Runa

0
7

Fogwill nunca había creado con la palabra como en este libro, más cerca de la Biblia que de un manual de historia.Runa
Fogwill
(Interzona, 2003, reedición 2011, 128 págs.)

En la producción de Fogwill hay poesía, cuentos, novelas, artículos. La mayoría, por suerte, hoy se consigue con relativa facilidad. Un título que estaba faltando, sin embargo, era ?Runa?, este libro un tanto inclasificable, que en una serie de viñetas da cuenta de una especie de sociedad antigua, erigiéndose más cerca de una Biblia que de un manual de historia.

Como en todo libro del autor, los guiños están a la orden del día, pero el elemento contundente de este libro tan pequeño y tan abarcativo a la vez es su capacidad de crear con la palabra de un modo que el mismo Fogwill nunca lo había hecho. Al punto que una civilización entera, que ahora ya suponemos extinta, nace de su palabra. Y no de su relato. No se trata del caso de un autor contándonos las desventuras de una comunidad en los albores del tiempo, sino de un desafío mucho más abstracto, complejo y que sólo Fogwill o Borges podrían haber acometido con cierta presteza (y es este libro probablemente el mayor punto de contacto que ambos autores hayan podido tener): el de crear un lenguaje, una sintaxis, una costumbre de la palabra que es nueva ?o increíblemente antigua, según se quiera pensar? para nosotros y la costumbre de estos hombres.

A modo de ejemplo:

«COSAS DE HABLAR: Lo mismo pasa cuando usted habla de los colores. Parece que ustedes tienen más colores que cosas. Aquí enemos el azul del cielo que es el del agua grande azul, el verde del llano después de la lluvia, el color de la sangre que es el mismo color de la tierra, el de las cosas blancas, y no se necesitan más colores para nada, y mucho menos para hablar. Si hay cosas diferentes y tienen el mismo color, se las reconoce por la forma, por el olor, por el motivo por el que alguien las quiere o por el nombre de su dueño. El nombre del dueño siempre es más importante que el color cuando la gente habla de las cosas que quiere. Y de las cosas que nadie quiere, si no hacen daño, ni vale la pena hablar.»

En este libro y siempre con ese mismo lenguaje y estilo de escriba, se cuentan ritos de iniciación (los hijos varones tiene su primer experiencia sexual con sus madres), el modo de entrenamiento de cazadores, guerreros y viajantes. Los cantos que a cada uno se le dedican y los que cada uno tiene prohibido emitir. Lo que ocurre con los que llegan de otras latitudes, cómo el idioma se transforma o se amalgama, cómo nunca se puede decir en realidad lo mismo de dos formas diferentes.

En cierto modo, este es uno de los libros definitivos de Fogwill.

Oficia como puente entre su producción de relato breve y su novelística. Funciona mejor que ?Un guión para Artkino? y mantiene algo de la descripción enigmática y mínima de ?Los pichiciegos?. De hecho, todo el libro desconfía de la palabra, al punto que sus primeras líneas son:

«AL PRINCIPIO: La lengua debió haber sido rudimentaria, pero pronto evolucionó. Entonces a los hombres les dieron nombre y esa fue la primer cagada. Después dieron nombre a las mujeres, y también a las relaciones entre los hombres, entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres y, finalmente, a las relaciones entre casi todas las cosas.»

Publicado en Leedor el 20-12-2011