención. Podríamos preguntarnos entonces ¿qué ha cambiado en los últimos tiempos como para creer que hemos ingresado en otra etapa de la historia? Pero esta pregunta ya no puede ser ingenua. Su respuesta tiene mucho más que ver con intereses ideológicos en pugna, que con un análisis objetivo de la realidad histórica, social, y económica. Antes de preguntarnos ¿qué es la posmodernidad? debiéramos preguntarnos si los cambios que se han producido en los últimos tiempos, son una modificación de lo mismo, o un salto estructural, cualitativo, hacia algo nuevo, es decir, si las contradicciones que han caracterizado al mundo moderno, se han resuelto, superado, o simplemente han desaparecido de escena.

La respuesta a esta pregunta no es sencilla. Se podría decir que las relaciones económicas y los sujetos económicos y sociales ya no son los mismo, pero, ¿acaso podríamos decir que son los mismos el mercader y el artesano renacentistas, que el dueño de la fábrica y el obrero industrial, o el administrador y el empleado de servicios? ¿Cuáles son los intereses que subyacen en el discurso, tanto de los que afirman la llegada de la posmodernidad, cuanto de los que reafirman que vivimos todavía en la modernidad?

El discurso posmoderno no es monolítico, ni tampoco unívoco, no es de derecha ni de izquierda, aunque encontramos en él, tanto el cuestionamiento de los presupuestos más reaccionarios de la izquierda, como de las astucias más encubridoras de la derecha. Hay un discurso posmoderno crítico de las herencias ideológicas tradicionales. Pero también, es en buena medida utilizado por la derecha para llevar a las discusiones fuera de las contradicciones reales. Podríamos citar discursos críticos como el de Baudrillard, o Lyotard, polémicos pero ricos, y aunque posmodernos, diferentes de los de Fukuyama con su fin de la historia, o Lipovetsky con su apología del triunfo del todo vale y la justificación de la búsqueda de felicidad en la sociedad de consumo. Para este autor la realización del hombre se encuentra en el supermercado, en la adquisición de todas las cosas que le van a dar placer y que la tecnología y la industria ponen a su alcance.

Pero el caso de Fukuyama y el fin de la historia es un muy buen ejemplo de cierta intencionalidad por ocultar que las más agudas contradicciones del sistema capitalista siguen sobreviviendo. El concepto de fin de la historia surge con Marx, quien parte del presupuesto de que la historia es el ámbito de la lucha entre las clases, y anticipa que luego del socialismo, es decir, de la dictadura del proletariado, sobrevendrá el comunismo, sociedad donde esas contradicciones se habrán superado y donde la historia habrá finalizado. No el mundo, no la vida social, sino la historia, en tanto ella encierra las contradicciones de clase que se habrán superado para aquel momento. Fukuyama sostiene que el fin de los regímenes socialistas implica un fin de la historia y la superación de las contradicciones en una especie de capitalismo feliz que ha derrotado a sus enemigos.

El caso es que, justamente, lo que caracteriza a los períodos de crisis, es la dificultad para establecer un diagnóstico, o para atisbar siquiera un rumbo inmediato de los acontecimientos. Esta es la principal característica de nuestra época. Un hombre del siglo XIX es un hombre de las certezas, de la confianza en la ciencia, en la tecnología, en lo que el hombre puede construir. Fuera de izquierda o de derecha, había para él un futuro que se construía en los planes de cada presente. Era aquel un hombre de proyectos colectivos. Esto se expresa en los grandes relatos que explicaban y pretendían dar significación a los hechos. Sus objetivos eran descubrir las leyes de la historia y de los procesos sociales, así como casi dos siglos antes se habían sentado las bases para el conocimiento de las leyes de la naturaleza. Esos proyectos hicieron crisis en el siglo XX, y la evidencia más clara de esa crisis fueron las dos guerras mundiales. Luego de ellas la inocencia ya no fue posible, pero sí todavía la esperanza. Y eso significaron los movimientos sociales de la década del ´60. Movimientos inspirados en utopías revolucionarias, y a veces, hasta mesiánicas o milenaristas, embarcadas en la tarea de cambiar el mundo y dispuestos a la acción (de cualquier tipo) para lograrlo. Algo tenían en común los movimientos hippies, los movimientos guerrilleros, los activistas políticos, e incluso las sectas religiosas que pululaban en esa década, y era la idea de que el mundo podía ser un buen lugar para vivir. A éste período le sucedió una crisis a todos los niveles. Los regímenes autoritarios se fortificaron. En el Este las manifestaciones de descontento fueron reprimidas, la primavera de Praga del ´68 duró poco. En Europa los activistas revolucionarios se hicieron yuppies, al igual que los hippies en Norteamérica. La crisis del petróleo del 70 modificó la forma de vida de los norteamericanos, que tuvieron que atemperar el despilfarro de las dos décadas anteriores. En América Latina se desató una vez más el genocidio.

En consecuencia hacia los ´80 la crisis se agrava, porque se hace total. Los modelos tradicionales del capitalismo entran en crisis. El estado de bienestar, interventor, paternalista, asistencialista, distribucionista del empleo y de la renta se hace insostenible, y se desata el capitalismo salvaje. Es decir, el capitalismo de la eficacia productiva, concentrador pero no distribuidor, que no repara en los costos sociales que significan el desempleo y los bajos salarios, que no vacila en devorar incluso a las pequeñas empresas. El capitalismo financiero internacional ocupa el lugar del capitalismo industrial. Esto es posible, porque el desarrollo tecnológico baja tanto los costos de producción que los complejos industriales que antes eran la base de la acumulación, ahora se convierten en descartables. El cierre y abandono de las fábricas no significan grandes pérdidas, pues la obsolescencia tecnológica y las estrategias globales de producción hacen que la infraestructura sea un factor absolutamente secundario. Dicho en otros términos, para el capitalismo ya (y por ahora) no es problema el cómo y el cuándo de la producción, sino sólo el modo de ubicarla en el mercado.

Estos nuevos requerimientos del capitalismo, terminan con el estado de bienestar socialdemócrata, y dan paso al capitalismo «salvaje» neoliberal.

Pero, no son estos factores de trastrocamiento del orden político y económico “burgués” los únicos que precipitan la crisis. Otro elemento determinante es que esa crisis también alcanza tanto a los proyectos alternativos reales, léase los países socialistas, cuanto a los mismos proyectos políticos de orientación socialista, comunista, nacionalistas, es decir, es también el fin de las utopías.

No como sueño personal, pero sí como proyecto social – comunitario.

La crisis de estos proyectos es paralela a la del propio Estado paternalista y de la industria en el sentido tradicional. Esos proyectos tenían como sujeto, como protagonista al proletariado. El proleta-rio es el obrero industrial, numerosísimo en todo el período que va desde la revolución industrial hasta la década del 60 de nuestro siglo. Pero el vértigo del desarrollo modifica a los sujetos sociales, y ese proletariado decrece a pasos agigantados. El nuevo capitalismo reserva una pequeña parte para la industria. La acción de cada trabajador se centuplica debido al desarrollo tecnológico. Muy pocos pueden producir casi todo. ¿Qué sucede con el resto? Su destino está sellado. O bien se incorporan al área de servicios en tareas administrativas, técnicas, o de suministro, o quedan marginados. Con el agravante de que también estas áreas se automatizan.

Al modificarse el lugar de aglutinamiento de los trabajadores, y las relaciones de producción, ese sujeto se ve modificado y se convierte en otra cosa, en un nuevo sujeto que no puede ser pensado y evaluado desde los parámetros de las ideologías que lo concebían en su forma tradicional como el principal factor de cambio, como el agente de las transformaciones sociales, políticas y económicas, como el sujeto de la revolución. Al decrecer el número de obreros en cantidad, también se debilitan sus organizaciones y por lo tanto mengua su protagonismo político.

Toda esta modificación, todo ese corrimiento, produce un descolocamiento de los discursos políti-cos, que hablan de realidades que existieron pero ya no, que se dirigen a sujetos que se han desvane-cido y comportan prácticas políticas y discursivas patéticas. Por otra parte aparecen nuevos sujetos y nuevas figuras en la escena política y social. Las organizaciones tradicionales del sindicalismo y de la política se ven desprestigiadas. Lo político ya no representa ni el ideal griego del ciudadano de la po-lis, ni de la civitas romana, ni siquiera es el campo de las luchas ideológicas entre las clases sociales. Se convierte en una especie de espectáculo grotesco, donde viejos políticos en decadencia buscan afir-marse a cualquier precio rodeándose de personajes de la farándula, deportistas, y diferentes elementos que puedan mejorar su “imagen”. En los partidos de izquierda reina el más absoluto desconcierto, oculto detrás de discursos que son ecos repetidos de décadas pasadas.

A nivel internacional ya no se puede hablar del imperialismo de una nación, sino del imperio del capital. La globalización no es solamente el fenómeno de las comunicaciones a nivel planetario. La interdependencia de las actividades económicas y culturales es la realización del gran sueño totalitario del control total. En este sentido, los medios masivos de comunicación han logrado la omnipresencia de ciertas y determinadas discursividades, que se imponen homogeneizando la cultura y destruyen cual-quier rasgo de identidad diferencial. Estos medios, que hacen lamentablemente iguales a todos los hombres, sirven para disciplinar las prácticas sociales y los deseos, las mercancías que se consumen y los valores que se tienen. Los medios hacen que el ser se deposite en el tener lo que se ordena que hay que tener: la última computadora, el último modelo de auto, la misma bebida cola para todos. Pero su gran poder se pone en evidencia cuando logra un efecto narcótico en las grandes mayorías que no tienen acceso a nada. Lo fantástico del poder de los medios es que aunque el circuito de comercialización y consumo no alcance a los marginados, sin embargo se convierten en consumidores de mensajes de consumo. Estas mayorías no hablan de la “performance” de un pro-ducto, sino de la propaganda de ese producto. El consumo de esas alucinaciones produce vidas alucinadas, enajenadas detrás de una pantalla que reemplaza con simulacros deformantes la propia vitalidad del espectador, que se va convirtiendo en parte indiferenciada de la silla. Este es el panorama. Podríamos preguntar-nos si esta realidad que vivimos ha desplazado a la anterior, o si en verdad, no es otra cosa que su realización.

Cabría preguntarse pues, si estamos viviendo en un tiempo posmoderno, allende la modernidad, o hipermoderno, esto es, donde se están haciendo presentes los destinos hacia donde la modernidad misma conducía. Es necesario verlo claro, lo que se ha agotado no es la razón, sino los discursos vertebradores de la realidad, los enunciados explicativos del mundo.

Esta crisis, puede ser benéfica en la medida en que la razón pueda desprenderse de las pretensio-nes absolutistas que ha heredado de la Ilustración, pero será perjudicial en tanto se convierta en un juicio desde lo irracional a la razón.

Los grandes relatos, que no son otra cosa que los sistemas filosóficos, las concepciones ideológi-cas, los proyectos políticos y sociales, han hecho crisis además porque sus predicciones y promesas no se han cumplido. El mundo no se ha convertido en es lugar mejor que anunciaban. Pero, he aquí un nudo.

¿Puede establecerse un cambio de época porque el desconcierto absoluto haya suplantado a las certezas absolutas ?

Lo que es un hecho, es la gran crisis de ideas, de valores, de expectativas. La alteración de las prácticas sociales y las nuevas formas de dominio sobre lo real. Pero vayamos justamente a eso que va quedando sepultado, oscurecido por el imperio de lo ficcional. El capitalismo es otro, pero es capita-lismo. La miseria es con televisión, pero es miseria. El poder sigue concentrado en las mismas manos. Las mayorías alienadas y enajenadas son las mismas de siempre. El sueño de los totalitarismos se ha realizado, las sociedades se controlan a sí mismas. Sin embargo, en el fondo de esa conciencias alienadas late la intuición de que no todo esta bien, de que no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Las miserias de los pueblos son de la misma naturaleza hoy que ayer. Lo que ha ingresado en una profunda crisis son las ilusiones de las burguesías ilustradas, de las ideologías mesiánicas y redencionistas, tanto de derecha como de izquierda, los discursos que se promulgaban como la verdad, los consejos de los que siempre nos quisieron enseñar a vivir.

El proyecto moderno se ha agotado, éste es uno de los aspectos más positivos de la crisis moderna, ha quedado en evidencia la vacuidad de los supuestos sabios, se ha desprestigiado la razón totalitaria. Frente a esto, nos encontramos con los que siguen atados a ideas que han caducado, porque se refieren a realidades que ya no existen. Frente a esta muy saludable crisis, aparecen los oportunistas que aprovechan la confusión general, pretenden obtener por la mercancía barata del simulacro y la ficción, el precio más alto de nuestra vida y nuestra libertad.

Difícil es llegar a una conclusión. Creo que la polémica modernidad – posmodernidad es, en buena medida, un campo de batalla donde de un modo encubierto se siguen dando las mismas luchas de siempre. Pero tengamos conciencia de que, sepultada entre los millones de inmolados de la modernidad, entre las toneladas inútiles de sus “papers” científicos, entre los desechos industriales y la polución, entre millones de diskettes y computadoras, extraviada en el dédalo de las interpretaciones ideológicas, la modernidad nos ha dado una maravillosa herencia, la del pensamiento crítico, la de la razón que interroga, que pregunta, que desconfía de lo dado y de las verdades eternas. Esto es algo que ciertos discursos posmodernos quieren evitar que aparezca a toda costa, y lo homologan entonces con la razón técnico-instrumental que tiene como meta el dominio. De este modo quieren desacreditar el discurso crítico y se guardan para sí el instrumento que sostiene la producción tecnológica sobre la que se sustenta el poder.

Republicado en Leedor el 18-02-2012