El mapa y el territorio

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El libro de Houellebecq es toda una autopista narrativa, con varias paradas, y su mapa nunca es más que una representación abstracta del territorio.Contar de qué trata la nueva novela de Michel Houellebecq (Francia, 1958) sería casi irrelevante. Quién ha leído al autor previamente sabe que lo fundamental de su obra no pasa por la elección de un argumento sorprendente, o por grandes e imprevisibles giros narrativos, sino más bien por una atomización del relato en varios núcleos narrativos, pequeños, todos ellos encadenando la macroestructura del libro. Además, digamoslo, quién reincide con Houellebecq está buscando otra cosa: algo así como una visión lúcida ?pesimista dirían algunos simplificadores? del mundo, de la realidad, del entramado de lo que llamamos ?cotidiano? y que esconde muchas otras posibles ?lecturas?.

Pero claro, si alguien quiere empezar a leer al autor de ?Las partículas elementales?, seguramente quiera tener una idea más concreta de la novela. El personaje que básicamente lleva adelante estos núcleos argumentales se llama Jed Martin y es un artista plástico. Empezó con la fotografía, empeñado en hacer ampliaciones de los mapas de Francia que publica la Michelin, y con el trabajo de retoque posterior, convertirlos en una obra de arte posmoderna.

Probablemente, pensarán algunos, el título es una metáfora de esta labor. Pero con Houellebecq las cosas nunca son tan básicas. Pronto en la novela, Jed decide abandonar la fotografía para dedicarse a la pintura. Quiere hacer una serie que retrate los oficios, los momentos en que un oficio es ejercido por una determinada persona. Esta idea le trae mayor exposición de la que esperaba ?Jed es bastante huraño, casi no tiene amigos, se relaciona muy poco socialmente? y en un momento su galerista le recomienda que se consiga a un escritor de moda para que le escriba un catálogo.
El escritor no será otro que el mismísimo Houellebecq. Ermitaño, quisquilloso, a veces casi senil, el autor parece una opción interesante aunque poco confiable. Jed tiene una serie de encuentros con Houellebecq (siempre narrados desde un punto de vista más cercano al del artista plástico) que son particularmente líricos aunque sutiles. El autor no se describe a sí mismo de forma laudatoria, sino que hasta se da el lujo de mostrarse probablemente bastante menos perceptivo y lúcido de lo que en verdad es. Pero el gran truco es que, al convertirse a sí mismo en personaje, el lector comienza a olvidar que está leyendo un libro de Houellebecq porque todo el tiempo se lo topa como personaje.

Hay un único giro que no es del todo inesperado pero sí bastante cruento que casi todas las reseñas se encargan de mencionar. No será este el caso, así como se recomienda evitar la lectura de la contratapa, que como es costumbre en Anagrama, revela demasiado (¿quién les escribe esos textos? ¿la competencia?).

?El mapa y el territorio? es una autopista narrativa, con varias paradas, cada una con su tenor. Estamos mirando el paisaje todo el tiempo, mientras sentimos el ambiente. Probablemente el título de la novela tenga más que ver con esto y con la idea de la representación (en todas sus vertientes y formas) y el objeto/sujeto real. El mapa, a nivel práctico, nunca es más que una representación abstracta del territorio, no tiene realidad propia, sino que únicamente describe o informa otro nivel de realidad. Pero a la vez, el mapa está elaborado enteramente por el hombre, es en sí mismo un corte en la percepción, una forma de representación, un conjunto de códigos mediante los cuales se determinan niveles de lenguaje y de comprensión.

Cuando publicó ?Ampliación del campo de batalla?, su primera novela, a Houellebecq se le podía criticar que en cierto modo había escrito un inteligente ensayo disfrazado de novela. No es el caso de este libro. Aquí la narrativa fluye. Los personajes no son solamente la encarnación de una idea, sino que deambulan erráticamente, con grandes intuiciones a veces, profundamente equivocados otras tantas. Incapaces de comunicar lo importante, pero siempre en contacto por teléfonos, contestadores, emails, sms. Hay una crítica soterrada a la cantidad de formas de comunicación que existen actualmente y lo poco que en realidad nos decimos a la hora de la verdad.

También aparecen esos momentos geniales, en los que una escena en apariencia ingenua deja entrever al examinador mordaz de nuestros tiempos. Vaya a modo de ejemplo el momento en que un personaje se baja de un taxi en una calle. Al final de la cuadra hay un centro médico, Dignitas, donde se aplica la eutanasia. Y a pocos pasos, un burdel. Eros y Tánatos. En algún momento alguien se pregunta cuándo se empezó a pagar más por la muerte que por el placer.

Es en este tipo de observaciones, que con la edad Houellebecq ha conseguido volver más sutiles y no tan similares al panfleto (aunque hay que decirlo: tampoco era malo cuando lo hacía de ese modo). No es un Houellebecq destilado. Simplemente el punto está en el aire, en el espacio. Como el burdel y el centro de eutanasia. Houellebecq simplemente nos muestra el mapa y el territorio.

Publicado en Leedor el 30-12-2011